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Beatriz Reyes Ojeda

8/sep/08 07:21
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HASTA QUE SUCEDIÓ el terrible accidente de aviación en Barajas el pasado 20 de agosto, esta mujer hacía una vida normal con su familia, amigos y compañeros de trabajo, en Valleseco, su pueblo natal de la isla de Gran Canaria; pero la desgraciada catástrofe que se llevó por delante 154 vidas ha propagado su experiencia por todo el mundo a través de prensa, radio, televisión e internet.

Un suceso aéreo, aunque sea la caída de una simple avioneta, tiene una amplia difusión; si además Beatriz se hace un torniquete en la pierna y salva la vida de dos niños de 6 y 8 años, la trascendencia es impresionante, lo que no hubiera ocurrido en un incidente en alguna carretera del país, que pasaría mucho más desapercibido. La aviación está a otro nivel, porque tragedias de estas características siempre llevan consigo un número considerable de pérdidas humanas a lo que hay que añadir la desproporcionada y alarmante forma de difusión de los medios de comunicación.

Beatriz se ha revelado como una persona llena y sincera que ha demostrado tener un gran aplomo. Mi conclusión es que es una mujer extraordinaria, y no sólo por su noble acto, sino por su forma de expresarse, sin palabras de más, sin acusar a nadie y explicando, ante la nube de cámaras que esperaban a su salida del hospital, lo que ella sintió en aquellos pavorosos momentos, cómo se aferró a la vida, cómo creyó en un ángel de la guarda que estuvo a su lado. Transmitió la esperanza de que cualquier persona en su lugar hubiese hecho exactamente lo mismo, y expresó que un sabor agridulce recorría su cuerpo, porque ella llegaría a su casa por su propio pie, mientras otros lo harían en ataúdes. Sólo pensaba buscarle el lado positivo a la tragedia, en pasar página, en reencontrarse con los suyos e iniciar un proceso de adaptación, que será muy difícil y le llevará mucho tiempo, siempre y cuando los medios también se lo permitan.

En mi juventud, viajar en avión era una delicia, pero después de casarme y tener hijos se instaló en mí tal responsabilidad que montarme en uno de estos aparatos era un suplicio chino, con sudores fríos que me recorrían el cuerpo, cambio de color y cara de sufrimiento. En mis tiempos, el DC3 era quizás el avión más seguro que existía, y en él despegué y aterricé en los aeropuertos de nuestras islas, África Occidental, Guinea o Bata, además de Madrid y otras ciudades peninsulares. También volé en DC4 y DC6, y después en aquella enorme pava que era el superconstelación, hasta que llegó la era del jet. En los viajes un poco más largos aumentaba el temor, aunque cuando lo hacía junto a mi mujer sentía algo de tranquilidad y paz. En uno de mis frecuentes viajes a Madrid, paseando por la Carrera de San Jerónimo, compré un pequeño dominó de nácar, con el que jugábamos para que las dos horas y media de trayecto hasta Barajas fueran un poco más entretenidas.

Me ha impresionado muchísimo el valor de esta mujer, que al día siguiente de salir del hospital se subió a otro avión para regresar a su casa, y volver a hacer las idénticas declaraciones y contestar las mismas preguntas ante cámaras y periodistas. Ahora ella sólo quiere pasar página, poder ir a comprar sin que nadie la atosigue o importune, pero aunque no quiera ser una heroína, le dedico mi comentario de hoy porque me parece justo realzar la figura de una dama extraordinaria a la que deseo lo mejor del mundo.

¡Beatriz, un gran ser humano!

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