HAY GENTE que odia las matemáticas -mucha gente- y bastantes personas que dudan de su eficacia o de la veracidad de sus teoremas. Todavía hay iluminados que de vez en cuando le remiten a algún catedrático en la materia largos ensayos sobre su descubrimiento personal de la cuadratura del círculo. Lo cual induce una duda inquietante: si todavía se cuestiona algo tan científicamente establecido como la irracionalidad del famoso número Pi, ¿qué será de otros asuntos más maleables como las opiniones de la sociología, de la historia y hasta de la medicina, incluida la física -y metafísica- del cambio climático? Prefiero no pensarlo. En cualquier caso, supongo que no hace falta matricularse en ninguna Facultad de Matemáticas para comprender que si en una habitación, inicialmente llena de gente, cada hora entran cuatro personas y salen cinco, llegará un momento en que no haya nadie entre esas cuatro paredes. Bien es verdad que algunos individuos tienen problemas para entender esto. Les puedo enseñar algunos mensajes que recibo vía correo-e dignos de figurar en una antología. Del disparate, claro.
El caso, y a eso voy, es que si en Canarias cada año se casan cuatro parejas y se divorcian cinco, llegará el momento en que no habrá nadie casado. ¿Cuándo? Pues depende del número de los que ahora estén matrimoniados. Una situación final -la de que nadie conviva con su media naranja- absurda por una sencilla razón: las matemáticas funcionan bien dentro de su propio terreno, pero sus modelos patinan un poco cuando se aplican a la vida cotidiana. El mundo real es más complicado que el más complicado de los problemas numéricos. En definitiva, llegará un momento en que pase esta locura y esté casada sólo la gente que quiere estar casada. O que vale para vivir en pareja, pues ese es otro tema en absoluto superficial.
No se trata de cuestionar ahora la indisolubilidad del matrimonio y la conveniencia del divorcio. Ese debate está obsoleto. El divorcio cumple una insustituible función social por el simple hecho de que algunas personas no pueden vivir juntas; en realidad, nunca debieron iniciar una vida en común. Asunto distinto es que el divorcio sea la primera opción y no la última, como sensatamente debería ser.
Considera Eduardo Hertfelder, a la sazón presidente del Instituto de Política Familiar, que las rupturas están creciendo de forma alarmante sin que las administraciones públicas aborden el problema. Me pregunto, esta vez sin ninguna segunda intención, qué pueden hacer las administraciones públicas para que un señor y una señora que no se pueden ver ni en fotografía dejen de tirarse los platos a la cabeza -o cometan algo peor- cada vez que se encuentran frente a frente.
El problema, huelga recordarlo, no se circunscribe al ámbito matrimonial. Expresado de otra forma, el gigantesco fracaso matrimonial de hoy en día es la consecuencia adicional de una sociedad que vive divorciada de cualquier compromiso; una sociedad donde ya todo es de usar y tirar, incluidas las personas, porque lo que se dice ahora carece de validez por completo dentro de cinco minutos. En ese aspecto, sí hemos alcanzado el cien por cien del divorcio social.
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