Criterios
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
LO ÚLTIMO:

JOSÉ MARÍA SEGOVIA CABRERA

Un muchacho ve llegar la República del 31

12/oct/08 07:21
Compartir
Edición impresa .

EL JUEVES pasado, y en el primero de dos artículos de mi amigo, compañero de Milicias y veterano periodista Paco Ayala sobre la Logia de la calle San Martín, nos decía que a él le había cogido la llegada de la guerra civil con 11 años. Pues a mí, no con 11 sino con 15, y para los muchachos de aquella época la anterior había tenido ya un impacto importante. Mis recuerdos de entonces son nítidos en muchos casos y comienzan realmente por el advenimiento de la Segunda República, es decir, por el año 31, en que yo tenía 10 años y aún no había empezado el Bachillerato, que se iniciaba en el año en que se cumplían los 10 años, si bien yo estaba retrasado un año a causa de una de las enfermedades de los niños de entonces, con una mortandad infantil tan grande. Yo había empezado la primera enseñanza en el colegio de San Ildefonso, en el barrio del Toscal, y en ella había hecho mi primera comunión vestidito de marinero, como entonces era usual, y en ese Colegio estudiaba medio Santa Cruz, entre ellos mi primo hermano y vecino de casa Luisito Mandillo, que se había ido a estudiar a Madrid, y que todos los días, al salir de clase de vuelta a casa, compraba un panecillo.

Recuerdo bien que la mañana del 14 de abril de aquel año de 1931, mañana esperada desde hacía días, empezaron a circular por el trozo de Rambla que va desde la plaza de la Paz a la ahora difunta Plaza de Toros una serie de camiones que venían del interior, cargados de gente que cantaba, mientras unos ondeaban banderas tricolor que habían surgido como hongos, y otros levantaban en alto el puño de la mano izquierda, que a nosotros se nos antojaban amenazas, aunque ahora cuando la levanta el Sr. presidente del Gobierno a nadie asusta ni es esa, supongo, su sana intención. Luego nos enteramos de que aquellos camiones se concentraban en la Casa del Pueblo situada en la calle Robayna esquina a Jesús y María, lugar entonces cercano al Paseo de los Coches de antes, convertido ahora en Rambla y donde vivían muchos de nuestros amigos de entonces, alguno de los cuales aún está entre nosotros y tendrá mejor recuerdo que yo de aquel día.

Lo primero que recuerdo que hizo la República fue cambiar de bandera relegando la tradicional rojo y gualda al baúl de los recuerdos, así como aumentar el precio de los periódicos, ya que algunas veces le iba a comprar a mi padre La Prensa en un kiosco cera de casa, en la Rambla, entre mi calle (ahora General Sanjurjo) y la anterior, que entonces se llamaba Igualdad; lo que no recuerdo es si el aumento fue de 5 a 10 céntimos o de 10 a 15, en cualquier caso un aumento que hoy diríamos escandaloso. En aquel primer año del tercer decenio del siglo casi nadie tenía teléfono, y mucho menos radio, y por supuesto la tele tardaría aún 20 años en aparecer, y los periódicos de la Península, junto con la correspondencia, llegaban una vez a la semana y la gente tenía por costumbre ir al muelle tanto a la llegada como a la despedida de los barcos, en un paseo que era una prolongación del de la Plaza de la Constitución. Con tan precarios medios de comunicación, no es de extrañar que tardasen llegarnos noticias de huelgas, manifestaciones y violencias en varias ciudades de la Península, que culminaron ya en mayo con la quema de iglesias en numerosos puntos de España, y especialmente por su resonancia en la ciudad de Madrid, donde teníamos parientes de la familia Cabrera y primos tinerfeños estudiando. Sólo luego me ha contado un primo madrileño que vivía entonces en la calle Velázquez cómo había subido con su padre a la azotea de la casa, desde donde se divisaban altas columnas de humo que subían al cielo en varios lugares del sur de la ciudad donde habían tenido lugar asaltos y quema de iglesias.

Y estos ataques por masas no demasiado ilustradas -y no precisamente por culpa de ellas- no era desgraciadamente un caso aislado, sino una muestra más de un laicismo de Estado que sancionaba la Constitución, como también lo fue la expulsión de los jesuitas de España y la confiscación de todos sus bienes según una resolución del día de la Purísima -8 de diciembre- de 1931, y que entró en vigor a primeros de año. Ello supuso que cesasen las clases en todos sus colegios de España. En Tenerife no había colegio de Jesuitas, pero sí en Las Palmas, con estudiantes de otras islas en régimen de internado, que se vieron obligados a buscar acomodo en otros colegios religiosos o laicos. Algunos privilegiados acabaron por irse a un colegio de jesuitas que había en Curía, Portugal, al norte de Coimbra y al sur de Águeda, donde acudieron fundamentalmente estudiantes peninsulares, pero también de Las Palmas, e incluso alguno de Santa Cruz.

Se comentaban en el seno familiar las noticias que llegaban de continuas incidencias entre civiles y militares en numerosas partes de España, incluso con muertes, y se citaban los casos de Castilblanco, en Badajoz, y Arnedó, en la Rioja, que nos obligaba a acudir a los atlas para enterarnos de dónde se habían producido, incidentes que culminaron el 10 de agosto de 1932 con el levantamiento de las guarniciones de Sevilla y Madrid, al mando del general Sanjurjo, quien, al fracasar rápidamente el golpe, fue detenido en Huelva e ingresado en el penal de Santander hasta ser amnistiado al ganar el grupo radical-socialista las elecciones de diciembre del 33. Precisamente en ese año 34 tuvo lugar un muy importante levantamiento socialista y comunista, que se pretendía extender a toda España pero que quedó limitado a Asturias, siendo sofocado por el Ejército español allí desplazado y del que formaba parte el abuelo del actual Sr. presidente del Gobierno.

Pero el hecho que más nos impactó a los muchachos en aquellos años fue el asesinato en las puertas de la Audiencia de Santa Cruz, del presidente de la misma, don José Fernández, y al tiempo gobernador civil de la provincia en aquellos momentos de manera accidental por ausencia temporal de su titular. La familia Fernández Tabares vivía justo enfrente de nuestra casa de Lucas Fernández Navarro y los hijos varones iban al mismo colegio Paedagogium Teneriffa que yo, mientras que sus hermanas, como las mías, iban al Colegio de la Asunción, en la prolongación de la Rambla. No sé cómo acogieron la ciudad, la isla y Canarias toda este crimen, pero nosotros s que lo sufrimos en el colegio y en su casa con todos los hijos, así como en la nuestra propia.

Y llegó el 18 de julio.

 Última hora:

 Últimas galerías:

PUBLICIDAD

Cargando...

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Portada > Criterios

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD

eldia.es Dirección web de la noticia: