SUPONGO que nadie tiene tiempo para leer todo lo que se publica en los periódicos. Yo tampoco. Aunque lo busco donde sea con tal de no perderme una columna de Alfonso González Jerez. Carezco de palabras para explicar el placer neuronal que me producen sus ingeniosas e imparciales ideas, su clarividencia y su sintaxis magistral. Sobre todo teniendo en cuenta que, a su docto juicio, el estilo de casi todo lo demás que se escribe por estos alrededores es propio de un parvulario, si bien él no emplea el término parvulario sino preescolar. Acaso parvulario le parece una palabra demasiado casposa, pues para el maestro González esta provincia está formada por una sociedad, en esencia, decimonónica. Gracias a tan aguda pluma, muchísimos tinerfeños nos hemos enterado de que vivimos en un villorrio ruin que le repugna a don Alfonso. Sin embargo, como enseñar al que no sabe es una obra de misericordia, tiene a bien permanecer entre nosotros para iluminar nuestra ignorancia.
Los artículos de Jerez me gustan sea cual sea el tema que aborde. Realmente lo paso mal ese día de la semana en que no publica pues él, como persona de grandes prendas de carácter y otras virtudes -así lo hubiese definido el sin par Domingo de Laguna-, jamás ofende con su trabajo el sagrado descanso dominical. Sobra decir que por igual motivo se me hace no largo, sino larguísimo, su mes de vacaciones estivales, amén de otros descansos en puentes, acueductos y fiestas de guardar.
Me gustan todos sus artículos, como digo, pero en especial aquellos en los que defiende encendidamente a los currantes. No en plan pecholata, como cualquier sindicalista de pocas tablas, sino con el coraje heroico de quien no tolera la injusticia. Por eso llevo varias semanas echando de menos uno de sus lucidos escritos sobre el despido del subdirector de un periódico. Un hecho ocurrido en la casa donde ahora pontifica el tal González. No es que no se pueda despedir a un subdirector con todas las de la ley, como así ha ocurrido. Por ahí, nada que objetar. El quid está en la forma. Porque a Enrique Rey Pitti no le comunicaron su cese a las diez de la mañana en el despacho del presidente del consejo, como se hace en las empresas con clase, sino a las diez y veinticinco de la noche. Cuando ya se marchaba a su casa, una vez concluido el trabajo del día -antes no-, el actual director de Diario de Avisos le entregó la carta de despido. ¿La causa? Al parecer, un reajuste de plantilla debido a la crisis. Al menos eso le dijeron al afectado. Lo curioso es que sólo lo han "reajustado" a él. Lo cual me suena raro.
Pero me suena raro a mí, no a González Jerez. ¿Será que se le han obstruido los canales auditivos con la molicie de su nuevo empleo? Aunque bien es verdad que este portento del periodismo anda últimamente demasiado ocupado con sus lecciones a José Rodríguez sobre cómo se debe escribir un editorial. Demasiado atareado para entretenerse con minucias, aunque sean humillantes para un profesional de prestigio como Rey Pitti.
La gran pena que me queda de todo esto es que don Alfonso sólo publique habitualmente en medios con la ingente difusión de un periódico escolar. Al final va a ser cierto eso de que cuanto más grande es un escritor, menos comprende el vulgo la valía de su trabajo. Vete por ahí.
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