LA VIDA nos suele deparar, aunque no lo reconozcamos, extraños compañeros de viaje, donde el concepto de lealtad y de amistad se reduce a una mera entelequia o a un cúmulo de conveniencias e intereses. Es lo que se podría definir como auténticas amistades peligrosas que, en su encantamiento, como el flautista Hamelin, conduce a las incautas y astutas ratas al precipicio. Sólo el que sopla la flauta para su provecho exclusivo se salva, si no acaba en el precipicio antes, y no porque sea más listo que las ratas, sino porque, en el fondo le asiste la información privilegiada y un afán de protagonismo y de supervivencia sin límites.
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