EL DÍA, S/C de Tenerife
La tercera ópera en la producción dramática de Giacomo Puccini, "Manon Lescaut", pugnó ayer por hacerse con el favor de los aficionados en la función inaugural de Ópera de Tenerife 2008, festival que arrancó en la Sala Sinfónica del Auditorio de Tenerife, que registró media entrada.
"Tosca", "Madama Butterfly", "La Bohème" y "Turandot" ocupan el pináculo sobre el que descansa la popularidad de Puccini, pero su "Manon Lescaut", como se comprobó anoche, tiene suficientes valores para rivalizar con aquéllas obras maestras y seducir al público melómano.
La soprano china Hui He (exótica Manon) encontró un aliado en la dirección de su compatriota, Lü Jia, titular de la Orquesta Sinfónica de Tenerife, que desde el foso potenció la vertiente más lírica y apasionada del drama. Jia siguió así los designios del propio Puccini, quien quiso desmarcarse de los afeites y "polvos de tocados" de la "Manon" francesa, compuesta nueve años antes por Jules Massenet.
Sobre el escenario, Hui He tuvo como "partenaire" al tenor catalán Albert Montserrat, intérprete del atribulado caballero Des Grieux. El barítono aragonés Carlos Chausson -recientemente "fichado" para la escenificación en Tenerife de esta producción procedente de la Ópera de Leipzig- hizo valer su musicalidad y su veteranía como Geronte di Ravoi, mientras que el barítono madrileño Carlos Bergasa, en el papel de Lescaut, puso la nota agria en una obra que volverá a ser representada pasado mañana, jueves, y el próximo sábado, en el mismo escenario.
Completó el cartel un heterogéneo reparto formado por cantantes de varias comunidades españolas, desde el tinerfeño Jorge Cordero (avezado ya en esta lides), como Lampionaio, a la soprano valenciana Cristina Faus, pasando por el madrileño Israel Lozano, el barcelonés Marco Moncloa y el bajo cordobés Francisco Santiago.
En el plano visual, Giancarlo del Monaco ofreció una puesta en escena "no realista" centrada en los personajes y sus estados de animo. Del Monaco traslada a los años 30 la acción que en el original teatral (adaptado de la obra del abad Prévost) empieza en 1770, transposición que acentúa los contrastes -a Manon le gusta el charleston mientras que el viejo Geronte, compositor de madrigales, mira hacia el pasado- y aporta sugestivas interpretaciones históricas: la deportación pervive, como de hecho pervivió hasta mediados del siglo XX, como revela la lectura de "Papillon".
Los actos siguientes se guían por lo que Del Monaco llama "asociaciones virtuosas en relación a la dramaturgia". No faltaron sorpresas para el espectador: elementos escénicos con cuerpos móviles, como en las esculturas dalinianas, o ese ferrocarril del tercer acto que "penetra" simbólicamente la sala. El desenlace tiene lugar en un paisaje lunar, trasunto del desierto pucciniano, para mostrar la muerte en su aspecto más desnudo y esencial.
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