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EDUCACIÓN, FAMILIA Y SENSATEZ FRANCISCO M. GONZÁLEZ

Predicar con el ejemplo

10/oct/08 07:17
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El tercer pilar sobre el que se asienta la educación de los hijos, como señalaba la semana pasada en esta columna, es el ejemplo de los padres. El primero y el segundo son, el amor entre los padres y el amor a los hijos, y el cuarto, el diálogo con los hijos, que trataré otro día.

No me importa reiterar, insistir o repetir, lo que tal vez haga por hábito profesional o tal vez intencionadamente; ya que, como mejor se aprende es a base de repetir, de insistir? Esto tienen que tenerlo en cuenta los padres y los profesores. Por ejemplo, para lograr tocar bien un instrumento musical, además de tener aptitudes para la música, hay que repetir, repetir, insistir, volver a empezar y no desanimarse. Una orquesta, para lograr interpretar con calidad un concierto o una bella sinfonía, requiere muchas horas de ensayo. En el aprendizaje ocurre lo mismo No se trata de ser pesados, sino de ser perseverantes o constantes.

El valor del ejemplo en la educación es algo que se sabe y en lo que todos estamos de acuerdo. Después de todo, un niño aprende de forma natural y en gran parte por simple imitación de lo que ve y vive cada día, fundamentalmente en su casa. Pero ¿realmente se tiene esto en cuenta? La verdad es que ser ejemplar cuesta, pero vale la pena, porque "lo que vale, cuesta".

No se enseña lo que se sabe, ni lo que se dice: se enseña por lo que se hace. Por ello, es un pilar básico e insustituible en la educación de los hijos el ejemplo diario de las personas más cercanas; es decir, el testimonio vivo de la familia, principalmente y como es lógico, el de la madre y el del padre. Por ejemplo, no hace mucho, me fijé en un niño de poco menos de dos años, hijo de unos amigos nuestros, que caminaba con las manos cogidas por detrás -"éste, como se caiga, se rompe la cara", pensé yo-; al momento apareció su padre, caminado de la misma forma; y es que el padre siempre camina así, nunca lo vi con las manos en los bolsillos. Y tengo la seguridad de que este padre no le explicó a su hijo que tenía que caminar de esa manera, lo que ocurre es que el niño imita a su padre.

Pienso que el tópico de que los niños son como esponjas es bastante acertado, sobre todo cuando son pequeños. Pero, además, con la particularidad de que siempre retienen mejor los malos ejemplos (las palabrotas, los gestos incorrectos, etc.). Por eso es muy importante tener en cuenta las personas que los rodean, o al colegio al que lo mandamos -otro problema con el que se encuentran hoy los padres es la escasa facilidad o libertad para elegir colegio. Porque lo más seguro es que en casa nos esmeremos dando buen ejemplo; aunque después en el parque, en un centro comercial? pueden encontrar muchos ejemplos (por desgracia) de lo que no se debe hacer. Esto, incluso se puede aprovechar como fuente de aprendizaje cuando otro niño hace algo incorrecto, para indicarle a nuestro pequeño lo que no debe hacer, teniendo siempre en cuenta su capacidad comprensiva y sin excesivas explicaciones.

Hay que ser realistas y no enrollarnos demasiado con teorías, porque en la infancia no comprenden nuestras homilías o sermones; en la adolescencia no quieren escucharlos o les resbalan; y en la juventud los consideran anticuados. Todo lo que les digamos tiene un valor relativo y limitado. Lo que realmente van a tener en cuenta es lo que ellos vean en nuestra forma de actuar, en nuestras actitudes; y si somos coherentes (hacemos nosotros eso que exigimos). Lo que no aceptan los hijos es que les pidamos que sean sinceros y vean que nosotros no decimos la verdad; que les exijamos que sean respetuosos con los demás (empezando por los más próximos) y vean que nosotros no tenemos la menor consideración hacia nadie o casi nadie, y además hablamos mal de los amigos y cuñados, poniéndoles "a caldo" a sus espaldas; que pretendamos que ellos sean estudiosos y nosotros profesionalmente dejemos mucho que desear en todos los sentidos.

De vez en cuando, es bueno llevar a los hijos -de uno en uno- al lugar de nuestro trabajo, para que vean lo que hacemos y cómo lo hacemos. Esto lo aprendí de mi padre y, con el tiempo, caí en la cuenta de su utilidad. El ejemplo arrastra, es algo que entra por ósmosis, aunque los resultados, la mayoría de las veces, no se vean a corto plazo y haya que esperar, tal vez, hasta que ellos sean padres.

Pero con toda seguridad, y aunque nunca lo reconozcan, si el padre y la madre son coherentes y perseverantes con su manera de pensar y con lo que dicen, serán admirados y respetados por sus hijos. Y así, con el tiempo y cuando vayan siendo mayores, nunca se encontrarán solos y verán en sus hijos y hasta en sus nietos, muchos rasgos y actitudes desde sus comienzos como padres.

* Orientador familiar

fmgszy@terra.es

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