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Los calores, el frío y mi truco...

14/sep/08 07:21
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LOS CALORES de agosto ya terminaron, y con ellos el mes vacacional por excelencia pone punto final a su reinado. Aunque el verano oficial aún no ha acabado, éste está dando ya sus últimos coletazos, al menos por aquí arriba; ahora mismo se lo cuento. Nada más aterrizar el avión en la ciudad del "Atomium" -monumento más emblemático de los belgas, diseñado y construido por el ingeniero civil André Waterkeyn para la exposición universal de 1958 celebrada en la capital bruselense-, y después de haber esperado "lo que no se imaginan" para recoger mis maletas, salí al exterior del aeropuerto internacional de Zaventem, en Bruselas, para coger un poco de aire y descubrí que el cielo había cambiado su bonito color veraniego de finales de julio por un tono gris plomizo que deprimía a cualquiera. Me fijé en las nubes, que, en grupos numerosos, hacían su "catwalk" o desfile particular en las alturas y me di cuenta de que se estaban atrincherando para, cuando menos te lo esperases, soltar su chaparrón preferido y obligarte con ello a darle vida al paraguas. Aquel panorama a la salida del aeródromo había logrado acentuar el síndrome postvacacional en la gran mayoría -por no decir todos- de los viajeros que regresábamos de las vacaciones con el sol a flor de piel y la porción lumínica diaria del astro rey grabada todavía en la retina de nuestros ojos.

Como por inercia y mientras me ponía la rebeca, observé las caras de los otros pasajeros que, como yo, volvían de los países del sol. La expresión era la misma en todos ellos, algo así como un ¡se acabó lo bueno! silencioso o un ¡ños! traducido a otros idiomas, el cual se podía leer fácilmente en sus labios. A mí se me pasó por la cabeza en esos momentos entrar otra vez al aeropuerto, comprar un ticket de esos de última hora y regresar a mi país canario, pero los deberes, una vez más, le hicieron ver la realidad al corazón. La fría brisa y la ausencia total de sol, en aquel momento y lugar, me llenaron de añoranza por mi tierra; entonces me acordé de un dicho que dice: "A mal tiempo buena cara". No me quedó más remedio que aplicarme el cuento y lanzar una sonrisa al aire de esas que están hoy tan de moda.

Irremediablemente, por estas tierras europeas -al contrario que en nuestras islas-, las estaciones del año se hacen sentir de forma exagerada: la primavera llega florida; el verano, si hay suerte, vestido de playa; el otoño, dejando caer sus hojas secas muertas de frío; y el invierno, a caballo con su manto helado.

Me negaba absolutamente a volver al frío. Entonces recurrí a uno de los trucos que suelo utilizar en estos casos. Cerré los ojos e imaginé el sol brillando sobre un Atlántico en calma; imaginé un cielo azul, rocas, palmeras, montañas; dibuje el Teide gigante sobre un mar de nubes blancas, custodiando su tesoro, siete perlas de flor y lava. Ya mi lienzo imaginario estaba casi al completo cuando surgió una folía y alegró mi pensamiento, el cual dedico a mi tierra de la que ahora estoy lejos.

victoriadorta@live.be

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