Tenerife Norte
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ÁLVARO ARVELO HERNÁNDEZ *

Pregón de las Fiestas del Cristo de Tacoronte

21/sep/08 07:52
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El texto que a continuación reproducimos, por su valor como testimonio histórico de una época, fue pronunciado por su autor el domingo 7 de septiembre

de 2008, en la Sala Óscar Domínguez de la Casa de la Cultura de Tacoronte.

HAY que honrar a Tacoronte y se renueva constantemente el propósito... Y vuelve a ponerse en valor su grandeza, su extensión, sus peculiaridades geográficas, paisajísticas y habitables.

Y se recuerdan cada cierto tiempo las vivencias, los recorridos de tantas personas, y las aportaciones colectivas que ha dado un pueblo tan hermoso y tan dotado por la naturaleza.

Pero este pueblo, municipio, ciudad-campo o como se le llame, puesto que es todo y mucho más, recupera rápidamente sus hábitos de discreción y sus silencios. La austeridad y la escasa vocación de notoriedad es su carta de naturaleza.

Y es que parece que Tacoronte no quiere dar espectáculo nunca. Tal vez por ello es un pueblo que fomenta y consigue tan buena relación con el exterior, que la mantiene y la gestiona en términos que todos los que somos de aquí conocemos muy bien y nos sentimos orgullosos de ello.

Es un universo disperso. Pero cada núcleo o lugar tiene una personalidad definida, peculiar, diferente, pero integrada bajo fuertes elementos de cohesión al margen de sus particularidades y aislamientos.

Sociedades, asociaciones, clubes creados a través del tiempo, en La Estación, en El Cantillo, Los Naranjeros, La Caridad, Agua García, etcétera, muestran la capacidad social y la inquietud colectiva de un pueblo.

Es un territorio donde cabemos todos. Donde nadie se siente forastero y donde fácilmente se confunde al que viene de fuera con el lugareño. Es como si la calidad de vida y de relación estuvieran por encima de la dimensión y de la notoriedad.

Lo trascendente es que un pueblo con tales características y asimetrías conserve una personalidad tan definida y se manifieste con constantes propias, plenas de tradición y de arraigo popular.

Algo hay ahí de carácter cultural, especialmente sensible, sentimental, espiritual, en este sentido de respeto y pertenencia al territorio.

No es gratuito, pues, que en este contexto se mantengan celebraciones y ceremonias de gran alcance cultural, religioso y festivo, que tienen lugar en Tacoronte, consolidadas a través de los años y por encima de los localismos a que hemos hecho referencia.

De un pueblo así, ¿quién no se siente orgulloso? Más en el caso de quien les habla, que comparte e intenta practicar a diario tales principios de convivencia. Son lecciones aprendidas de niño, muy tempranamente, y que se viven y se renuevan constantemente.

Algo he leído acerca de que la verdadera patria se encuentra donde se conforman las primeras ilusiones y donde se forjan los primeros sueños. Yo quiero dar fe de ello.

La magia de la infancia

Si tuviera que recorrer ahora todos mis días, repararía en que, a pesar de la dureza de los años vividos en la posguerra, la magia estaba en la infancia, y la infancia, ese tiempo al que todos quisiéramos regresar, me ata a esta tierra, a las calles que caminaba cuando era niño. El oro de aquellos años se guarda en una vieja caja de zapatos que, al abrirla, evoca huertas humildes, calles de tierra, paisajes intensos, casas pobres pero cuidadas con esmero. El oro de la infancia nos trae el perfume de cosas sencillas, de una belleza que es difícil de contar a nuestros hijos.

Si cerrara los ojos un instante, podría ver la explanada de la estación de Tacoronte que moría en el hangar donde dormían los raíles, vería la casa donde nací, una casa que ahora no existe, como tampoco existe el Hotel Camacho que se divisaba desde mi ventana. Las ciudades cambian su rostro, pero nosotros las reconstruimos en nuestra memoria.

