H. GONAR, Guía de Isora
La tapicería Megolla es el particular mentidero que se localiza en pleno casco antiguo de Guía de Isora. Ahí le amenizan el trabajo a Toño mayores, y no tanto, que recuerdan anécdotas del ayer y hasta se atreven a sentar cátedra desde esta tribuna a la que se conoce como La Moncloa.
Entre los tertulianos de lujo de este "palacio" se encuentra Paulino Hernández Delgado, quien, junto a su pariente Francisco Hernández, son una enciclopedia viva de Guía. Nacido en el barrio isorano de Chirche cinco días antes de que comenzara la Guerra Civil (18 de julio de 1936), heredó junto a su hermano Miguel (1934) el arte del cabuquero, término que define a quien coloca dinamita para perforar las montañas y formar galerías en busca de agua.
Paulino Hernández prefiere que lo llamen artillero más que cabuquero. "Ése es el verdadero nombre. Además, era más difícil obtener el carné para manipular dinamita que lograr el de conducir. En este último te hacían unas veinte o treinta preguntas que tenías que marcar con una cruz, mientras que el examen de artillero incluía preguntas hasta de electricidad".
Este vecino de Guía de Isora será uno de cuantos cabuqueros serán homenajeados en la gala de elección de la reina de las fiestas patronales que se celebrará el próximo viernes, pues el ayuntamiento, siguiendo con la costumbre adquirida años atrás, rendirá homenaje a este sector de la sociedad, como ya lo hiciera a los agricultores.
Herencia paterna
"Con sólo cinco años ya sabía lo que era emboquillar. Póngalo así. Eso significa que se abría un hueco en la montaña donde se quería abrir la galería para colocar el cartucho de dinamita", explica Paulino. "Fue en 1941 cuando veía cómo lo hacía mi padre, Antonio Hernández Hernández. Yo iba con mi madre a llevarle la comida (...). Entonces no era como ahora. Se utilizaba un mixto fulminante con mercurio de plomo, lo que ahora viene a ser un detonador", explica. Entre otras galerías, el progenitor de Paulino trabajó en la de Los Abejones, en Arico, allá por el año 1942. "Por aquella época la carretera a Las Cañadas llegaba sólo hasta el Llano Ucanca. Se terminaba donde estaban Los Azulejos".
Este isorano capaz de taladrar la piedra como quien borda un mantel tiene un verbo rico. Su discurso está salpicado de los más variopintos recuerdos y anécdotas. Así, tan pronto muestra su temor por lo que el futuro incierto le habrá deparado estos días a los cinco primos que tiene en Cuba, como pone un ejemplo gráfico y animal de lo que es "emboquillar" para que lo entiendan los neófitos.
Con orgullo, y hasta casi con veneración, Paulino destaca las virtudes de su padre. "Él era artesano y herrero. También hacía cachimbas. Comenzó a trabajar de cabuquero en la galería de Araca, en Güímar, una obra que dirigía el ingeniero inglés de minas Míster Villa. Mi padre sirvió en La Orotava en 1935 y, un año después de haberse licenciado, lo llamaron para incorporarse a la guerra. Él fue de barbero y estuvo dos años y medio", explica Paulino.
Hijo "por parte de padre de Antonio Hernández y de Elisa Delgado, por parte de madre", Paulino cuenta con orgullo que "desde 1945 -cuando tenía 9 años- hasta 1993 he estado ganando salario".
Este artillero isorano dice que se inició en este arte de la mano de su padre. "Él hizo de todo, menos cuidar cabras, que era a lo que se dedicaba mi abuelo", añade Paulino, quien no quiere pasar por alto que en las galerías se ganaba más de artillero que de maquinista. "Él emboquillaba y descargaba el barreno, hasta que se enfermó".
Paulino sigue la conversación como si él fuera la prolongación de la vida de su padre. Sin incidir en la muerte de su progenitor, directamente añade que él se inició en el mundo de las galerías sacando arena, si bien antes pasó por la agricultura para abrir zanjas y retirar piedras para preparar los canteros. De la misma forma que él vincula a su padre a la galería de Mañoca, "que es como se llama, y no Luz de Guía, como se refiere a ella la sociedad que la regenta", la vida de Paulino se sucede de forma paralela a la excavación de la galería de Junco. "Era propiedad del antiguo médico Ángel Capote y del señor Zamorano. Coincidió con la época en que fue alcalde de Guía Antonio Afonso, más conocido por el Gallo". "Ellos me dijeron que seguirían con la explotación de la galería mientras nosotros estuviéramos. Y así fue. Se marcharon cuando me marché después de estar allí casi 17 años. Luego abrimos otra galería en Bermejo. Allí permanecimos 20 años", comenta Paulino en presencia de su pariente Francisco Hernández, quien estuvo casi treinta años como compañero de fatigas hasta la jubilación.
Rápidamente, este "artillero del basalto" se adentra en los tecnicismos de su profesión. "Antes las galerías se abrían con pistolete y a base de mandarria. Uno aguantaba el pistolete y el que le daba tenía que tener pulso y puntería para abrir la boquilla donde se colocaría la dinamita. Luego llegó el taladro, que tenía que estar preparado a tiempla para poder perforar. Luego llegaron los barrenos y los detonadores. Si hay cosa que pasa en el mundo es por un fallo del hombre", mantiene Paulino desde la cultura adquirida en la universidad de la calle.
"En mi vida he disparado 100.000 kilos de dinamita, una cantidad que se dispara en Los Campitos y hace desaparecer toda Santa Cruz. Equivale a dos megatones. Serán 4.000 cajas de dinamita", insiste en explicar.
En su trayectoria, Paulino prefiere recordar lo positivo y obviar un triste episodio que se saldó con tres muertes. "Pero de eso nada, no quiero entrar". Este cabuquero destaca la importancia de los ingenieros de minas. "Son los técnicos y ellos son los que marcan. Muchas discusiones tuve con Telesforo Bravo, cuando uno mantenía diferente criterio sobre a qué distancia estaba destapado el barril. Para abrir una galería son necesarios 18 cartuchos y el que diga lo contrario miente. Lo primero es abrir el archete, que es la parte alta. La galería más segura es en la que el agua viene del techo, pero es la más difícil para trabajar", destaca.
Para Paulino Hernández no pasa desapercibida la esperanza de "vida" de una galería. "La Trinidad creo que fue una de las primeras que se abrió, hará ya unos 140 años, y luego la del Sauce, que coincidió con el regreso de Venezuela de José Dorta Mesa".
Otras facetas
Este cabuquero dejó atrás su tierra natal para trabajar en 1970 y 1971 en Holanda, en una empresa de textil. "Tenía a mi cargo más de treinta máquinas. Yo siempre he dicho que las instalaciones eran más grande que el pueblo de Guía de Isora. Aquella empresa era pública y pagaba poco. Yo cobraba 15.000 pesetas como cabuquero y allí me daba 1.200 florines que, tras enviarlo para acá, eran unas 11.000 pesetas. Por eso siempre he dicho que hay que leer la letra pequeña del contrato", añadió.
Paulino cerró su etapa en Holanda de la mano del catalán Silva que trabajaba para otra empresa de textil, en este caso privada, que contrataba a quienes se sentían defraudados por la otra. Ya en 1971 volvió a su Guía natal.
"Pero además de cabuquero también soy tocador de timple. Durante 23 años y hasta el 2000 me recorrí todos los hoteles del Sur. Todos menos el Bahía del Duque, porque quería que entráramos por donde los camiones. He hecho 500 ruedas de bicicletas al día e hilo para coser". Cabuquero, artesano y padre de cinco hijos.
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