La Palma
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Una Isla llena de leyendas

El territorio insular está repleto de historias que caminan entre lo probable y lo imposible, relatos siempre atrayentes y poco aprovechados. Turismo publicó hace ya años una guía sobre ocho "cuentos" que entremezclan amores y sufrimientos.
14/sep/08 07:22
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V.M., S/C de La Palma

Quizás sean historias alteradas con el paso del tiempo; tal vez sólo hayan anidado en la imaginación de unos pocos e incluso puede ser cierto que simplemente sean cuentos absurdos escritos para alimentar en ciertas épocas de la historia la tensión agradable que convive cerca del miedo. Las leyendas son parte del pasado, real o imaginario, de La Palma, relatos que pasan de generaciones a generaciones sin perder ni un ápice de su indudable atracción.

Una pequeña guía, publicada en 2001 por el Patronato de Turismo del Cabildo insular, aglutina las ocho leyendas más conocidas de La Palma, con textos de la incansable investigadora María Victoria Hernández. EL DÍA se apoya hoy en aquella publicación para recorrer, de forma más reducida, historias en las que el amor, el sufrimiento y las alegrías se entremezclan para dar vida a relatos que se extienden por toda la geografía insular.

La luz de El Time.- La leyenda cuenta que una madre desesperada andaba por el camino de Amagar, que unía Tijarafe con Los Llanos de Aridane, pasando por el santuario de las Angustias, en busca de salud para su pequeño hijo, que estaba muy enfermo. Al llegar a la cima y cuando comenzó a bajar por el desfiladero hacia el valle, el viento y la lluvia le apagaron el único farol que traía. Se encontró de bruces con un madero de pino de tea que daba forma a una cruz y, soltando al niño, la arrancó, la despedazó e hizo una antorcha, produciéndose la más brillante e inimaginable luz para un caminante. Continuó bajando por el sendero, sosteniendo con ternura entre los brazos y el pecho, prodigándole miles de caricias y mimos, a su niño. Entre sollozos, la mujer repetía en voz baja el lamento "¡mi niño!, ¡mi niño!...". Aquel bebé sanó, y noches más tarde la madre cogió una nueva y pesada cruz y salió de su casa a cumplir su secreta promesa. Caminó por la misma vereda y donde había arrancado la cruz colocó la nueva y comenzó a bajar por el penoso y pendiente camino hasta ver delante de ella una luz en forma de cruz que la deslumbró y la hizo postrarse de rodillas. Retumbó el eco de sus llantos y súplicas clamando perdón y, en ese mismo momento, escuchó una dulce, próxima y tierna voz, que le dijo: "Mujer, conozco tu pena y tu pecado; tu hijo llora tu ausencia, vete con él. Tu promesa está cumplida". Desde esos tiempos lejanos cuentan que comenzó a verse en las laderas de Amagar un fulgor que llamaron "la luz de El Time", errante y a la espera de servir de guía a caminantes. Nadie recuerda ni el año ni el nombre de la desesperada madre, pero hoy su cruz sigue rematando la cima de aquel penoso camino.

El alma de Tacande.- Esta leyenda tiene fecha. Se sitúa el 30 de enero de 1628, en una pequeña casa de El Paso, allí donde cuentan que un alma en pena quedó atrapada entre sus paredes. Se presentaba en esta vivienda para arrullar a un niño, y la cuna, aseguran, se movía sola. Se escuchaban dulces cantos y voces, y los desconsolados lloros de un niño recién nacido. Otras noches se escuchaban tambores y castañuelas. Un día el alma habló, todo según la leyenda, y dijo ser "Ana González", descubriéndose en aquel momento que era familia de los moradores de aquella casa. Había muerto de parto, dejando a un recién nacido, al que le pusieron el nombre de Salvador. Ella pidió que lo trajeran y le dijo en voz alta: "Hijo, pedazo de mi corazón, chiquito y por criar". Le suplicaron calmarse y, con ello, sosegó su llanto.

Salto del enamorado. Fue en La Galga, en Puntallana. Un pastor se enamoró de una bella mujer, hasta el punto de sufrir una atracción irresistible. La joven, cansada de las pretensiones del pastor, le puso a prueba. Debía acercarse al precipicio y apoyado en una lanza, dar tres vueltas en semicírculo con su cuerpo desprendido en el vacío. Si lo lograba, tendría su amor. El joven logró dar dos vueltas, la primera "¡En el nombre de Dios!", y la segunda "En el nombre de la Virgen!", pero a la tercera, "En el nombre de mi dama!", cayó por el barranco. En la actualidad, existe una escultura que recuerda la leyenda.

Los dragos gemelos. La historia se sitúa en el barrio de San Isidro, en Breña Alta. Una joven mujer de dulce mirada logró enamorar a dos hermanos gemelos, una pasión que ella se encargó de fomentar. Un día llegó el momento de dirimir en batalla cuál de los dos sería el que poseyera a la bella mujer. Se cuenta que fue una lucha dura y cruel y la fatalidad quiso que no hubiera vencedor, muriendo ambos por el amor a una mujer, aquella que luego juró que jamás sería de nadie, sino del recuerdo de dos hermanos. Se trasladó por las agrestes laderas de la cumbre recubierta de hojas y arbustos en busca de dos gajos de dragos, que plantó en el mismo lugar del triste destino. Al tiempo, los árboles fueron creciendo entrelazado fuertemente sus ramas. Hoy no se sabe cuál es uno y cuál es el otro, ya que permanecen abrazados en la larga longevidad de esta especie, como si quisieran ser símbolo de un destino común.

La pared de Roberto.- Roque de Los Muchachos. Arriba, a 2.426 metros de altitud, la leyenda dice que el diablo, celoso de la felicidad del alma y el cuerpo, construyó en una sola noche una pared que incomunicaba el antiguo camino que unía Santa Cruz de La Palma y la Villa de Garafía. Aquel murallón acabó con la aventura amorosa de un joven de Tagaragre y una joven de Aceró, aunque el hombre, un día, intentó atravesarlo, lo que logró transformado en una bola de fuego que rodó hasta el abismo. La mujer que provocó la intrépida acción del joven amaneció muerta, y los pastores la enterraron en el Roque, donde sobre su tumba brotaron pensamientos de la cumbre o Viola Palmensis, planta que, según la leyenda, copió el color azul de los ojos de la joven. La pared de esta historia, que se denomina Roberto porque era el nombre que se le daba al diablo, puede verse hoy partida en dos mitades.

María Liberata de Guisla. Fue una mujer déspota, malhumorada, gruñona y demasiado exigente. Es la historia de María Liberata de Guisla, enterrada en la cripta de la capilla de la Victoria de la iglesia de San Andrés, en el municipio de San Andrés y Sauces, en un espacio de poco más de 10 metros cuadrados. Cuentan que unos días después de fallecer, el sacristán escuchó voces y golpes que no sabía de dónde procedían y que pedían auxilio. No dijo nada. Años después, al utilizar la cripta para otro enterramiento, encontraron a Liberata fuera de su tumba y con un ladrillo en la mano.

En 1986 esta leyenda toma cuerpo de veracidad. Un equipo de arqueólogos hicieron una excavación y después de estudiar detenidamente los restos humanos hallados, manifestaron que este relato tiene "visos" de realidad, ya que el cuerpo de María Liberata apareció en posición secundaria que no le correspondía por su cuna o posición.

Todavía hoy sobrecoge a mucha gente del lugar la posibilidad de que aquella mujer fuera enterrada viva.

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