Perdonen que tenga que hablarles de lugares que no puedo mostrarles. Si ahora tomáramos la carretera general y llegáramos a la altura del Cantillo, encontrarían, a la derecha, una casa de paredes blancas, hoy escarapeladas. Entre esas cuatro paredes, el poeta Pedro García Cabrera escribía en silencio, privado de libertad, la poesía más grande de nuestro tiempo, cuando yo era un niño y nada sabía del hombre y su obra. En un poema suyo, dedicado a esta tierra, podemos leer: "Silencio de Tacoronte tan duro como una piedra".

Y sí, aquellos eran tiempos de silencio, y la vida nos mostraba su arista más áspera. El silencio alargaba los caminos que culebreaban hasta el Calvario, de donde un día partió Óscar Domínguez para no regresar más que en su fértil imaginación y en sus sueños. Los mil caminos de la infancia que conducen hasta El Pris, el día en que me escapé de casa, con el dinero que me daban para tomar el tranvía, porque a los muchachos no nos bastaba el mar como horizonte. Queríamos oírlo rugir a nuestros pies, sentir la dureza de la arena mojada, revolcarnos con la ola, hasta que cayera la tarde, para regresar extenuados y felices a la noche.

Las leyendas deben nacer un poco así, un poco evocando nombres y lugares que se pierden en el tiempo. Porque si yo, ahora, les contara que podíamos jugar a la pelota sin tener que detener el partido para que pasara un coche; si yo les contara que la calle era un tagoror donde los vecinos sacaban sus sillas al atardecer, cuando refrescaba y se sentaban para bañarse en la brisa que peinaba las calles del pueblo, que se contaban historias de indianos, de parientes perdidos, de amores frustrados, y que alguien entraba en casa y volvía con café para todos, cuando el café era un lujo, y los niños mendigaban la última gota amarga, y se hablaba hasta que oscurecía, y se jugaba a la baraja ruidosamente, hasta que alguno decía "me recojo ya", pero se quedaba bajo el dintel de la puerta, sin terminar de despedirse, hasta las tantas, como una estatua, alargando el adiós? Si yo contara que entrabas en tu casa tirando de un cordel que abría el fechillo desde la calle.

Si yo contara todas estas cosas, muchos pensarían que estoy hablando de otro mundo, y lo era. Era otro mundo.

Mi padre salía todos los lunes de madrugada a trabajar en la capital, y no volvía hasta el sábado, vestido de cansancio. Ahora reparo en cómo mi madre sostenía el equilibrio de nuestra casa. A mi padre debió pesarle la soledad de la ciudad porque, un día, todos tomamos el mismo tranvía. El niño, con apenas once años, mira, quiere beber todo el paisaje con una mirada. La gente va subiendo con maletas melladas, con gallinas recién sacrificadas. Hay caras risueñas, pero también hay cansancio, hay hambre, hay tristeza. Cuando partes, crees que dejas algo atrás, pero todo va en las maletas de la memoria, pesando, con el cansancio y los sueños. Nunca te has ido de Tacoronte y por eso vuelves, una y otra vez, en busca de un tiempo que jamás fue perdido.

Es por esto que guardamos el recuerdo de los lugares en los que crecimos, para salvarnos de no poder regresar a ellos. Sólo nosotros vemos el banco de madera en el que nos sentábamos a soñar. Muchos de ustedes lo saben: el mundo era tan duro que había que soñarlo en las plazas o en la orilla de la playa, contemplando largamente el mar.

Siguiendo la estela de sueños tempranos

El mar ha hecho a los isleños soñadores. Nuestra vida cobra sentido porque hemos seguido la estela de nuestros sueños tempranos. Hoy sabemos que nuestros pequeños pasos apenas dejarán una huella muy leve en la arena. Todo se borra en la corriente del tiempo. Pero esos pasos tendrán sentido si los hemos dado en favor del hombre. Soólo entonces, habremos dado alas a esos sueños.

¡Hoy es un día importante para mí! Es como recibir un reconocimiento inmerecido, pero que se acepta porque viene de tus propias raíces.

En efecto: aquí mismo, en estos locales, estaba instalada mi primera escuela. Bajo este techo acudí a una clase por primera vez. Era la escuela pública y la solemnidad correspondiente. Reparen, pues, en el honor que supone estar aquí mismo, leyendo el Pregón de las Fiestas del Cristo, años después.

