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MARÍA DEL PINO FUENTES DE ARMAS *

País de narices

8/sep/08 07:21
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POR MUCHO que nos empeñemos, para bien y para mal, los españoles no cambiamos. Vengan las crisis económicas que vengan, se sucedan desgracias como la de la reciente catástrofe aérea, descienda la cifra de muertos en carretera, suban las hipotecas, regresemos a la rutina laboral o estemos asfixiados con la compra del uniforme, material y libros de los vástagos, el españolito, o sea, nosotros, seguimos tocando la pandereta, arreglando la falda de la sevillana del televisor y cegándonos de pasión por un par de narices.

Es un mal que arrastramos desde Quevedo y que los cambios sociológicos y la maldita televisión no han logrado erradicar, muy al contrario, con tanto programa del "colorín colorado" nos enternecemos ante los orificios nasales de una plebeya que se hizo princesa. Páginas y páginas de las revistas del corazón, comentarios firmados por las grandes plumas del país en los principales diarios de tirada nacional, y horas de televisión para tratar esta cuestión, casi de Estado, nos permiten llegar a la conclusión de que son dos los agujeros que rematan su apéndice nasal. ¡Qué alivio!

A los que nos gusta la gente normal, espartana, con un toque de sobriedad, nos pone al pairo la historia. Tanto nos da que la princesa no respire bien los aires de Zarzuela, probablemente menos contaminados que los de un plató de televisión, como que en los mentideros se haya pasado de alabar su fotogenia a criticar su perfil de bruja Maruja. Es lo que tienen el ocio y el exceso de poder adquisitivo, que se opera uno por narices, por prescripción facultativa o por seguridad. A Letizia le es indiferente la que está cayendo, ya sean pedriscos o chuzos de punta, resulta que a lo mejor no es tan soberbia como parece, ni tan desafiante y altiva como se muestra, pues estar entre el pueblo llano y la realeza no debe de ser plato fácil de digerir para una chica de provincias. Malo, muy malo, será que le coja gusto a esto de mejorar la imagen y nos sorprenda próximamente con unos implantes mamarios o un alargamiento de extremidades.

Confieso que me produce simpatía y hasta un ápice de ternura su historia personal, que por encima de todo respeto la cabeza visible de nuestra Monarquía, sin que por ello me ciegue la pasión, pero hay que reconocer que en esta familia, como en la de cualquier hijo de vecino, hay rotos y zurcidos. La consorte del Príncipe de Asturias es inteligente, lo dicen todos, una mujer capaz de ayudar al futuro Rey de España a cumplir con su obligación de ser la cabeza visible del país. El problema está en los matices intermedios, en si sabrá ejercer su cometido con paciencia y respeto a los españolitos de a pie, con todos aquellos que compartimos con la Familia Real la historia, geografía y lengua -siempre que nos dejen-, de esta España cansada de los andares siniestros, corruptos y bobalicones, de tantos dirigentes y cabezas coronadas, cuyas vidas han dado para más de un capítulo bochornoso del devenir del país.

Como periodista, doña Letizia sabrá leer entre líneas y será, por tanto, consciente de las necesidades actuales de la nación: gente que arrime el hombro y no muñecas inseguras que se vistan de alta costura y paseen "amarraditas su amor". En estos tiempos se hace necesario poner en la batidora de la actualidad los siguientes ingredientes: honradez, vigor, energía sana, ánimo, mentes abiertas, esfuerzo, orgullo de ser de aquí, sencillez y mucho amor a España. Si la receta funciona es probable que le quede más de un telediario a la retocada nariz de la esposa del Príncipe.

* Titulada superior universitaria en Relaciones

Institucionales y Protocolo

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