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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

Dimisiones

25/sep/08 07:53
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SON DOLOROSAS. Involucran no sólo al que, una vez se lo ha pensado, las pone en práctica, sino también a los que forman parte, casi cuerpo, de las mismas compartiendo idénticas inquietudes y que sin dar el mismo paso están a la espera por ver si es posible que los acontecimientos se enderecen por sí mismos, por su dinámica interna, que es la que ha propiciado el adiós o tal vez siendo protagonistas igualmente.

Hay dimisiones que no son escandalosas, que se producen y continúan amparadas en el silencio quizás por la escasa relevancia del personaje que la concita, y otras, por el contrario, suponen un sinfín de comentarios y posicionamientos que elucubran acerca de los motivos que han hecho que ésta tomen cuerpo. En esos momentos sí que vendrá bien un algo de sinceridad del protagonista, que diga lo que tenga que decir sin ambages, sin tapujos y a cara descubierta. Una vez que se ha tenido la valentía de hacerlo y de dar el paso, no debiera escudarse en la ambigüedad de que aquí no ha pasado nada y que apenas es un gesto imperceptible y de poca envergadura

Esos personajes de alta relevancia política, y que por lo tanto son noticia, en un instante pasan de ser actores o coactores a revolotear en el reducto de los extras, de los prescindibles. Sus proyecciones políticas quedan en ese momento encorsetadas, disminuidas y trazan el camino, el amargo camino para que opere la depresión. Y eso sí que es malo. Y no debe ser así.

Los que se han elevado o han sido elevados al pódium de los imprescindibles, cuando caen por su propio peso o son empujados por malestares que hacen que se tomen decisiones adversas para ellos, deben evitar en los momentos posteriores ser simplones y sin criterio, porque ello sería rebajar el listón de su posicionamiento primigenio, aunque del aplauso se pase a la desconexión social y al más puro anonimato

Si hago este comentario no lo hago pensando en nadie en particular, sino sólo preocupado por un fenómeno sociológico que está ahí y, sobre todo, en el espacio de la política, donde muchas veces surgen las incongruencias y, cómo no, las perplejidades. En ese espacio, más de una vez se instalan desidias, cuentos y devaneos mentales que intervienen en la única dirección de fraguar los desencuentros que generalmente ocurren por adoptar una actitud coherente en todas las cuestiones y que se desvirtúan por personalismos ajenos, antipatías y también, si se quiere, porque se ponen a funcionar celos o envidias.

Las dimisiones deben ser como clavos ardiendo que se inoculan en la conciencia de aquellos que un día las producen y tendrán , digo yo, que sentirse disminuidos como si faltase algo dentro de sí, encontrándose debilitados porque alguien que se cree con poder o que en realidad lo tiene si termina autofagocitándose, y quitándose de la circulación, a veces con precipitación y otras con toda la razón del mundo, debe sufrir un descalabro anímico de importancia.

En la historia y vicisitudes de la política, las dimisiones están en el orden del día. Existen dimisiones por cansancio, por incapacidad en un momento determinado de buscar y encontrar soluciones a un problema acuciante o bien porque no hay argumentos convincentes. También por cabreos y porque la paciencia tiene un límite.

Pero lo peor de las dimisiones que no se quieren, porque ni siquiera estaban programadas en la intimidad, es que ante la insoportable levedad del ser no hay otra alternativa que retirarse, no a los cuarteles de invierno, sino a la búsqueda de la soledad, de la desesperación amparada en el soliloquio y a construirse un nuevo espacio, porque el de la política se aleja, deja de ser prioritario, y si un día se tuvieron la gloria y el poder , lo que queda entremedio hoy y ahora sólo es el canto lastimero de su ausencia.

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