NO SE MOLESTE, es solamente una opinión de alguien que se ha parado a observar el paisaje humano desde la terraza de una céntrica cafetería, a constatar cómo andamos de "buenas maneras" los canarios. La conclusión no deja lugar a dudas: estamos descuidando el aseo personal, hacemos excesivo ruido y vamos vestidos de cualquier manera. Puede, como atenuante, que todo sea producto de los rigores del estío, justificando así las chanclas, las bermudas y las sudaderas.
Somos una comunidad estridente. Ponemos la música ambiente excesivamente alta y la que se pincha en los coches más alta aún; el sonido del televisor que mana de balcones y ventanas llega a hacer temblar hasta los cimientos y, ante tanta contaminación acústica, lo que queda es ser ordinario, dar gritos como única forma posible de comunicarnos. Campamos a nuestro aire creyendo que la ciudad es nuestra, olvidándonos del concepto de la libertad individual, y que a nadie se le ocurra, por ejemplo, intentar hacer valer su derecho al descanso, sobre todo si no queremos que nos arañen el coche, nos orinen en la puerta o nos amenacen con darnos un par de tortas a la primera de cambio.
Hay gente que toma las plazas y calles como si estuviese en una playa, donde todo se justifica muchísimo más. Ejemplo de ello son las chanclas en los hombres, los cuerpos desparramados y sudando la gota gorda; los pantalones cortos y las camisetas, pues la gente, en el asfalto urbanita, con tal de ir fresquita renuncia a cualquier consideración. Hay que guardar las formas y no ir medio desnudo por el mero hecho de estar en verano, el salir de compras o a la consulta de la Seguridad Social enseñando todo: los tatuajes, los ombligos, los piercings y el pelo del sobaco. A esto se suma, muchas veces, la ropa sucia, la que huele a cigarro y a sudor añejo. En estos casos se puede afirmar que la vulgaridad no tiene límite, ya que estas personas que van en verano casi en pelotas, son las mismas que en invierno no se quitan el chándal.
España huele. Es incomprensible el mal uso que se hace de los desodorantes, problema que se agrava con las altas temperaturas. Esto es una falta de respeto hacia la pituitaria de aquellos que nos duchamos a diario, los más, afortunadamente. Algunos necesitan incluso más de una ducha al día y no lo comprenden, por eso antes de que se acerquen, percibimos su olor en la distancia. La solución: regalarles jabones, perfumes, colonias o que les contemos que en verano nos damos dos o tres duchas diarias, a ver si se dan por aludidos. Aunque pensándolo bien, hay otras afrentas a la nariz ajena, ya que otro de los pecados de la temporada es el perfumarse demasiado.
Una fragancia no es un desodorante y no hay que utilizar aromas de invierno en verano. Para evitar a toda costa el tufo, se sugiere el uso de los cítricos, florales, colonias frescas y ligeras, mientras que para el invierno podemos jugar con los amaderados y ambarinos, con los que llevan notas de chimenea encendida o de popurrí. Se trata de no agredir con una estela olorosa a los demás, impidiendo la normal convivencia.
La cosa está complicada, no es fácil quitar los malos hábitos adquiridos, trasladar la importancia del sentido común, la búsqueda del equilibrio, la discreción y el respeto en las costumbres higiénicas, modas y palabra, pues casi todos creemos que estamos en posesión de la verdad y ese, al fin y al cabo, es el gran error. Hace falta, de vez en cuando, sentarse a observar de una forma natural, relajada, y reconocer que hay que gritar menos, taparse un poco, peinarse, lavarse y respetar la nariz y la vista ajenas.
Una persona elegante no es la que se viste a la última por emulación, sino por criterio, sin perder el halo de respetabilidad enseñando en el lugar inadecuado unas piernas blancas, indefensas y mustias, como de pollo desplumado. Nadie culto y de exquisito gusto se pone pantalones cortos lejos de una playa, evitando así hacer el mismo ridículo que hiciera el avaro Pantaleone en la "Comedia del arte", o como el vecino del quinto, el que se pasea con riñonera y sandalias como las que calzaba San Juan Bautista al cruzar el río Jordán. Si conoce a alguien que anda de esta guisa, ya lo sabe, no salga con él.
* Titulada superior universitaria en Relaciones
Institucionales y Protocolo
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD