ME REFIERO a esos energúmenos que cuando ven a una mujer al volante se vuelven primarios, vociferando a la mínima de cambio, haciendo sonar la bocina -la pita que diría el hombre del campo- para llamar la atención y ponerse a manotear al volante, a la primera de cambio, descargando sus frustraciones con lo que siempre se ha dado en llamar el sexo débil, personas que no salimos del asombro ante tanta ordinariez. Seguro que más de un lector de este periódico ha vivido esta escena de la película, una secuencia que no se olvida fácilmente, y por la que propongo al que hace de malo para un Goya al mal gusto y a la intolerancia.
Estos primates del asfalto, estén o no desplumados -con eso de la moda de erradicar el vello corporal a toda costa-, tienen la masculinidad en la punta de la lengua, apéndice que les sirve para soltar sin resuello bravuconadas de toda índole, sin respetar que el ser humano que está enfrente, con mamas o sin ellas, tiene sus mismos derechos y comparte idéntico espacio vital. El primate carece del mínimo signo externo de buena educación, escucha la música a todo trapo, saca por la ventanilla el brazo tatuado y bajo una gorra del revés, agita su cabeza al ritmo del reggaeton, como si fuera un sonajero o tentempié y, en lugar del diente de oro de antaño, le brilla un narigón de ganado. Es lo que tiene la edad, que uno tiene memoria y parientes que vinieron de Venezuela adornados con unos casquillos de oro que los diferenciaban. Ahora los machotes del tres al cuarto van de ferreterías con todo el metal a cuestas.
A bordo de su cuadriga fustigan a los caballos, hacen rugir el motor y son capaces de devorar con sus fauces a cualquiera que se le ponga delante. Les divierte asustar a mujeres y mayores en los pasos de peatones, en las paradas de las guaguas y en los intervalos de los semáforos. Con un: "quítate de ahí?" escupen su mala educación, intentan atemorizar a los viandantes y hasta a los conductores que respetan la señalización. Pobre del que les plante cara, pues te amenazan con soltarte un par de "hostias" y se quedan tan panchos. Es lo que tiene este país, que la juventud vive mal y se aburre.
Estos gladiadores del pedal frenan sin motivo alguno, bruscamente, y justo cuando la víctima va por el carril de más velocidad en autopista, provocando, poniéndola nerviosa, obligándole a que haga una mala maniobra o les cambie la luz. Y este es el detonante, justo lo que ellos buscaban para iniciar una persecución en toda regla, como las que se ven en las películas, amenazando por la ventanilla, haciendo giros bruscos, llamando a otros colegas para que se sumen a la historia de amedrentar a la presa escogida, la cual se ve de pronto metida en una guerra para la que no tiene balas.
Es inútil detener la marcha. Vuelven a por ti, te golpean el capó para intimidarte, le dan patadas a los neumáticos, levantan el puño amenazando, ponen las manos en el parabrisas y fijan en el cristal sus caras de lobos de barrio enseñando el piercing de la lengua. Hay que conservar la calma y esperar el momento propicio para intentar reanudar la marcha, sin grandes aspavientos, sin gestos que les motiven a volver a reiniciar la persecución, pues ocurre como con los gatos: cuando el ratón deja de moverse pierde todo el interés.
De poco sirve tomarle la matrícula, denunciarles o enfrentarse a ellos cara a cara, pues hasta que se demuestra la agresión, dan credibilidad a tus palabras y llega el juicio, puede pasar mucho tiempo, al menos el necesario para que te rajen las cubiertas, te arañen el coche o dejen caer un objeto de peso sobre el techo antes de advertirte que: "ojito con lo que dices de mis colegas, por que te machaco".
Miedo les tengo, pero no a que destrocen cosas materiales que pueden recuperarse con dinero. Temo esa parte del relevo generacional que se manifiesta con tanta agresividad, que falta a los valores con total descaro, y que tiene un comportamiento que transgrede el umbral de la aventura juvenil para adentrarse en el terreno de la delincuencia. Son la muestra de una sociedad que está enferma, de unos jóvenes frustrados, incapaces de poner remedio a un mal que de momento no se cura con esparadrapo.
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