CUANDO LAS COSAS no marchan como sería del agrado de los políticos que llevan demasiado tiempo con las riendas bien sujetas y, evidentemente, sus ideas carecen ya de atractivos para el gran público, entonces, echando mano de aquellos que sí pueden aportar algo nuevo a la aburrida vida del área metropolitana, surgen en el horizonte nombres que traen bajo el brazo revulsivos que, de entrada, pueden animar las cansadas fiestas que vienen decayendo a través de los años. Hace tiempo se inventaron aquello de "Santa Cruz para vivir"... y se pasaron. El divorcio que nació entre el derecho al descanso y la juerga desmedida condujo a un enfrentamiento vecinal que ha durado hasta hace bien poco. La utilización de la avenida de Anaga, de la plaza de España para todo, de las calles céntricas en carnavales o del Parque Marítimo con licencias que aún alguien debe explicar y que significaron un tormento para los vecinos de Cabo-Llanos, fueron detonantes de una situación que se venía caldeando por el exceso de decibelios que nadie quería controlar frente a una potente diversión que permanecía a sus anchas e impunemente. Ahora parece que se ha llegado a un acuerdo que consiste, ¡lo qué son las cosas!, en respetarse unos a otros... y los caminos se han encauzado. Pero este cauce viene desbordado hoy por una excesiva serie de actuaciones de artistas locales, nacionales e internacionales que, un día sí y otro también, llenan recintos con ecos de éxitos que canta la juventud o de aquellas otras melodías que tienen una dilatada historia. Lo cierto es que cada semana nos visita alguien que está en los circuitos peninsulares y que algún listillo de por aquí aprovecha y contrata. Santa Cruz no es que esté viva. Está llena de vivos... que no es lo mismo. Estamos llegando a una saturación que, por el momento, nadie sabe si será beneficiosa o perjudicial para toda la Isla.
Después de la discutida remodelación de la plaza de España, se espera con interés el desarrollo de las próximas fiestas y dónde se situarán los diversos escenarios (la charca sucia está en la mente de todos). Y es que en carnavales, como no podía ser de otra manera, se cometen por aquí muchas payasadas. Antes, Santa Cruz era ciudad marinera, es decir, lindaba con la mar, podíamos asomarnos a las avenidas y paseos y casi tocar las olas que, en tiempos de Sur, pasaban por encima de los barandales para llegar hasta la plaza de España y Correos. Hoy, gracias al equipo gobernante desde la Transición y a la ayuda inestimable de la graciosamente denominada Autoridad Portuaria, nuestra capital limita con un montón de contenedores vacíos, otros llenos de caca junto al Auditorio, con una dársena comercial que no comercia, con unos muelles ociosos, con un destrozado litoral que ha entullado a Valleseco y María Jiménez a pesar de promesas y promesas, y con esa fuente de perfumes que conforma la Refinería. Últimamente, el Cabildo tinerfeño es el que ha puesto sobre la mesa el deseado traslado de esta industria con la búsqueda de terrenos en el polígono industrial de Granadilla. Veremos.
Y es que nuestro bien amado Ayuntamiento del Chicharro anda ocupado en eso de "Santa Cruz más viva", que es lo que aglutina a todo ese disparate de fiestas en vivo que vienen celebrándose por doquier. Se han inventado ahora "Sabores del carnaval" y sacado a las calles los ritmos vertiginosos de las comparsas... en agosto, para espabilar, dicen, las ventas en los comercios. Los taxistas, que son los que conocen de verdad la circulación de los dineros, nos manifiestan que estas boberías constituyen un fracaso. Ellos no ven un duro. Lo que interesa histéricamente en el área metropolitana es la difusión de la salsa. A Los Sabandeños, que forman parte de la auténtica cultura canaria con repercusión internacional, el ayuntamiento lagunero les reduce su 30 festival a la mitad. Esto es: un sólo día. Por suerte, Ana Oramas es neonacionalista. Si fuera de otro partido, se lo hubiera cargado. Pero la ilustre congresista tiene que guardar las formas. ¿De qué se hablará en Tenerife dentro de cien años? ¿De Celia Cruz? ¿De Rubén Blades? ¿O del bueno de Julio Iglesias? En cualquiera de los casos, los historiadores y sociólogos de ese futuro tendrán que buscar responsabilidades entre las personas con carguitos que hoy pululan por los despachos de las instituciones. Porque aquí, amigos, están todas ellas implicadas. Presten atención, si no, a los patrocinadores de los conciertos.
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