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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

Grafitis y contenedores

1/oct/08 07:14
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SI FUÉSEMOS a hacer una relación de los males que aquejan a la Humanidad, estoy seguro de que sería muy larga. Además, dependería mucho de quién la haga, su condición social, educación, situación económica, etc., puesto que no tendría la misma perspectiva quien disfruta de un buen empleo -que le permite vivir desahogadamente y sin privarse de todo lo que el dinero proporciona- que quien vive miserablemente, en una cueva o dentro de un coche abandonado. La mala salud, el hambre, la ignorancia, por ejemplo, causan estragos en las clases más desfavorecidas, mientras que los afortunados señalan la violencia, la delincuencia, la inmigración o el paro como los principales factores desestabilizadores.

Preocupado cada uno con lo que le afecta directamente, consideramos que ya tenemos bastante con lo nuestro para tener encima que aguantar los problemas del vecino. Podríamos llamar egoísta esta actitud, poco solidaria si se quiere, mas esa es la realidad. Para ocuparse de los males y carencias de los demás, decimos, está el Estado y, en último caso, las instituciones religiosas y las ONG. Debido a eso, en las tertulias de café no se comentan las desgracias ajenas sino muy de pasada, siendo temas estrellas los deportes, las discusiones vecinales o, lamentablemente, la utilización que realizan algunos personajes de sus cargos públicos. Incluso esto último, tras el comienzo de la temporada de fútbol, pasará a segundo plano; o a cuarto, o a quinto?

Hay cosas, sin embargo, que aunque sea de pasada sí merecen un comentario, porque el ciudadano de a pie es consciente de que, a la larga, le tocan el bolsillo, factor éste que nadie está dispuesto a tolerar. Me refiero, ya lo habrán deducido mis lectores por el título de este comentario, a los daños -muchos dirían "colaterales"- que los grafitis y la quema de contenedores están produciendo en el erario municipal. Raro es el día que los periódicos no ofrezcan la foto de un edificio público -o privado- adornado con la pintada ininteligible, o la del recipiente plástico reducido a cenizas gracias a la actuación de unos vándalos aparentemente incontrolables. Claro está, cuando esos temas se discuten en las tertulias, siempre aparece el "listillo" de turno que proclama, como si hubiese recibido una inspiración divina: "Es que la Policía no se preocupa de ello". Como si, en efecto, las fuerzas del orden tuviesen un interés especial en que los ataques a la propiedad -insisto, pública o privada- continúen. No se dan cuenta -o igual sí, porque siempre es conveniente criticar a la autoridad- de que para ello haría falta un agente por ciudadano ya que, en principio, todos somos en potencia delincuentes; a cualquiera se nos pueden cruzar los cables en un momento y cometer un delito. Y al decir esto no me refiero en concreto a lo que solemos llamar delito, sino a actos que conculcan las normas de convivencia que la sociedad se impone a sí misma, verbigracia tirar papeles y escupir en las vías públicas, pisotear los jardines, fumar donde no está permitido, conducir a más velocidad que la establecida y un largo etcétera que no cabría en el reducido espacio de este comentario.

Teniendo en cuenta lo dicho, la pregunta surge enseguida: ¿cómo evitar estos desmanes? La respuesta es evidente: no criticando a la Policía, por supuesto, sino colaborando con ella. La evolución de la tecnología nos ha permitido disponer de teléfonos móviles, de modo que utilizarlos para denunciarlo cuando veamos a algún desaprensivo quemar un contenedor, o utilizar un espray para proclamar a los cuatro vientos que "Zebenzui quiere a Yeray", quizá sea la mejor muestra de colaboración ciudadana que podríamos tener. Se podría también establecer cámaras de vigilancia en las calles -como es lógico en todas, porque nadie querrá pasar a la posteridad como pirómano o artista frustrado, de tal modo que emplearán sus mañas en los lugares no vigilados-, pero sabemos que la legislación no lo permite.

Creo, vuelvo a repetirlo, que la solución está en que todos colaboremos, si bien ello exige que las fuerzas del orden acudan con celeridad cuando un hecho como los señalados se denuncia. Se dice a menudo en los periódicos que los agentes de la autoridad siempre llegan tarde cuando se denuncia por teléfono algo que ellos consideran poco importante. Lo que merece este calificativo son las alteraciones del orden público -peleas, algaradas callejeras...-, accidentes de tráfico, catástrofes y otros sucesos que modifican el estatus establecido, pero no merece la misma atención el que denuncia ruidos en un bar, botellones en plazas y calles céntricas, gritos en una vecindad, etc.; son, por lo visto, denuncias de segunda categoría, con lo cual resulta comprensible que la gente no coja su móvil para denunciar la elaboración de un grafiti o la quema de un contenedor: cuando llegue la pareja de policía de turno, el vándalo también de turno se habrá escabullido impune. Incluso, es posible que se quede para presenciar el daño que ha ocasionado con su incivilizada actitud. En definitiva, que se trata de un problema difícil de solucionar, pero resulta mayor si no existe una mayor colaboración entre los ciudadanos y quienes están encargados de su cuidado.

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