ANTES de entrar en el asunto de hoy, queremos enviarle un mensaje a un caballo de Troya canarión infiltrado en Tenerife, que se caracteriza por sus continuos insultos y amenazas contra José Rodríguez. Tal individuo, un godo hediondo -o jediondo- que odia a los tinerfeños y a los canarios, y que vive en gran parte del chantaje a políticos y empresarios que temen verse citados por su sucia pluma, acusa de "tiparraco", xenófobo y racista al editor de EL DÍA, por lo cual pide que sea encarcelado. Una vez más le recordamos a tan deleznable sujeto que la xenofobia y el racismo son delitos, y que acusar falsamente de un delito constituye, a su vez, un delito de calumnias. También queremos saludar a otro articulista ágrafo, en este caso canarión de pura cepa, que en su día protestaba rabiosamente porque Tenerife tiene dos aeropuertos. A los dos le decimos "hasta la vista". La oral, por supuesto. Porque como diría un chachi del Toscal, esto no se queda así; esto se hincha.
En cualquier caso, el godo pestilente sugiere que los editoriales de EL DÍA tienen poco calado en Tenerife. ¿Alguien conoce a un godo que no sea osado? Porque realmente hay que ser atrevido para afirmar, desde un diario minúsculo que apenas supera los 20.000 lectores, que no tiene influencia un periódico con más de 211.000 como es el caso de EL DÍA. Allá cada cual con sus fracasos y sus envidias. De momento no vamos a gastar más tiempo y espacio con los caracoleos de un chancho fracasado. Lo repetimos: hasta la vista.
Centrándonos en el tema que nos ocupa habitualmente, cual es que Canarias recupere su soberanía, nos hacemos eco del artículo publicado ayer por nuestro colaborador Infante Burgos, con el título "Derecho al pasado". Se lo dedicamos especialmente a José Luis Perestelo, en su doble faceta de palmero y diputado por CC en Madrid. En él relata el engaño del que se sirvió Alonso Fernández de Lugo para apresar a Atanausú, tras fracasar en el asalto a la fortaleza de Aceró. Reproducimos textualmente del artículo de Infante Burgos el siguiente párrafo, que define por sí mismo una de tantas injusticias que se cometieron con nuestros antepasados:
"En la primavera de 1493 Fernández de Lugo lo vuelve a intentar por el barranco de Ajerjo (o de las Angustias), de donde regresa nuevamente derrotado y con muchas bajas. En la intención de no abandonar la isla sin apaciguar a ese peligroso bando alzado, prepara una treta en mayo de 1493. Manda a un tal Juan de Palma, pariente de Atanausú ya cristianizado, para convencer a este de que saliera por El Paso para hacer un pacto de caballeros. Uno de sus seguidores le advirtió de que podía tratarse de una emboscada, pero el mencey siguió adelante porque no podía concebir que fuera un engaño. Entre los aborígenes, el faltar a la palabra dada o el mentir era la peor de las bajezas posibles y el respeto a la palabra era un signo de grandeza. Pero Fernández de Lugo, incansable y acostumbrado al engaño, sin escrúpulos, aunque temeroso de Dios, no hizo honor al compromiso. Atanausú con sus guayres (capitanes, consejeros o notables) fue reducido cuando entró en la tienda desarmado para parlamentar en el lugar conocido hoy como El Riachuelo, cerca de La Cumbrecita. Después cargó raudo y por sorpresa contra el resto de los benahoritas en armas, que esperaban a sus jefes, para evitar que pudieran replegarse de nuevo hacia la fortaleza de Aceró. Tanausú se dejó morir en el barco que lo llevaba a la Península, ya que no quiso comer en protesta por la sucia traición".
¿No le causa esto ningún sentimiento, señor Perestelo, que le impida seguir dedicado a la política pura?
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