HEMOS sido testigos del crecer, resplandecer y languidecer del Puerto de la Cruz. Hubiésemos preferido continuar presentes en la formidable expansión que experimentó la primera ciudad turística del Archipiélago allá por finales de la década de los cincuenta del siglo pasado, gracias a la eficacia de un grupo de personas capitaneado por Isidoro Luz Carpenter. Asistíamos a los primeros tiempos en que se presumía allí, con razón, del liderazgo en el Archipiélago con la reciente y estrenada actividad. Desde el viejo hotel Martiánez se escuchaban las obras apresuradas del inicio de lo que hoy es la avenida de Colón y que, días más tarde, inauguraba el recordado alcalde confiriendo al Puerto una insospechada y nueva fisonomía, que iba a albergar los nuevos hoteles, bares, restaurantes, cafeterías y salas de fiesta. La zona de ocio abarcaba desde la antigua piscina, al final o principio del Paseo de las Palmeras, hasta la ermita de San Telmo. Una obra diseñada por Luis Díaz de Losada que, con retoques discutibles hoy día, ha llegado hasta la controvertida actualidad que se vive en el Puerto. Aquí se iniciaron los orígenes de otra ciudad que iba a proporcionar mucho dinero y muchos puestos de trabajo y que diferentes políticos que llegaron después se han encargado de desvirtuar. Y en eso estamos.
Nuestros queridos amigos y compañeros Francisco Ayala y Andrés Chaves, en sus habituales columnas, comentaban, la pasada semana, con justificada razón, la situación del Puerto y las posibles soluciones que la remedien. Los dos, ¡qué casualidad!, se hacían eco de una iniciativa ideada por el equipo de Lola Padrón que convertiría al Puerto en refugio de homosexuales. Tenemos que decir, sin embargo, que, desde hace bastante tiempo, parte del sur de Gran Canaria se ha transformado en centro de operaciones de ilustres sarasas y, por tanto, nunca segundas partes serán buenas. Lo cierto es que cada vez hay menos turistas en el Norte tinerfeño y las instalaciones hoteleras necesitan de unos perentorios retoques. Coincidimos con los colegas, además, en que el pacto entre los socialistas portuenses y los "populares" no funciona y va transcurriendo un tiempo precioso que no hace otra cosa que dañar los intereses de los portuenses. Los políticos tienen la virtud de disfrazar la realidad, presentarla como novedad para luego olvidarla en la gaveta y, con el paso del tiempo, ofrecerla de nuevo al votante. Es lo que ha ocurrido con las declaraciones de la alcaldesa a nuestro periódico. Doña Dolores Padrón anunció, a bombo y platillo, algo que ya había hecho su antecesor, Marcos Brito, quien, como es natural, no tuvo tiempo de colocar ninguna primera piedra y todo quedó en nada. Desde estas columnas abogamos, hace años, por la indispensable escollera (sin ésta no hay playa), demolición de los bares denominados "gañanías", limpieza en la desembocadura del barranco y por la vuelta al recordado y supervisitado "Columbus", discoteca "Santa María" (de lo mejor que se ha hecho en Canarias), así como del "Cintra Pirata". Si algo había en el Puerto que funcionase a tope, además del hotel El Tope, del recordado Felipe Machado González de Chaves, era este pequeño pero bien ideado complejo que alguien, con la cabeza situada en algún lugar extraño, se encargó de liquidar. Los años han pasado y ahora van a demoler esas dos raras terrazas que sustituyeron a lo que ya funcionaba al cien por cien. Pero, en fin. Ya sabemos cómo se gestiona por estos lares.
La alcaldesa, en las citadas manifestaciones, no mencionó (debería haberlo hecho como buena socialista que es) la situación laboral en la que van a quedar los empleados de estos bares que ven, a través de los medios, cómo nadie se ocupa de ellos y sí, no obstante, de cómo adecentar el entorno. Solemos visitar aquel adefesio (sólo queda uno porque no hay clientes para los dos) en busca de un aperitivo aderezado con brisa marina fuerte y nos hemos encontrado, siempre, con una exquisita profesionalidad de las personas que hoy ven en peligro su puesto de trabajo y a quienes hemos comentado que el ayuntamiento del Puerto está ligado a la empresa Ródano por una concesión y que ésta, a su vez, tiene que respetar (es nuestra impresión) el destino de los trabajadores, situándolos en alguno de los muchos negocios que tiene repartidos por la ciudad. La administración local, en este caso, no puede desentenderse de un contrato concedido a un particular para que éste asegure un servicio. Sería lamentable que, decidido por fin el derribo de estas dos "obras de arte", no prestaran atención a las personas que han soportado, estoicamente, un ambiente que, al menos, ha sido incómodo e inseguro. Veremos si, por fin, doña Lola le mete mano al proyecto de la playa de Martiánez y no queda todo, de nuevo, en el olvido y desidia.
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