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LA SEMANA RAMÓN PI

El liderazgo ausente

5/oct/08 07:32
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La crisis económica y financiera que se ha abatido sobre el llamado primer mundo tiene su escenario más visible en Estados Unidos, donde ha cundido una alarma que se parece al pánico, porque el aspecto financiero, origen de la crisis, ya ha producido algunas quiebras resonantes y se anuncia una muy profunda remodelación del panorama bancario de aquel país.

Si es verdad que cuando Estados Unidos estornuda, Europa sufre una pulmonía, se comprende el apasionado interés con que en toda Europa -y España no ha sido una excepción- se ha seguido el accidentado proceso de aprobación del plan de choque para salvar los muebles de la estructura financiera americana: un plan que consiste básicamente en inyectar liquidez al sistema, cosa que finalmente se ha aprobado, aunque con una panoplia de condiciones para amortiguar esta carga adicional que se va a añadir a los contribuyentes, ya castigados como depositantes y como inversores.

"Europe is different"

El plan del Gobierno de George W. Bush ha sido muy discutido, desde luego, y seguramente adolece de errores y omisiones, además de no ofrecer ninguna garantía de éxito; pero nadie puede negar que, al menos, el presidente americano y los líderes políticos se han arremangado y han procurado coger el toro por los cuernos, como suele decirse, conscientes de que quedarse quietos es sin duda lo peor que puede hacerse; y con el añadido ejemplar de ofrecer una inequívoca imagen de unidad ante la tribulación en pleno fragor de la campaña presidencial.

Los intentos de hacer frente a la crisis en Europa, en cambio, no parecen seguir derroteros parecidos: Irlanda se ha apresurado a anunciar que el Gobierno respalda la totalidad de los depósitos de sus ciudadanos en los Bancos nacionales, lo que en muchos aspectos no pasa de ser un puro brindis al sol (puesto que en caso de colapso este compromiso sería de imposible cumplimiento), pero trata, al menos, de transmitir una cierta idea de confianza precisamente para evitar ese colapso financiero, que efectivamente sería fatal.

La reacción del resto de socios de la Unión Europea ha sido hostil, e inmediatamente se han puesto en marcha movimientos encaminados a prohibir a Dublín una medida semejante, invocando un motivo razonable: la zona euro, a la que Irlanda pertenece, ha de seguir una política coherente y articulada, y nadie puede hacer la guerra por su cuenta.

Vemos estos días una especie de remedo comunitario de aquel eslogan turístico de la España de los 60, "Spain is different": Europa también es diferente, esta vez de Estados Unidos.

¿Y España? España, desde el punto de vista financiero, está entre los del montón. Ni mejor, ni peor, en conjunto. La llamada burbuja inmobiliaria es más aguda, pero las expectativas de insolvencia bancaria son algo más tranquilizadoras que la media, al decir de los expertos. En cambio, las consecuencias laborales de la disminución de la actividad económica son, de acuerdo con los primeros datos, sumamente inquietantes: estamos en la cabeza europea en aumento del paro, con la agravante de que millones de inmigrantes desempleados carecen del colchón salvador de la familia, que no sólo no tienen aquí, sino que está esperando las remesas de dinero que les ayuden a sobrevivir en sus países.

No sabe, no contesta

Acaba de empezar el debate sobre los Presupuestos Generales del Estado para el año que viene. Teóricamente, esta circunstancia debería ser la gran plataforma para que los líderes políticos y económicos tratasen de imitar el ejemplo de Estados Unidos. Sin embargo, el panorama que se nos ofrece está en las antípodas de eso.

El Gobierno ha aprobado un proyecto de Presupuestos que llama "austero", pero que es expansivo en muchos aspectos del gasto, y se sustenta sobre bases que ahora ya sabemos que no son realistas en absoluto. Los ministros repiten como papagayos el sonsonete de que lo que ha de hacer el Partido Popular es "arrimar el hombro". Arrimarlo, ¿a qué? No se sabe bien: el Gobierno ni sabe, ni contesta. Anda por el cuadrilátero como un boxeador sonado, sin ofrecer iniciativas comprensibles que permitan deducir que se ha dado cuenta de lo que nos está ocurriendo, y menos aún que tiene alguna idea de cómo hacer frente a la crisis.

Mariano Rajoy, presidente del PP (no olvidemos que en esta situación el único partido relevante es el PP, que junto al PSOE cubre el 90% del Congreso), ha sugerido en su primer discurso sobre los Presupuestos sólo tres iniciativas, a saber: primero, un crecimiento del 2%, lo que exigiría una drástica política de contención del gasto si se quiere mantener el nivel de cobertura del desempleo y otros subsidios que llaman "sociales"; segundo, reducir el Impuesto de Sociedades al 20%, con objeto de alentar la actividad económica, y mejorar las deducciones fiscales por adquisición de vivienda, para amortiguar en lo posible la crisis financiera; tercero, simplificar la maraña administrativa que convierte la actividad empresarial en un viacrucis con diecisiete estaciones, una por cada Comunidad Autónoma, a fin de restaurar en lo que se pueda un mercado único para toda España.

Hasta ahora no parece que el Gobierno tenga la menor intención de recoger este guante y sentarse a la mesa, en serio, para discutir las medidas concretas, llegar a todos los acuerdos posibles, y aplicarlos a los Presupuestos. En lugar de esto, Rodríguez Zapatero ha anunciado que cualquier día de éstos llamará a La Moncloa a Rajoy. ¿Para qué? De momento, por lo que se sabe, para hacerse juntos una fotografía, y dar así la sensación de que van juntos a alguna parte.

No se ve en el Gobierno ninguna capacidad de liderazgo. Hasta hoy, al menos, el sálvese quien pueda parece ser la única pauta perceptible.

 

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