"HOY PUEDE SER UN GRAN DÍA para la dignidad democrática del Parlamento canario y por extensión de todos los isleños, o todo lo contrario", escribía ayer por la mañana una periodista de Las Palmas en un periódico editado en esa isla, creado en su día para dividir a Canarias en dos provincias. "Todo depende -añadía- del valor que le echen esta mañana los grupos parlamentarios a la redacción de una declaración institucional para condenar la infumable escalada de insultos a Gran Canaria y a la propia Cámara Legislativa y a sus componentes del editor de EL DÍA".
Al leer esto pensé que por el mero hecho de haberse publicado el Parlamento no tomaría ninguna decisión sobre este asunto; al menos ayer. Más aún: en el colmo de mi ingenuidad pensé que el presidente de la Cámara, o cualquier diputado, saldrían al paso de una aseveración tan contundente para aclarar que una institución como el Parlamento adopta las decisiones que considera oportunas cuando lo estima conveniente, y no cuando se las dicta alguien desde un periódico. Me recuerda el caso curioso de un conocido al que le pusieron una multa de tráfico, a su entender arbitraria, y decidió presentar un pliego de descargo. Por fuera del Ayuntamiento, cuando iba a entregar el papel, se encontró con el alcalde. Le armó tal bronca a la vista de tanta gente, que al final le rechazaron el recurso. Conociendo al regidor municipal, supongo que si hubiera planteado el litigio por los cauces legales y sin aspavientos, le hubiera levantado la sanción sin más. Hacerlo, en cambio, en tales circunstancias, hubiese significado decirle abiertamente a los demás vecinos que quien la arma, gana. En definitiva, a la vista de lo aprobado ayer por la Cámara canaria, parece que sus señorías vernáculas le han echado valor -y mucho- al asunto. Le envidio a la colega el peso de su pluma. Quién pudiera.
Líbreme Dios, en cualquier caso, de sugerirle a sus señorías que hagan la vista gorda -como no lo hizo el alcalde con el vecino iracundo- sobre este o aquel asunto, incluida una línea editorial. Aunque tampoco estaría sugiriéndoles nada nuevo. ¿Qué pasó con las expropiaciones para la ampliación? ¿Quién le dijo a una señora que si no se sometía a las decisiones de la Cámara, no viviría lo suficiente para cobrar un duro por sus propiedades, como así fue en realidad? ¿Se lo dijo un editor de periódicos o un parlamentario regional? Por lo demás, el Parlamento canario tampoco miró para otro lado, ¿verdad que no?, cuando 56.000 ciudadanos le pidieron que debatiera -sólo que debatiera- la conveniencia de construir el puerto de Granadilla. ¿Se acuerdan ustedes de lo que hicieron sus señorías con esas 56.000 firmas? Les refresco la memoria: las tiraron a la basura. Rectifico; lo primero que hicieron no fue tirarlas a la basura; primero se las pasaron por el arco de triunfo -expresión utilizada por los meapilas de la pluma para decir, sencillamente, que se las pasaron por el mismísimo forro de los cojones- y luego las tiraron a la basura. De la misma manera, jamás miraron para otra parte cuando uno de sus presidentes tuvo que comparecer en una comisaría londinense a cuenta de un pijama problemático.
En definitiva, como todo esto va de casualidades, también es circunstancial que los diputados canarios sólo se hayan puesto unánimemente de acuerdo, durante mucho tiempo, en dos asuntos: subirse los sueldos y condenar al periódico que los critica por habérselos subido.
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