Criterios
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ÁNGEL RIPOLLÉS BAUTISTA

En la Comunidad Europea

14/sep/08 07:21
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LLEVAMOS más de veinte años desde nuestra incorporación a las Comunidades Europeas. Un hecho de tal magnitud nos obliga a todos, de una parte, a reconsiderar muchos de los planteamientos que hasta ahora teníamos por inamovibles, y, de otro lado, al ineludible reciclaje de muchas de nuestras actitudes profesionales.

De todo ello, la primera conclusión a que es preciso llegar se refiere a la profundización de nuestra formación profesional. Si, de siempre, el estudio es inseparable de nuestro diario quehacer, ahora se nos demanda una específica consagración a las nuevas exigencias.

No es el momento de ahondar en la famosa dicotomía "abogado generalista/abogado especialista", aunque no se nos escapa que la abogacía del siglo XXI se ejercitará a través de canales de la más alta y rigurosa especialización.

En la dinámica de la tarea profesional es insoslayable una autoevaluación permanente, en la que nunca es admisible lo acomodaticio y lo rutinario. Recordemos al respecto lo que decía Paillet: "Dad a un hombre todas las dotes del espíritu, haced que todo lo haya visto, todo lo haya aprendido y retenido todo; que sea un literato, un crítico, un moralista; que tenga la experiencia de un anciano y la infalible memoria de un niño y, tal vez con esto, formaréis un abogado completo".

Por otra parte, la abogacía -como he tenido ocasión de repetir más de una vez- no es un problema de conocer Derecho puro, ni de ejercitar Derecho práctico. La abogacía es, sencillamente, Derecho vivo.

¿Por qué esta reflexión aquí y ahora? Porque no es casual el crecido número -el más alto de la historia del Colegio- de licenciados que hoy se incorporan al quehacer profesional.

Efectivamente, el temor a la exigencia de la pasantía obligatoria -consagrada en la legislación comunitaria- es, en alguna medida, la causa de tal elevado número de jurandos.

Pero he de apresurarme a decir -permitidme esta breve exhortación- que lo realmente importante no puede ser nunca una formal exigencia como la pasantía. Lo trascendente es que todos tengamos la íntima convicción de que el único imperativo exigible para vencer los obstáculos es el del estudio indesmayable de la doctrina adquirida en las aulas universitarias, la búsqueda incesante de los luminosos repertorios jurisprudenciales, el recurso a los ficheros del bufete donde, de manera voluntaria, estamos velando nuestras armas augurales.

Digo que tenemos que seguir andando, porque, como decía Cervantes, "el camino es mejor que la posada".

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