Comentaba alguien no hace mucho que John McCain, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, cuenta a su favor con dos elementos biográficos: uno, haber sido héroe de guerra; el otro, su trayectoria exitosa en el mundo empresarial. En los grandes países se admira a los grandes hombres y mujeres. Sin duda por eso son naciones grandiosas y libres. No es el caso de España ni, por desgracia, tampoco el de Canarias. Quizá cambie la situación cuando alcancemos nuestra ineludible soberanía. Mientras tanto, entre nosotros, prima la envidia y el descrédito a quien triunfa.
Decimos esto porque el éxito de EL DÍA como periódico más leído del Archipiélago tiene enfurecido a más de uno. De otra forma no se entiende el odio con el que reaccionan contra nuestro diario y contra su director. Una aversión que se materializa con amenazas, con incitaciones a la Justicia para que actúe por inexistentes delitos, con insultos degradantes para el respeto que merece cualquier persona? En definitiva, con el recurso a todo lo imaginable para desprestigiarnos, incluida la difamación y la calumnia. Un proceso que no es difícil de ejecutar. Basta interponer una denuncia y esperar a que los tribunales resuelvan; en el ínterin, existe patente de corso para todo. Una denuncia, lo recordamos una vez más, redactada por un político abogado, candidato fracasado a todo, que va por la vida de marxista-leninista pero que no pensó precisamente en el proletariado cuando votó a favor de la subida de sueldos en el antro del Parlamento de Canarias. Aunque tal vez sí pensó en los trabajadores; pensó en cómo esquilmarlos para que él, y con él todas las "señorías" autonómicas, viviesen mejor pese a que miles de familias no tienen con qué pagar la hipoteca de sus humildes hogares.
He ahí la calaña de los enemigos de EL DÍA. Nos odian porque defendemos a Canarias y a Tenerife. Ese es nuestro pecado. Miserables dirigidos por la larga mano canariona que, no contentos con el asalto a esta Casa, a su editor e incluso a su personal, confunden al pueblo de Canaria con la cochina mentira de que estamos en contra de los habitantes de esa isla. Jamás lo hemos hecho y jamás lo haremos, porque son canarios como nosotros. Sólo atacamos a unos pocos canariones ávidos de rapiña, que se empeñan en perpetuar las falsedades que denigran a Tenerife. Ante todo, el gran en el nombre de la isla. No importa. De la misma forma que algún día Canarias será una nación soberana -eso, como decimos, es irremediable- caerán por su propio peso las tres mentiras: el citado "gran", el orden alfabético para que Tenerife ocupe el último lugar y la modificación del escudo oficial para igualar lo que es distinto por naturaleza. La razón y la lógica, unida a los usos universales -en cualquier archipiélago las Islas se denominan atendiendo a su tamaño o por su situación geográfica, pero nunca según el orden alfabético de sus nombres- y al sentido común, acabarán con esas tres falacias. El "gran" tiene que caer porque pesa demasiado para que lo soporte una islita como Canaria; una isla que sólo destaca por la agilidad de los dedos de algunos para sacar las carteras de los bolsillos ajenos. Y no lo decimos sólo por un godo pestilente, que ha amasado una pequeña fortuna con la extorsión a políticos y empresarios. Políticos y empresarios cobardes, conviene precisarlo, que no han sido capaces de enfrentarse a un sinvergüenza. Que no se equivoque el sujeto en cuestión, porque en esta Casa no le tenemos ningún miedo; ni a él, ni a nadie.
Por lo demás, sería un premio para nosotros que prosperase cierto proyecto de moción. ¿Puede haber un orgullo mayor que ser denostados por defender a Tenerife y a Canarias? Sabemos que no agradan nuestras ideas. Quienes siempre han vivido con las prebendas que les echa la Metrópoli, temen que llegue la libertad y se les acabe el chollo. No es nuestro caso, pues no nos conformamos con vivir en una jaula a la espera de que nos llenen el comedero de alpiste y, de vez en cuando, nos pongan una lechuguita para que picoteemos. Pero allá los bellacos de la tercera isla y sus angustias. Lo repetimos: es a ellos a quienes reprobamos, no al pueblo de Las Palmas. Son esos vividores e inútiles por naturaleza los que, además de engañar a sus conciudadanos, se consideran galácticos, universales, figuras singulares del mundo mundial; los que piensan que todo el planeta está pendiente de ellos, aunque nadie les hace caso porque son ridículos. En definitiva, como decimos, están enloquecidos porque saben que cuando llegue la soberanía, que llegará de forma irremediable, perderán el trato de favor. Y eso no lo podrá remediar una cuadrilla de periodistas impúdicos, vergüenza de esta profesión, convencidos -qué ilusos- de que pueden acallar a EL DÍA y a José Rodríguez.
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