SE HA ABIERTO camino, en estos últimos días, la tesis de que el proyecto del Gobierno de ampliar la legislación abortista no es una cortina de humo, aunque también tenga esta función, sino que forma parte del proyecto ideológico de José Luis Rodríguez Zapatero, sólidamente instalado en la cultura de la muerte desde que llegó al poder. Elucidar si esta actitud del presidente del Gobierno es fruto de convicciones fundadas en algo o si es solamente el resultado de una ignorancia oceánica y de la ausencia completa de convicciones, parece cosa más propia de adivinos del pensamiento; para el observador político no sirve un análisis de lo que Rodríguez diga (puesto que ya consta que ha practicado la mentira al servicio de sus intereses), sino de lo que haga. Y dado lo que hace, en el fondo da lo mismo una posibilidad como la otra.
Tomaduras de pelo
Pero la vida sigue, y la crisis económica, por desgracia, da la razón a los pronósticos más pesimistas: las suspensiones de pagos se multiplican, los expedientes de regulación de empleo también, el paro aumenta, la previsión de que España entre en recesión en este mismo año ya forma parte de la agenda comunitaria. Ya nadie se cree el discurso de que estamos mejor preparados que nuestros socios europeos para afrontar las dificultades, toda vez que ni siquiera se han abonado las cantidades que el Estado adeuda a los contribuyentes, cuyas declaraciones del IRPF salieron a devolver.
A pesar de todas estas evidencias, el presidente del Gobierno persiste, contumaz, en asegurar que no se rebajarán ni un céntimo las ayudas y subvenciones a fondo perdido que él llama "prestaciones sociales", como las destinadas a los parados, los jubilados o los dependientes. En cuanto a estos últimos, por cierto, las previsiones de financiación de la Ley de Dependencia, que han de aplicar las Comunidades autónomas, ya se han reducido a la mitad; pero eso no arredra al presidente del Gobierno, que se mantiene en el mismo discurso, como los boxeadores sonados que insisten en dar puñetazos al aire sin ton ni son.
Fue el propio Rodríguez Zapatero quien quiso comparecer esta semana en el Congreso, en una sesión monográfica dedicada a la crisis económica. Esa sesión fue un extraño espectáculo, en el que repitió el mismo discurso de siempre, pero rematado con esta originalidad: anunció a sus señorías que no esperasen medidas concretas, porque no están las cosas para improvisar. A veces dan ganas de preguntarse si el presidente del Gobierno hace estas cosas deliberadamente, con el solo objeto de tomarnos el pelo.
Por su parte, el vicepresidente económico, Pedro Solbes, ha actuado conforme al nombre del cargo que ostenta, y se ha comportado como si fuera el presidente: sólo tres horas después de haber declarado por la radio que la crisis puede tener el efecto de "limpiar" la economía, le fueron afeadas estas palabras por el portavoz del Partido Popular Cristóbal Montoro. La respuesta de Solbes fue que no reconocía estas palabras como dichas por él. Naturalmente, los medios de comunicación no han tenido más que yuxtaponer sus dos declaraciones, las de la radio y las del Congreso, para poner en evidencia esta otra tomadura de pelo.
Explicar la actitud de Pedro Solbes resulta también un ejercicio más psicológico que político. ¿Exceso de presión por la impotencia derivada de formar parte de un Gobierno al pairo, sin ideas ni proyectos, que reconoce que no sabe lo que tiene que hacer? ¿Reacción "pasota" ante el enésimo engaño del presidente, que destituyó a Miguel Sebastián como director de la oficina económica de la Presidencia, sí, pero para incorporarlo al Gobierno como ministro de Industria, y que no cesa de hacer declaraciones de política económica general? La tendencia de Solbes ha sido siempre inclinarse a hacer declaraciones más como si fuese un mero observador que como un político con responsabilidades de gobernar. Pero esto sobrepasa todo lo que había venido haciendo hasta ahora, y produce la impresión de que todo le importa un comino.
La "anticrispación"
A todo esto, ¿qué hace el principal partido de la oposición? Salvo algunos destellos verbales, como el ya mencionado de Montoro o algunos choques dialécticos entre la vicepresidente Fernández de la Vega y la número dos del PP, Sáenz de Santamaría, el tono del presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, es suave en las formas, y en los contenidos no se aparta de las generales de la ley en materia económica, y procura escurrir el bulto todo lo que puede en relación con el proyecto político de Rodríguez de cambiar de arriba abajo el modelo de sociedad, especialmente en lo que concierne al respeto a la dignidad y el valor de la vida humana, en concreto la de los más inocentes, indefensos y desprotegidos.
Parece claro que la actitud de Rajoy responde a un propósito consciente de mantener las formas y no romper los puentes para posibles acuerdos con los socialistas en algunas cuestiones, como las autonómicas o las referidas al terrorismo. La clientela del PP se muestra nerviosa y decepcionada, pero más por las formas (muchos quieren "leña") que por los contenidos en cosas tan básicas como el aborto, la eutanasia o el sacrificio de embriones, que están en la misma base de la convivencia.
Posdata
Por fin, esta semana se ha desbloqueado la renovación del Consejo General del Poder Judicial. El resultado ha sido el previsto: un obsceno reparto de cuotas políticas en su composición, con dos vocales de extracción nacionalista vasca y catalana, que tendrán la capacidad de romper posibles empates. Está claro que ni socialistas ni populares tienen el menor interés en ajustarse al espíritu de la Constitución. Montesquieu sigue enterrado desde aquella nefasta Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985. Felipe González pasará a la posteridad como su sepulturero.
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