COMENTABA el otro día alguien por ahí, con cierta mezcla de sorpresa y admiración, que Sarah Palin no se avergonzó de su conservadurismo durante el debate con Joseph Biden, candidato como ella a la vicepresidencia del Imperio. ¿Y qué?, me pregunto. ¿Es que aquí alguien se avergüenza de sus ideas? En realidad, sí. Eso lo sabemos todos. Aunque quizá sería más correcto decir que la actitud de la derecha española responde más bien a otra componenda: acaso nunca en la historia de las sociedades ha sido tan fácil para unos plegar a otros a su chantaje intelectual.
Puede comprenderse que en los años posteriores a la dictadura -casi cuarenta años de generalato son demasiados años, se mire como se mire-, existiese cierta actitud vergonzante por parte de quienes no tenían, y siguen sin tener, ideas de izquierda. En el bien entendido que vergonzante no es sinónimo de vergonzoso, como suelen creer la mayoría de los políticos actuales. Mostrar una actitud vergonzante significa ir por ahí escondiéndose, temeroso por haber hecho algo que está mal; o al menos algo que el sujeto en cuestión piensa que está mal. Las actitudes vergonzosas son otra cosa.
El caso es que la derecha española, el conservadurismo español y, si me apuran, hasta el liberalismo español, sienten vergüenza por su forma de pensar. Lo cual no es nuevo ni extraño. También se avergüenzan los tinerfeños de defender a su isla frente a las apetencias de los hermanos de Las Palmas. A la derecha la afrentan diciéndoles a quienes militan en ella que son retrógrados, casposos y lo que se tercie. Y a los tinerfeños, colgándoles el sambenito de que desunen el Archipiélago. Lo cual, miren por donde, resulta todavía más eficaz. Habida cuenta que nadie quiere ser facha ni "desunidor", todos callados.
Sobra añadir que si a alguien se le ocurre manifestar que aquí somos muchos, por lo que no se puede establecer una política de puertas abiertas para todos los inmigrantes con papeles o sin ellos, adquiere automáticamente la categoría de racista y xenófobo; y si habla de la inútil ley contra la violencia doméstica, que ni siquiera discriminando inconstitucionalmente a hombres y mujeres ha conseguido menguar esta lacra social, cae en la condición de machista o, peor aún, de maltratador. Lo cual resulta tan excluyente como ser xenófobo.
Lejos están los tiempos en que nuestros profesores, todavía empeñados en que fuésemos capaces de pensar por nosotros mismos y no según el dictado de los demás, nos citaban el ejemplo del río en la oscuridad: si de noche, mirando un río, vemos un bulto que va corriente abajo, decimos que ahí va algo; si va corriente arriba, sabemos que ahí va alguien.
A esto hemos llegado después de treinta años de democracia. Me pregunto de qué nos han servido. Antes no se podía hablar de un asunto; ahora, el terreno minado de lo prohibido nos cerca por doquier. Ciertamente, no basta sólo con señalar el problema. Todo el mundo puede ver que una carretera tiene demasiadas curvas y excesivos baches. Lo importante es buscar los remedios adecuados. Soluciones que no necesitamos sino copiar de aquellos que nos aventajan en muchas cosas. Sobre todo en libertad para expresar lo que pensamos.
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