Que alguien me perdone, pero admiro hasta la idolatría a Jerónimo Saavedra. Saavedra es como Alfonso Guerra pero en versión culta. No es que Guerra, otro de mis grandes respetados dentro del PSOE, sea un patán. Nada de eso. Don Alfonso une a su cultura, que la tiene y mucha, el saber popular mezclado con el gracejo andaluz que deja fuera de juego al propio Montilla; personaje andaluz como él -no lo olvidemo- pero reconvertido al catalanismo. Qué se le va a hacer. En cualquier caso, el catalanismo está de moda. Acabo de enterarme de que Madrid es un pueblo pueblerino, mientras que Barcelona es la ciudad más europea no de toda España, sino de toda Europa. Estimado Andrés, recurriendo a una expresión que los dos conocemos bien en función de nuestros orígenes portuenses -portuenses, no ranilleros-, vete por ahí. Dicho sea con todo el aprecio y afecto que te profeso, aunque no seas Jerónimo Saavedra. Pero estábamos con el presidente de los socialistas canarios.
Asegura Jerónimo que su candidato a la secretaría general del PSC, es decir, su tapado, tiene más posibilidades de convertirse en presidente del Gobierno de Canarias que Juan Fernando López Aguilar. Ah, ¿es que López Aguilar tiene alguna posibilidad?, preguntaría un boludo macanudo con ese peculiar acento de los italianos que hablan español y se creen franceses. Me ha decepcionado un poco Saavedra. Lo confieso. Para llegar a una conclusión como esa no hace falta haber estudiado en la Universidad de Harvard. En realidad, no hace falta haber estudiado ni en la de Las Palmas. A alguien que ha sido profesor en La Laguna, en cambio, cabe suponerle un intelecto más agudo.
Una decepción, en cualquier caso, leve. Porque es de admirar, se mire como se mire, la valentía de Saavedra para nadar contracorriente. Cierto que él puede decir lo que le da la gana, cuando le da la gana y delante de quien le da la gana. Por ejemplo, que si el PSOE canario no se renueva, va a estar en la oposición hasta el año 2020. Pensé que la renovación ya se había hecho, y se apellidaba precisamente López Aguilar.
Alguien, como el actual alcalde de Las Palmas, que ha sido presidente de esta comunidad autónoma, sabe que resulta muy difícil gobernar en Canarias con los diputados de un solo partido. Algo que no puede comprender López Aguilar. Se lo impide su soberbia. Su afán de aplastar el nacionalismo canario como se aplasta a una cucaracha; con cierto asco. Y, de paso, barrer a esa infamia política llamada PP, amén de desterrar a Soria a una particular isla de Santa Elena de la que, como Napoleón, jamás pueda regresar. Demasiado para que sea posible. Por fortuna para Canarias, desde luego. No quiero imaginarme a estas islas en manos de un iluminado; de un exaltado que, incapaz de remediar un poco la situación de la Justicia en este país, acudía al Consejo de Ministros a quejarse de lo mal que estaba todo. Zapatero y los otros lo miraban perplejos. "Joder, tío: ¿no te nombré para que arreglaras eso". Pero el Terminator, dale que dale con sus cuitas. Al final no vieron la hora de quitárselo de encima. De hecho, hace tiempo que no lo quiere ni su padrino político. Saavedra es socialista, pero no bobo.
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