EL CINE Y LA COMIDA han sido y serán una de las duplas más amadas. Muy a pesar del fotograma, incapaz de transmitir los aromas o los sabores. Será por esta misma carencia que el cine nos tienta y se nutre de las mesas, los fogones y los sabores.
Como buena amante de la gastronomía, siempre adoré las películas donde la cocina ocupa un papel protagónico. Las escenas maravillosas donde la trama se desarrolla al ritmo de un plato preparado con exquisita calma.
El sábado por la tarde tuve la suerte de tirarme en un sillón a degustar por cuarta vez "Tomates verdes fritos". En la película la trama se desencadena por y para el placer de nuestros ojos: tartas, barbacoas y por supuesto tomates, verdes y fritos. O como la dulce, melosa, pero necesaria "Chocolate". En el perfecto "Festín de Babette", al que desgraciadamente no fui invitada. Si no la ha visto, déjese deleitar por este film. O quizás una de mis favoritas "Comer, beber y amar". Las escenas son tan vívidas, los platos se presentan como una orquesta, perfectos, minimalistas y condimentados con infinitas sensaciones. Uff, casi me estaba olvidando de "Un toque de canela", donde la vida se mezcla y prepara como la mejor receta de todas.
El cine como reflejo de nosotros mismos nos ha enseñado muchísimo. Nos ha guiado y nos ha mostrado cómo seducir, cómo beber y comer. Esos mismos personajes nos reflejan y nos muestran lo que queremos y debemos ser. Y cuando la olla se destapa, podemos saborear las más exquisitas creaciones sin mover un centímetro el dedo.
Eso es lo maravilloso del cine: la fantasía. Todo lo que puede suceder cerca de la mesa de una cocina. Cuántos revolcones entre harina y una pasta a medio amasar, hasta asesinatos, o quizás, una familia feliz desayunando. Incluso un muerto, que se esfuma en un tremendo caldero en ebullición, y nunca más se supo de él.
La cocina en el cine se abre como un escenario perfecto para los más bajos placeres, los actos más cotidianos y los más atroces pecados. ¿Y cómo no va a serlo, si es una parte tan íntima de la vida?
Por eso, muchas veces cuando tengo hambre de verdad, de realidad, de misterios, o incluso de magia, nada puede calmarme mejor que un buen film. Y ni hablar si lo que se cuece tiene más que ver con los fogones que con los disparos. Bon Appétit!
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