ALguien debería dedicarse a contar lo que pasa, el por qué ha pasado y, sobre todo, cómo salir de este atolladero económico en el que nos hayamos inmersos. Lo lastimoso del asunto es que ese alguien no sea precisamente, el presidente del Gobierno. Aunque muchos pensamos que mejor que sea así, no vaya a ser que encima lo enrede aún más al intentar explicarlo. El presidente Zapatero que, parece ser, está en otra onda ideológica, y que se encuentra más agusto asistiendo al final del Ramadán en Estambul (?), o echando sal en las heridas del pasado, ya ha dicho en sede parlamentaria que no tiene más propuestas que ofrecer para salir de esta crisis; como si realmente él hubiera propuesto alguna vez alguna que hubiera dado algún resultado positivo.
El caso es que tanto el consumo como la producción se encuentran en recesión técnica; o lo que es lo mismo, se ha producido un crecimiento negativo durante dos trimestres consecutivos. Por otra parte, el derroche crediticio se ha cerrado, y sus efectos se están notando de forma alarmante e, incluso, en muchos casos, dramáticos, en el seno de las familias españolas, así como en muchas empresas. El caso es que la excesiva liquidez de los últimos años ha generado, de forma artificial, una burbuja que ahora comienza a florecer con una inusitada intensidad hacia el mercado de materias primas, lo cual repercute de forma directa en el alza del precio de los combustibles, así como en el de los alimentos; en resumen: se dispara la inflación; lo que implica, a su vez, que cuando se revisen los convenios colectivos habrá un alza de las demandas salariales; lo que, a su vez, conlleva entrar en una espiral de precios elevados que terminarán provocando una subida de los sueldos; lo que, a su vez, terminará reflejándose en una nueva subida de la inflación.
España, la España de Zapatero, tiene en estos momentos el déficit por cuenta corriente - o déficit comercial- más alto del mundo desarrollado; situándose en estos momentos en un 10% del Producto Interior bruto (PIB). Esto quiere decir que perdemos competitividad con respecto a los países de nuestro entorno; y que la ampliación en pocos años de dicho déficit -curiosamente los años de gobierno de los socialistas encabezado por Zapatero-, se ha debido, entre otros factores, tanto al aumento de las importaciones como a la disminución de los ingresos procedentes de los viajes y, sobre todo, del turismo; que en el caso de las Islas Canarias constituye un grave precedente.
Pero ¿qué es en realidad el déficit por cuenta corriente, y qué importancia tiene en la economía de un país? Su importancia radica en que constituye una diferencia negativa entre el valor de los bienes o servicios que un país -o una economía- vende a otros países extranjeros, y las que compra al exterior. Esto viene a indicar la existencia de una mayor inversión nacional que un posible y deseable ahorro; en resumen: compramos más al exterior de lo que le vendemos. El desequilibrio de esta balanza es lo que produce y crea inflación, además de indicar la pérdida de capacidad de la producción nacional.
¿Y cómo hemos llegado a este punto? Supongo que se preguntarán ustedes. Pues habrá que inquirírselo a Zapatero, aunque pensándolo un poco, mejor será que no. Lo cierto es que hay que ponerse a trabajar cuanto antes para obtener un equilibrio en nuestras cuentas exteriores y, a la vez, mejorar nuestra competitividad. Los poderes públicos tienen la obligación de crear confianza en los mercados financieros pero, sobre todo, entre los ciudadanos: la desconfianza genera recelo, temor e incertidumbre y ésta, a su vez, suele ser amiga de la inseguridad del miedo y del pánico. Para evitar llegar a tales extremos sería necesario, al menos, llevar a cabo las siguientes acciones: políticas fiscales más restrictivas; ayudas para la realización de proyectos y acciones de investigación industrial y desarrollo experimental (I + D + i); liberalización del suelo; mecanismos adecuados para flexibilizar la economía y, en lo posible, el mercado laboral; reformas estructurales para poder obtener una mayor movilidad del tejido productivo, aumentando así la competitividad; reiterar la importancia que tiene en todo sistema de mercado libre no sólo las ganancias, sino también las pérdidas; para ello habrá que huir de la tentación de privatizar dichas ganancias y socializar en cambio las pérdidas. En caso de nacionalizar grandes empresas, porque éstas se encuentren en grave riesgo financiero, sería conveniente vender sus activos más rentables y desmontar a continuación, por completo, dichas empresas, sin olvidarnos de dar un escarmiento económico y social, incluso legal si fuera necesario, a sus principales responsables. Aumentar el ahorro, fomentándolo y dando ejemplo desde la propia administración. Mejorar las inversiones en obras públicas, así como en infraestructuras, apostando por el transporte de mercancías por ferrocarril para compensar el elevado coste, tanto climático como económico, que existe hoy en día al hacerlo mayoritariamente por carretera. Potenciar la ganadería y la agricultura. Crear más bosques; de hecho, los científicos aseguran que si se construyeran bosques de 10 kilómetros cuadrados se tendrían más lluvias y contribuiría a mejorar el cambio climático además de proporcionar cientos de puestos de trabajo. Potenciar los subsectores como la automoción, el sector químico, el farmacéutico, el alimentario, el logístico, el sanitario y, cómo no, el turismo.
Pero, sobre todo, hay que apostar por la formación e invertir en el capital social y humano, ya que ellos constituyen los elementos claves para el buen desarrollo y el mantenimiento del equilibrio y la viabilidad de cualquier sociedad que se considere independiente y libre, económicamente hablando. Salir de la crisis es una tarea de todos, pero la solución está en las manos de quienes nos dirigen, con mejor o peor fortuna.
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