UNA de las realidades tristes y dolorosas con las que nos enfrentamos a diario, tanto en España como en otros países, es la violencia, el maltrato a personas vulnerables como las mujeres, los niños, los enfermos, los discapacitados y los ancianos.
Lamentablemente, las estadísticas que reflejan los malos tratos en el ámbito del hogar se refieren casi siempre a que las mujeres son las víctimas propiciatorias, después los niños y, por último, los ancianos. Estos datos parecen no reflejar la realidad, ya que la mayor frecuencia en el maltrato recae sobre las personas mayores, en segundo lugar sobre los niños y en tercer lugar sobre las mujeres. Sin embargo, en la difusión por los medios públicos, la mal llamada violencia de género sobre las mujeres acapara la primicia difusora, tal vez sea por la mayor sensibilidad hacia las mujeres, a las que siempre se las ha considerado el "sexo débil" y los casos de violencia extrema, incluso la muerte, superan los de la ejercida sobre niños y ancianos.
En efecto. Las situaciones de violencia hacia los mayores son más invisibles socialmente que las de otros grupos de edad. Hay que tener en cuenta que la vida de un anciano se desarrolla, habitualmente, "de puertas para adentro", es decir, en el interior del espacio doméstico y con escasa repercusión exterior, por lo que las señales físicas y/o psíquicas de violencia se pueden solapar o, incluso, justificar, con lesiones que pueden producirse éstos accidentalmente por caídas, depresión senil, etc.
El maltrato a los ancianos presenta diversos aspectos que van desde el maltrato físico, golpes, zarandeos, sometimiento a la realización de tareas domésticas excesivas para sus fuerzas, no suministrarles la alimentación y las medicinas que requieren en esta etapa y en cada caso, etc., al psicológico, que es un tipo específico de maltrato humano desarrollado por una o varias personas sobre otras mediante acciones mentales, verbales, gestuales y físicas, encaminadas a lacerar y disminuir la autoestima, infundir miedo, restar autoridad y derechos, incapacitar y acrecentar la dependencia, elevar el sentimiento de soledad y desesperanza, reforzar el deseo de morir y un largo etcétera.
El maltrato a los ancianos es consecuencia de una deformación en nuestra cultura, que siente que lo viejo es inservible e inútil. Así, no es de extrañar que los viejos sean tenidos como un estorbo y como una carga que hay que llevar a cuestas, separándoles de la familia y enviándoles a otros lugares, como residencias de ancianos, si es que hay presupuesto para ello, o, en el peor de los casos, dejándoles solos en su casa, precisamente en un momento en que más requieren de apoyo y asistencia por parte de los hijos. Este es el tipo más frecuente de maltrato y, por extraño que pueda parecer, los agresores suelen pertenecer al entorno cercano de las víctimas. De hecho, en el 30% de los casos, el maltrato se produce por parte del cónyuge, hijos o nietos.
Como ha quedado dicho, el maltrato hacia los ancianos tiene escasa trascendencia porque la mayoría de ellos, con un alto grado de dependencia, no reconocen el maltrato, ya sea porque no conscientes de la agresión, por tener miedo al "estigma social" que afectaría a su familia, por temor a ser expulsados de la casa, también por el "síndrome de indefensión aprendida" o porque no desean empeorar la situación. Ahogan su dolor con amargura más o menos contenida.
Es preciso inculcar a los niños la idea de respeto hacia la figura del anciano y esta es una labor para los padres, maestros y educadores, ya que es la forma más eficaz de desterrar en el futuro de nuestras vidas el maltrato a personas mayores.
¡Desgraciado aquel que ose maltratar a un anciano! ¡Mejor debería darle vergüenza!
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