EN CIERTA ocasión escuché una entrevista que le hicieron al actor tinerfeño José Manuel Cervino en la que decía con contundencia que el cine, como industria, no iba a morir, pero que las salas de exhibición estaban condenadas a su desaparición. Quizás en ese momento me pareció descabellada su afirmación, incluso si me apuran hasta antipática. Pero el tiempo, que todo lo confirma o lo desmiente, le ha ido dando la razón.
Por esas casualidades de la vida, yo, que era un cinéfilo empedernido, fui testigo de las últimas sesiones del toscalero Royal Victoria y el lagunero Aguere, antes de ser reconvertido en sala múltiple, aunque ahora creo que lleva un tiempo cerrado también. En el caso del cine local, entré en la última sesión de las 22:30 sin saber que al día siguiente no volvería a proyectar ningún fotograma; en cuanto al lagunero, sí fui advertido por el portero y encargado, antiguo cambullonero ex asiduo a la zona de intercambio de la vieja calle de La Curva o Candelaria chicharrera, de que había asistido al último pase antes del cierre al día siguiente.
Para uno, que tuvo por pared contigua la pantalla del cine Víctor desde su inauguración, no deja de ser paradójico que éste sea el único que como tal sobrevive en la capital, si bien, y siguen las casualidades, la otra sala más cercana, la del antiguo Price, situada en la calle de Salamanca cerca de donde estuvo mi penúltimo domicilio, es la que se mantiene ahora de forma habitual como sala múltiple; aunque creo recordar que su propietario, don Antonio, falleció hace unos años.
Repasando en mi memoria de antaño y empezando por la parte baja de la ciudad, recuerdo los nombres del Toscal, Royal Victoria, Teatro San Martín, Parque Recreativo, Moderno, Avenida y San Sebastián. Este último era el equivalente al madrileño cine Carretas, es decir, habitual de prostitutas y homosexuales. Luego, en la parte media de la ciudad, estaban el Rex, el Numancia, Cinema Victoria, Teatro Baudet, La Paz y el Víctor, además del citado Price. Al otro extremo de la urbe figuraba el Buenos Aires, en el barrio del mismo nombre, y ya en la Cruz del Señor, el Tenerife; sin olvidarnos del Delta y el Crespo, en el barrio de La Salud, y el Fraga, de Taco, y el Costa Sur; también otro en la barriada García Escámez. Me queda uno junto al puente de la Asunción que no consigo recordar su nombre, quizás porque fue el último construido e inaugurado como sala única. Tampoco puedo obviar el protagonismo que tuvieron los dos cines al aire libre que funcionaron como tales de forma periódica durante muchos años en los veranos. Uno en la prolongación de la calle de San Francisco Javier, el Ideal Cinema, cerca del parque municipal, en una antigua pista de patinaje, regentado por la familia Pisaca, y, cómo no, la Plaza de Toros, en pleno corazón de las chicharreras Ramblas y en la que disfrutamos tantos veranos de las archirrepetidas películas al grito unánime de "¡Claudio, apaga la vela!". Este último fue bastante rentable durante mucho tiempo, pero las continuas gamberradas de los que se sentaban en las localidades más económicas de la grada, arrojando toda clase de objetos y hasta escupiendo y orinando a los que se sentaban en sillas pegadas a la barrera, originaron, primero, el cierre de la primera hasta finalizar con el cerrojo definitivo al aforo del ruedo.
Perdida, pues, la magia de la sala única, por sus dimensiones y el ancho de la pantalla grande, ahora solamente conservada en el Víctor gracias a la tutela del Cabildo Insular, sólo quedan esas salas múltiples de los centros comerciales, con sonoridad y refrigeración excesivas, que no tienen ni por asomo el encanto y la complicidad de aquellas que conformaron el eje lúdico de muchas generaciones en las que me incluyo. Ya no volverán a verse aquellas colas multitudinarias ante la puerta y alrededor de los cines, especialmente en fines de semana y festivos, en donde no daba tiempo ni para ventilarse convenientemente entre una y otra sesión, y los espectadores tenían que salir al unísono por la puerta trasera, cuando la había, para no atropellarse con los que entraban en tropel para el siguiente pase. Tampoco se experimentará el descanso, el cigarrillo encendido de los fumadores y el refrigerio en el ambigú, palabra quizá excesiva para denominar a una cantina repleta mayormente de refrescos, helados, bocadillos y dulces; aunque los había en los que se servían también bebidas alcohólicas, y más de un borrachito empedernido se perdió la segunda parte de la película.
Cierto es que el cine, como industria, no ha muerto; pero los gustos del público han derivado en fórmulas caseras, como el del alquiler en un videoclub y los métodos gratuitos, como el bajar o copiar películas de Internet o de los amigos. El hecho de ver y escoger las películas a la carta supone un antídoto contra la pésima programación televisiva de las diferentes cadenas de ámbito nacional e incluso autonómicas.
Por cierto, sería aconsejable que don Guillermo García ordenara quitar el manido reportaje del guepardo de las cinco y media de la tarde persiguiendo a la misma gacela; o tal vez no lo pueda hacer porque, si se fijan bien, tras estas imágenes se esconde el mensaje subliminal de la pretendida hegemonía canariona sobre el resto del archipiélago. Ahí están, para ello, el cazador y la presa, y, ¡qué casualidad!, el felino de marras es rubio, como la cerveza, o amarillo, como quienes ustedes bien saben. Tonalidad preferida de los que se van de "belingo" a la romería del Pino, advocación aspirante al patronazgo general de las Islas. Fin.
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