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JUAN JESÚS AYALA

Carlos Castillo del Pino

6/oct/08 14:56
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CARLOS CASTILLA DEL PINO al fin logró lo que pretendía -hoy ya jubilado-, que no era otra cosa en lo que se refiere a sus exigencias intelectuales y académicas, la mayoría de las veces retrasadas y obstaculizadas por componendas políticas, que ser catedrático de Psiquiatría. Publicó su libro, "Teoría de los Sentimientos" en el año 2000, en el que explica la génesis de éstos abarcando un amplio espacio científico-teórico desde la envidia hasta el rencor, el odio. Y donde se instala también, aunque con cierta timidez y sin gran enjundia intelectual, en la ternura.

El mundo reservado para la ternura es ilimitado. En él se descubren nuevas realidades, a la vez que catapulta la inteligencia desde las carantoñas del juego como si fuera una mezcla de carga infantil con la posibilista templanza de la madurez.

La ternura está referenciada en la niñez. Desde ahí, si se asume esta decisión, es donde quizás se defina con más certeza y más, dado que esa serenidad de la mirada del niño es la prolongación del gesto en una inconfundible sensibilidad ajena a cualquier tipo de manipulación exenta de resabios, llena de pulcritud y de limpieza.

Es la niñez el paradigma de la ternura, de la intuitiva prolongación de una sonrisa que no acaba, de una caricia suave que se fortalece más aún porque no pretende nada a cambio. La ternura reflejada en la infancia huye de lo esquivo, del trueque, de ningún tipo de recompensa, sólo por sí.

En la niñez, la ternura se hace exquisita, en ella nace y andando el tiempo, cuando el espacio biológico se agranda si se conserva, si no se estigmatiza, si no huye del cuerpo de la infancia sino que se refleja una y otra vez y continua viviendo dentro de nosotros, será cuando se habrá dado con lo que conciente e inconcientemente se persigue, que es ese niño grande que muchas veces se nos escabulle, Y es por nosotros mismos, al no aferrarnos a él porque pensamos que avanzar es no retroceder, no volver la vista atrás; que ir hacia adelante quiere decir desterrar lo anterior, que la madurez es viajar hacia otro mundo mejor. Y es el error. Cuando desde la infancia, en una mejor proyección, ese sentimiento de ternura se agranda y continua es que se es capaz de situarse en ese magma insospechado que es la vida, las vivencias de cada cual, en una dimensión infinita.

La ternura posiblemente esté aún a la espera de una definición consecuente y acertada, pero en ese intento el imbuirse en ella, el establecerla como marco de convivencia es importante. Y no es sensiblería; es simplemente un comportamiento humano, tremendamente humano, que no hay que desterrar del entorno de cualquiera, sino todo lo contrario, estimularlo y alimentarlo para que cualquier tipo de relación humana vaya mejor.

Y, como manifiesta nuestro querido y recordado psiquiatra, hay que no dejar de ser como el niño en el que la ternura llega a su mas alta cota cuando siente el máximo de bienestar ante el hecho de saber que ama a quien debe amar y desasosiego por odiar a quien debiera amar.

 

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