Aquí en esta plaza comí los primeros turrones y desde entonces sigo siendo adicto a sus sabores y al reconocimiento a la profesionalidad de quienes los elaboran.

Muy cerca también viví la vendimia, hice la pisada de las uvas y las comí con la ansiedad de la posguerra y como un fruto exquisito y sagrado, casi reservado a la bodega. Es difícil echar en olvido estas cosas.

Tampoco los años de dificultad y del racionamiento, pero también de solidaridad. Tiempos de aprovechar las oportunidades y de confiar en las personas y en el futuro.

En definitiva, ¡qué les voy a decir! Que esta tierra es muy pródiga y agradecida para quien la trabaja y para quienes ponen en ella y en el futuro su fe, su ilusión y su esperanza. Y hay que dar gracias hoy a Dios y a Tacoronte por el pasado y por el presente.

Y llegaron los tiempos del traslado a Santa Cruz. Pero nunca se olvida a este pueblo. Tacoronte está siempre presente. Y aunque se soporte una etapa dura de compartir trabajo y estudios... Aún queda tiempo para practicar la lucha canaria y para acudir a Tacoronte formando parte del Santa Cruz Club de Lucha y participar como protagonista en lo que había vivido de niño: la luchada de las Fiestas del Cristo.

Ahí mismo, en el patio del Convento, contemplé asombrado, con 10 años, una luchada espectacular con la participación de las figuras más afamadas de Tenerife y de otras Islas, y con el conocido ritual de solemnidad, y de los silencios de la lucha. Se me quedó grabado para siempre aquel escenario.

Imaginen ustedes cómo lo viviría yo, años después, participando ya como luchador en otra gran luchada del Cristo, cuando después de tirar a algunos adversarios, escuché susurrar a algunos espectadores: "ese luchador del Santa Cruz es nacido en Tacoronte, hijo de Braulio".

La referencia irrenunciable

Tacoronte es la referencia y el objetivo irrenunciable, idealizado en el subconsciente, puesto que se forja en el origen mismo de la vida.

Años después, como todos, conformamos nuestra propia familia. Y como un buen padre, o como un padre con el estigma de Tacoronte sobre sus espaldas, con la influencia de su niñez a cuestas, es decir, impregnado del buen sabor a la tierra, a los animales, a los árboles, al mejor paisaje... No se podía reaccionar de otra manera y se propone retomar aquellos escenarios para devolverlos a su descendencia.

Y siendo los hijos pequeños decidimos construir una casa en Agua García, a tiro de piedra de la Hoya Manzaneros donde los árboles, los manzanos y los ciruelos se manifiestan en todo su esplendor. Hermoso es recordar aquella época y el encuentro de los niños con aquellos parajes.

Recuerda Fide, mi esposa, que aquella época fue inolvidable para los niños, porque ahí están sus mejores recuerdos, lo mejor de su infancia. Las excursiones a pie desde nuestra casa a la Madre El Agua, a Fuente Fría y por los caminos del monte, con el canto de los pájaros de compañía permanente y el intento fallido de la caza de alguno con falsete inadecuado.

Épocas de juegos y aventuras que no eran posibles en la ciudad. Y así tuvieron la fortuna, creo, de vivir la naturaleza que yo había respirado y mejor por mérito e imaginación de Fide, siempre creativa y didáctica.

Y llegó mi etapa de desarrollo profesional y de otros compañeros de la Caja de Ahorros que habíamos crecido juntos, impregnados de valores humanos y de principios institucionales de enorme nivel. No en vano estaba regida la entidad por gente de bien, como el cura D. Francisco Herraiz Malo.

Hasta que las Cajas logran romper sus ataduras y limitaciones operativas y de expansión. Y a partir de ahí se suceden las oportunidades profesionales, de formación y aparecen los retos para quienes quisimos asumirlos.

Y se abrió la sucursal de Tacoronte, de las primeras, a partir de las cuatro históricas: La Laguna, La Orotava, Icod y Güimar.

