Cuántas veces habremos escuchado, o leído en la prensa, "vamos a tener un otoño caliente". Infinidades me imagino. La frase (vale la pena recordar) guarda relación con las huelgas de los estudiantes universitarios de la década de los 60. Los acontecimientos políticos, culturales, sociales, etc. solían arrancar durante el otoño sin pavor a los embates de la Policía. Hoy no sería lógico extrapolar los "otoños" de entonces, salvo por la actitud de los parlamentarios de aquí, pretendiendo acallar a un diario independiente, con el sentido con que algunos se refieren a los "otoños calientes" del régimen franquista. Pero ni Franco pudo taparles la boca a los estudiantes que se enfrentaban con los llamados "grises", Policía gubernativa, dispuestos a hacer valer las consignas del sistema. "Tomar la calle", o las aceras, era la práctica habitual de los estudiantes prestos a entrar por cualquier arteria de la ciudad y salir por la otra; sin parar hasta despistar a los uniformados. Correr hasta ocultarse en los portales de las casas, en las iglesias, en los aseos de los bares. ¡Un espectáculo!, vaya. Nada que ver con las algaradas de ahora, en plena madurez democrática, con pancartas, pitos y banderas al viento; en perfecto orden.
Como digo, de no ser por el coro de voces discrepantes con el verbo, con el don de la palabra -"?y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Evangelio de S. Juan, 1, 14)-, el otoño no hubiera empezado a hervir. En todo caso, calenturas, o grado de fiebre al alza, la de los canariones con ansías de crecer a costa de Tenerife; pero no me sorprende: llevan años trabajando entre bastidores, asomando los rejos, acaparando mercados e instituciones. Ahora están por todas partes, se multiplican. ¡Alerta: topillos en son de guerra! El "estado mayor" (la madriguera) se halla en las entrañas del Parlamento regional. Y lo peor, ríanse un poco, que a instancias de CC y con los apoyos de los jacobinos (¿?), en connivencia con los populares, ¡paf!, un misil tierra-aire contra la empalizada de Buenos Aires (EL DÍA). Por suerte, el proyectil pasó de largo, otra vez será? Calcularon mal el ángulo de tiro. Incluso, y así pasan las desgracias, se habla de que pudo rebotar al punto de origen. Señores artilleros, repasen el manual, las instrucciones claras y precisas de la Carta Magna (Art. 20). Así se evitarán que los tiros le salgan por la culata. Es lo menos que se les puede exigir por cobrar 58.500 euros/año, por persona.
A partir de ahora, y gracias a sus señorías, la crisis del presente otoño formará parte de las historias negras de un ciclo sin voz; cerrado a cal y canto. Pero como no hay mal que por bien no venga, ello sumará prestigio a la cuasi centenaria Casa de EL DÍA. Por cierto, ¡ustedes a mí no me representan!
j.manueleon@hotmail.com
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD