NO ES que juguemos y nos trabemos con la paradoja. Y menos con las palabras en el afán de encubrir deseos que pueden sentirse como fallidos. No. Sabemos que la historia, la que sea, se construye desde la voluntad de cada cual o simplemente porque nos la dan por añadida sin intervención alguna y con pleno reconocimiento de que es así, se acepta y no hay nada que hacer.
No obstante, la historia tiene su dinámica interna, se mueve, se nos escapa, la agilizamos o la perdemos. La que tenemos hoy delante de los ojos y que deletreamos en nada se parecerá a la de mañana, y menos a la del día siguiente.
Y ahí la cuestión: ¿la nueva historia que pensemos para Canarias podrá ser realidad más bien pronto que tarde? ¿Se cuenta con los elementos necesarios para que transcurra y trascienda desde el pensamiento a un plano de aceptación universal canario? ¿Nos quedaremos en los primeros renglones sin saber, además, qué rumbo tomar ante decisiones donde seguiremos siendo convidados de piedra? ¿O rompemos de una vez por todas el viejo texto y la inercia manipulada para entender que los pueblos se mueven por ellos mismos?
Son preguntas que duelen y arañan la conciencia ya que, por más que nos afanemos en determinadas proclamas, en estas o aquellas manifestaciones, y si se quiere en propuestas y programas políticos y que todo ello que pudiera ser interesante para construir la historia inmediata, no es entendido ni asumido por la gran mayoría, que es la que manda y obliga y hasta para muchos es motivo de chanza y de cachondeo.
Pero, a pesar de todo, hay barruntos que pretenden marcar nuevos rumbos de deseos entusiasmadores, porque la misión del nacionalismo canario por el espacio socio-político en que se mueve tendrá que afianzarse y no alejarse de la esencia para acercarse con contundencia al discurso nacionalista.
Al menos, si somos serios y consecuentes con nosotros mismos ante los demás, seremos merecedores de respeto y siempre instalados en la disponibilidad de ser actores, protagonistas de una nueva historia ya contada por nosotros y no imaginada por otros.
La nueva historia de las Islas, seguramente, está a la vuelta de la esquina para comenzar a escribirla con trazos ribeteados de esperanzas y de propuestas políticas acordes a los tiempos, porque da la impresión de que va calando en la conciencia no sólo del pueblo que muchas veces expectante nos mira con recelo, sino que se pretende, al menos así se ve, desbrozar unos inicios, unos comienzos que nos llevarán a un mejor sitio.
Por eso, no sólo habrá que tener esa voluntad enmarcada en papeles y en soliloquios. Hay que abrir el frente, hay que calentar motores para arrumbar con decisión a un destino que nos pertenece y que si lo fabricamos entre todos, mejor.
Pero para que la historia que se desarrolle sea la eficaz y ponga a las Islas en su sitio y dé respuesta a esas preguntas e interrogantes que anidan en la conciencia colectiva de nuestro pueblo desde hace siglos hay que trabajar con tino, inteligencia, tesón y sin visceralismos que no conducen a nada, sino a retrasar la búsqueda del objetivo.
Quizás habría que impulsar las prisas dejando atrás modorras y parsimonias inhabilitantes y con la ansiedad instalada en el ánimo por llegar.
No basta con la idea. Hay que atrapar los acontecimientos porque estos se mueven a velocidad de vértigo, ni tan siquiera con la ilusión de que tal vez todo cambie por sí, sin empujar, sin criterio y a expensas de no se sabe qué y de quién.
Hay que volar, y no con las alas de cera, como las de Ícaro, que las derretía el Sol; ni con las de la gaviota, porque termina como siempre posada en el roquedal al atardecer o meciéndose en las olas del mismo mar; ni con las volanderas de las anduriñas, que revolotean alocadamente de un lado para otro; tendremos que volar con la fuerza que da la voluntad de llegar a convencer a la mayoría, para que esa mayoría sea, junto al resto, la que construya el modelo, la nueva relación convivencial en la que Canarias, que es lo que nos interesa, por fin ya mande, dicte y obligue.
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