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EDITORIAL

Contra los dirigentes políticos, no contra el pueblo

30/sep/08 07:50
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UN TAL MIGUEL JORGE BLANCO, presidente del PP en Las Palmas, dice algo que no le podemos discutir porque coincidimos en ello plenamente. Incluso nos hemos anticipado, pues lo hemos manifestado varios años antes que él. Gran Canaria -Canaria entre nosotros- es grande por su tierra y grande por su gente; en eso estamos de acuerdo. Sin embargo, no podemos coincidir con él en que sea Gran Canaria. ¿Por qué? Pues porque ese nombre es una superchería; es una mentira; es engañoso, discriminatorio, provoca la desunión entre los canarios y la insolidaridad. Por eso tendrá que desaparecer, y lo hará a la fuerza. No sólo porque no le corresponde bajo ningún concepto, sino porque es causa de infelicidad para el resto de los canarios. En definitiva, grande la tierra y grande la gente pero no Gran Canaria.

Para confirmar nuestra postura, recurrimos a un concepto del cura Abreu y Galindo, de cuya obra parece que se extrae el nombre de la tercera isla como Gran Canaria. Como este clérigo carecía de excesivo relieve intelectual, tras su muerte, Canaria volvió a denominarse según figuraba en la cartografía antigua: simplemente Canaria. Más modernamente, las gentes de Tenerife y de todo el Archipiélago se han referido a ella como Las Palmas, mientras que a sus habitantes siempre se les ha conocido por el gentilicio de la isla: canarios. En definitiva, a Canaria y a Las Palmas se iba, y de Canaria y Las Palmas se venía.

Lo repetimos: Canaria es grande por su gente, pero no por su extensión. Grandísima es Tenerife y más que grande, Fuerteventura. Y las gentes de estas dos islas, junto con los habitantes de la propia Canaria, Lanzarote, La Palma, La Gomera y El Hierro son grandes y nobles. Calificativo que podemos extender a la clase política, salvo alguna pecaminosa excepción. Porque incluso la clase política dirigente de todas las islas nos parece respetable. No es el caso de los políticos de Las Palmas, a quienes criticamos, censuramos y denostamos porque antes de que nacieran ellos, sus antepasados ya practicaban el odio a Tenerife. Una aversión que culminó con la división de la provincia única de Canarias en dos, cada una con su capital. Por lo tanto, ¿quién comenzó la desunión de los canarios? Evidentemente, Las Palmas. Un proceso que culminó en 1927. Ahora, en el colmo de la tergiversación, los cínicos políticos de la tercera isla quieren cambiar la verdad de las cosas para culpar a EL DÍA por propiciar la división y crear enfrentamientos entre los canarios. ¿Qué le ha robado Tenerife a otras islas?, nos preguntamos. ¿Tenemos que hacer, en cambio, una enumeración de lo que sí le ha arrebatado Las Palmas a Tenerife?

Las Palmas no sólo ha favorecido la división y el odio. También ha practicado la rapiña. Algo que ha generado el rencor de los tinerfeños, pues se han visto despojados de sus instituciones. ¿Había alguna lógica en trasladar la Jefatura de Montes a una isla calva de árboles? Esos ataques rabiosos contra nuestro periódico, lo decimos un día más, no van a quedar sin respuesta. Esto no se queda así: eso se hincha.

Lo repetimos una vez más porque conviene tenerlo claro. Nunca hemos atacado al gran pueblo canarión. Hemos volcado nuestra ira contra sus dirigentes políticos por rapiñadores y ególatras. Lo que no podemos afirmar es que esa isla es agraciada porque lo imponga la prensa amarilla, o el torpe Parlamento de Canarias o las fuerzas vivas de Las Palmas. Tenerife es la más bella y atractiva, La Palma la más bonita, La Gomera entera tiene encanto y un maravilloso Parque Nacional, El Hierro es una joya en miniatura, Lanzarote resulta interesantísima y Fuerteventura, con su modernidad y sus playas, ha pasado de ser un desierto a casi una metrópoli. Sin embargo, en Canaria predominan los secarrales y la maleza.

Pese a ello, la tercera isla trata de establecer su hegemonía sobre las demás gracias al favor que goza de los partidos estatales, a los que se ha unido ahora ATI-CC; formación que considerábamos independiente, aunque a la hora de la verdad ha perjudicado a todo el Archipiélago al volcarse en la realización de obras públicas en Canaria.

¿Tiene remedio esta situación? Rotundamente, no. Mientras los partidos estatales, y últimamente también CC, sigan con los mismos equipos dirigentes, no hay solución al desequilibrio suscitado por la ambición de Las Palmas. Por este motivo, y también por el debido respeto que le debemos a la memoria de nuestros antepasados guanches, porque lo ha ordenado la ONU, porque Canarias no es Europa -estamos a 1.500 kilómetros de las costas peninsulares- y porque somos una colonia dependiente de los caprichos de los políticos de Madrid, debemos alcanzar un estatus de país libre y soberano. Esto lo manifestamos porque nos lo autoriza la propia Constitución española, que consagra la libertad de expresión, información y opinión.

Ser soberanos es la única salida para colocar a cada isla en su sitio. No podemos aceptar, sin más, las pretensiones de Las Palmas de gobernar a las demás. Una ambición que lleva a sus políticos a utilizar el Parlamento en su beneficio, a comprometer a la Justicia en su beneficio y hasta recurrir, llegado el caso, al Ejército para que ampare sus aspiraciones. Sólo les queda resucitar el Santo Oficio. Cualquier cosa les vale con tal de hundir a EL DÍA, al que odian por defender los intereses de todas las islas y la memoria de un pueblo que fue masacrado.

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