Santa Cruz de Tenerife
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El Cabo: De barrio de pescadores a "milla de oro"

31/ago/08 01:00
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TACHI IZQUIERDO, Tenerife

El barrio de El Cabo representa la esencia misma de la ciudad, pues es desde este enclave histórico por donde Santa Cruz empezó a dar sus primeros pasos y por donde ha vuelto a resurgir con sus nuevos aires de modernidad y expansión.

Los caberos, habitantes de esta populosa zona de la ciudad, se niegan a perder el sentido de sus orígenes, manteniendo siempre vivos los valores de una convivencia en familia, a pesar de un irrefrenable crecimiento que ha modificado la imagen no sólo física, sino psicológica del barrio.

Espacio antiguo de Santa Cruz, comprendido entre El Cabo y Los Llanos, sus vecinos añoran los tiempos donde el mar estaba presente en sus vidas, y donde las calles de tierra y las casitas terreras eran una forma de vida ideal.

Sin tiempo apenas para asumir la metamorfosis del lugar en apenas tres décadas, donde su condición de núcleo pesquero se quedó anclado en el pasado, los caberos sacan desde su interior un aprecio incondicional para convivir en un presente del que sacan partido a la modernidad que se ha impuesto.

Ramón Jorge, actual presidente de la asociación de vecinos Los Caberos, y Alfredo Gil Ramos, el kiosquero del barrio desde hace más de 50 años, son parte de la memoria viva del barrio, que detienen el paso del tiempo en El Cabo, ya que recuerdan aspectos como que la avenida Buenos Aires tenía el antiguo nombre de calle Pescadores, o la calle Fernández Navarro, que se denominaba cuarta transversal de Pescadores.

Desde su perspectiva, la evolución del barrio ha ido aparejada a la proliferación de edificios de varias plantas, algo que contrasta con "la vida de aquellos años, donde la convivencia era familiar entre todos sus habitantes, que se plasmaba en encuentros en plena calle, algo que ha desaparecido, pues cada persona va a lo suyo".

Ambos vecinos añoran la sensación de proximidad al mar, "y entre las personas", pues ha ido creciendo la población, ganando terreno la expansión "a base de desaparecer espacios emblemáticos como la molienda". Además, elementos señeros de esta parte de la ciudad como La Ciudadela han desaparecido para dar forma a la nueva Santa Cruz, donde se enclavan hoy en día buena parte de los edificios de la administración y la zona comercial y de ocio más boyante.

Pese a todo, los vecinos de El Cabo se niegan a perder su identidad, pues además de la transformación urbanística experimentada, también ejerce su presión social una inmigración creciente, que se abre paso con sus propias costumbres y formas de vida.

El Cabo tiene hoy en día entre sus principales baluartes del pasado el Mercado Nuestra Señora de África, las ermitas de San Telmo, Nuestra Señora de Regla y San Sebastián, enclave en el que se une este núcleo a las Cuatro Torres, ampliando sus dominios desde la avenida Tres de Mayo hasta San Sebastián y la zona baja del antiguo hospital.

Las Cuatro Torres, "inauguradas por el mismo Marconi", según señala Ramón Jorge, "encierran historias muy bonitas, como las comunicaciones que se recibieron del Titanic".

Estos elementos, necesarios en su época para las comunicaciones, y desaparecidas ya, no lograron tener su homenaje, puesto que un pedazo que guardó el propio Ramón Jorge para hacer un monumento "desapareció misteriosamente desde las dependencias municipales".

El Cabo se identifica como barrio pescador, que creció con muchas personas que venían de zonas próximas, como Candelaria. "Muchas de ellas asentadas en la calle San Sebastián, que cuando se construyó el Mercado se vieron obligadas a desplazarse, en un buen número hacia La Salud, ya que buena parte de la zona, hasta el entorno de la calle de Los Molinos, eran campos que aún se cultivaban".

Incluso, la memoria les da para recordar una granja de pollos en la calle Fernández Navarro, propiedad del tío de Alfredo, "el conocido jugador de fútbol del Real Unión, Ortiz", una realidad que ya se remonta a más de medio siglo atrás.

Este tiempo le sirve a los caberos para reflexionar sobre el cambio profundo que ha experimentado El Cabo, que en aquella época "se podía considerar como una especie de zona comercial, ya que se podía encontrar una barbería, que todavía existe, además de la molienda de gofio, la panadería, un estanquito o una venta".

Sin embargo, el cambio ha sido drástico en el barrio, hasta convertirse en lo que es hoy en día, pues de un despoblado espacio que ocupaba Los Llanos, lejos de todo por el lazareto y las industrias, se fue ganando terreno para una ciudad que ansiaba crecer. Buena parte del protagonismo de esta expansión lo tiene la refinería, que trajo desarrollo y empleo, no sólo para los habitantes de El Cabo, sino para otros enclaves.

El Cabo también se desprendió de sus viejas casas, para favorecer una zona que hoy se denomina como "la milla de oro", algo que las gentes de El Cabo creen que ha contribuido a que crezca el nivel de vida, y el barrio se ha revalorizado. Para El Cabo, la proliferación de las zonas comerciales y administrativas "ha venido como caída del cielo, porque para los negocios genera más paso de personas y se han revalorizado las propiedades".

Otros tiempos

En este barrio, el Colegio Isabel la Católica, que ya lleva más de 70 años al servicio de la docencia, "ha sido una influencia muy grande, porque por ahí han pasado más del 90% de los vecinos". Comentan que este centro "era un lugar para la cultura y, también, para el alimento, sobre todo en las épocas de mayor necesidad". A pesar de que estuvo a punto de cerrar sus puertas, el propio crecimiento del barrio lo rescató, albergando hoy en día a los niños del barrio, "y se hace muy difícil conseguir un hueco".

En la "parte más profunda de El Cabo, en Cabo Llanos, en la calle San Carlos, enfrente de San Telmo, ha habido mucha influencia de los cambulloneros, por ser zona de paso de barcos y allí tenían su centro de negocios, además de ser zona de comidas", hoy en día desaparecidas.

También este barrio ha ejercido un papel principal en la ciudad por albergar los cementerios de San Rafael y San Roque. Su única frontera a lo largo del tiempo fue el barranco de Santos, que infranqueable en los límites de San Sebastián, sólo abrió el paso hacia el centro con los puentes y la avenida Marítima. Del barrio de pescadores a "milla de oro".

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