Y se encomendó la dirección a un compañero de mi época, a Manuel Rodríguez Bonilla, quien hizo una gran oficina y puso los cimientos de lo que hoy es una gran implantación de la Caja en Tacoronte, con cuatro sucursales operativas en este momento.

Manolín dejó una huella de arraigo y relación con Tacoronte, que es justo reconocer y poner en valor. Tal fue su pasión por este pueblo que nunca más se ha separado de él.

Recuerdo siempre a la entidad muy conectada con el Municipio. Ahí está erguida, en pie y resistiendo a los tiempos la hermosa casa de D. Juan Marti Dehesa, presidente que fue de nuestra Caja de Ahorros. Ahí está la casa de D. Juan Cas, al principio de la calle que arranca hacia El Cristo, muy cerca de la calle Los Abales, donde yo viví.

A esta casa acudí muchas veces reclamado por D. Juan para trabajar con él y para sacar adelante proyectos de importancia para la entidad.

Siempre que paso por la Carretera General miro desde el coche, como queriendo descubrir la casa abierta y a D. Juan en ella, en el porche, con doña Conchita o con sus hijos.

Cuántas visitas de D. Domingo Pérez Minik a Tacoronte y a la casa de D. Juan. Algo tendrá que ver D. Domingo y Tacoronte con la trayectoria y el prestigio que la Caja de Ahorros tiene en el plano cultural.

El encuentro con el surrealismo

Domingo Pérez Minik y Eduardo Westherdal fueron compañeros inseparables y protagonistas indiscutibles de la presencia de André Bretón en Tenerife y de aquel importante acontecimiento surrealista en nuestra Isla.

No es casual que esta embajada francesa quisiera conocer el pueblo donde había vivido Óscar Domínguez, y que visitaran su casa y que los llevaran a una bodega. Los tacoronteros se asomaban a los caminos para observarlos y admirarlos.

Al parecer, André Bretón se sentía muy feliz con la admiración de los vecinos, con su acogida y con su acompañamiento. Ignoraba que esta compañía y este homenaje no lo recibía el surrealismo, sino la admiración de los tacoronteros por su mujer, Jacqueline, enamorados de su figura, de sus trajes y de sus shorts bien exhibidos. De sus muslos y piernas de nadadora y de su andar parisino.

Hay que recordar a estas personas y su influencia en la cultura, en la Caja y en su futuro. D. Juan trataba a D. Domingo como a un hijo, y yo les escuché serias conversaciones sobre el pasado, sobre política y sobre cultura.

La entidad que presido es el resultado de estos esfuerzos y aportaciones. De preocupaciones humanísticas y de principios que hemos tratado de conservar y poner en valor constantemente. La relación con Tacoronte y la tenacidad en mantenerla es una constante. Tal vez un tanto silenciosa y austera, pero real y consistente.

Me siento orgulloso, muy orgulloso de una trayectoria vital, impregnada de vinculación con esta tierra y de volver a ella de manera recurrente. Hoy por gentileza del Sr. Alcalde, a quien conocí en el servicio militar, donde las personas y las cosas tampoco se olvidan jamás. Quién nos iba a decir que años después nos encontraríamos colaborando tan estrechamente.

Reconozco estas vivencias como las mejores influencias para mi desarrollo personal y profesional y hoy lo celebro con ustedes.

No importa que ahora esté en El Sauzal, allí con los sauzaleros, digo, en broma, que Tacoronte es un barrio de El Sauzal y aquí lo contrario. Ya me dirán ustedes, mi madre es de El Sauzal y mi padre de Tacoronte. Se conocerían en las Fiestas del Cristo o en las de San Pedro, tal vez, las cosas eran así. No hay que darles más vueltas.

Sí me encantó conocer que mi madre fue elegida Miss Guamasa en su juventud y que era muy guapa. Hoy estaría muy orgullosa de ver al hijo que la acompañó con diez años y a medianoche, desde El Cantillo a la casa, con el saco de gofio caliente a hombros en tiempos de posguerra y escasez. Espero que me esté viendo o que alguien se lo cuente.

* Presidente de CajaCanarias

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