Existe un lugar fuera de la ciudad que llamamos cárcel. Es la estructura que crea nuestra sociedad para recluir al que tiene comportamientos antisociales. Alguien llamó a estos lugares "las fábricas del llanto". Y no le faltaba razón. La cárcel es un lugar de mucho sufrimiento, de inmensa soledad y tristeza. De rutina, aburrimiento y desesperanza. Y lo peor, de violencia. La cárcel no es buena.
Pero no es de muros o edificios de lo que quiero hablar, sino de personas. De mil seiscientos veinte presos que hay en Tenerife y unos setenta en Santa Cruz de La Palma. De las doscientas catorce mujeres, de los más de setecientos en espera de juicio, de las trece madres con sus niños y los más de ochocientos de fuera de nuestra isla.
Lo quiero hacer con motivo de que ayer, 24 de septiembre, era el día de La Merced, la patrona de los privados de libertad y de cuantos trabajamos en los centros penitenciarios. Y lo quiero hacer porque nos hace bien "acordarnos de los presos como si estuviésemos en la cárcel con ellos". Como es una fiesta institucional y religiosa, propicia que haga mención a la presencia y labor de la Iglesia católica en medio de los encarcelados.
A este servicio de la Iglesia lo llamamos Pastoral Penitenciaria y lo realizamos aquí, en Tenerife, unos treinta y cinco voluntarios, dos sacerdotes y tres religiosas; y en La Palma, una religiosa.
¿Qué nos mueve a este compromiso? La solidaridad y la fraternidad: ganas de compartir, de ayudar y de estar cercano del que sufre. Creer y confiar en la persona y en la posibilidad de su cambio; voluntad de humanizar la prisión.
La comunión eclesial: la prisión es también la Iglesia. Ellos son de los miembros más despojados que forman el cuerpo de Cristo.
¿Y qué es lo que hacemos? Atención espiritual: cuidar su vida cristiana (oración, catequesis, sacramentos?). Atención humana y social: acompañamiento, escucha, contacto con las familias, asuntos jurídicos, ayudas materiales (dinero, ropa, calzado), cursos y talleres, casas de acogida...
¡Felicidades!, hermanos y amigos presos, porque ustedes son los que menos la han vivido y más la necesitan.
¡Perdón!, sufridas víctimas de sus delitos. ¡Felicidades!, queridos funcionarios y todos cuantos trabajan con exquisita profesionalidad y dedicación por el bien de los presos. ¡Felicidades!, voluntarios y colaboradores.
¡Escucha, sociedad! Esas 1.700 personas, más allá de su origen, su delito, su color, sus creencias, su realidad social, son carne de nuestra carne y su falta de libertad disminuye nuestra libertad. Nos debemos sentir comprometidos con su libertad.
Permitamos, por un momento, que su situación, aderezada con lágrimas de impotencia, levante el velo de nuestra insensibilidad y que el viento de su rabia y su derrota azote nuestro corazón, para que acertemos a escuchar su voz y su lamento, unidos a los de sus víctimas.
* Delegado diocesano de Pastoral Penitenciaria. Capellán de la cárcel Tenerife II
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