NOS PARECE BIEN que CC y PP no respalden una condena contra EL DÍA en el Parlamento de Canarias. Al menos hay alguien con un gramo de cordura en esa casa de locos. Ciertamente todavía no salimos de nuestro asombro por las múltiples acusaciones contra este diario, y de forma especial contra su editor, a lo largo de los últimos días. La más infame de todas, el que hemos tildado al pueblo de Las Palmas como oportunista por hacer propaganda de su isla a costa de los muertos del accidente de Spanair. Una afirmación de este tipo no va a quedar así, ante todo porque se trata de una mentira absoluta. ¿Dónde y cuándo hemos escrito que se haga propaganda con las víctimas de este accidente? Sabemos, en cambio, quiénes nos han difamado con esa barbaridad, y procederemos en consecuencia. Nunca imaginamos que la envidia llegase a tanto.
Consideramos acertada, insistimos en ello, la actitud de CC y del PP en el Parlamento, pero nos alegraríamos mucho más si la Cámara legislativa no se quedase ahí y diese el paso de analizarse a sí misma en vez de lanzar conjeturas sobre la línea editorial de un periódico; en definitiva, si dejase de cuestionar la libertad de prensa, pilar de toda democracia seria. Un análisis de la conducta propia a la que convendría que se sumase el PSOE, pues este partido también participó, callado y contento, en la mayor tropelía política que se ha cometido en la historia de Canarias: la subida de sueldos cuando todas las instituciones públicas congelan gastos y salarios. Eso sí es una infamia, no una opinión editorial que está dentro de la libertad de expresión consagrada en la Constitución española. Esa Constitución que a ellos les gusta porque son ardientes defensores de la españolidad de estas Islas, y que a nosotros no nos gusta pero respetamos y acatamos por imperativo legal mientras no alcancemos el estatus de país soberano. En definitiva, apelamos a su Constitución, que no la nuestra, para que la cumplan al menos en esto.
Naturalmente, nada le impide al Parlamento profundizar en estas loables rectificaciones y poner fin, de una vez y para siempre, a las tres grandes afrentas a Tenerife: el gran que no le corresponde a Canaria -no cabe en sus secarrales, hierbas rastreras y pinos enjutos-, el orden alfabético para que Tenerife ocupe el último lugar y la modificación del escudo oficial para igualar lo que nunca ha sido igual. El día que el Parlamento rectifique estas tropelías y que, además, plantee la inaplazable soberanía, comenzaremos a pensar que sus señorías se merecen los jugosos emolumentos que perciben.
Mientras tanto, le recomendamos a algún político que no siga diciendo tonterías. A lo mejor tenemos que informar a la ciudadanía de algunos asuntos que hasta hoy hemos callado por prudencia. En cualquier caso, no comprendemos la tremenda ingratitud de algunos individuos hacia esta Casa. Sobre todo porque en EL DÍA, periódico en el que todos los partidos políticos pueden expresar sus ideas, siempre han tenido las puertas abiertas.
Al final, esta historia se resume en tres puntos: el terror grancanario a que desaparezca de una vez el falaz "gran", el rencor hacia Tenerife de quienes no tienen en su tierra las bellezas de esta Isla y la envidia de cuatro fracasados por el éxito de EL DÍA.
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