Santa Cruz de Tenerife
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"Si me echan de aquí, acabarán con mi vida"

Adela es una de las posibles afectadas por la demolición de las casetas de pescadores situadas en San Andrés. No quiere dejar el barrio de sus amores.
31/ago/08 01:00
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Ó.M., S/C de Tenerife

Es Adela Baute. Una conocida vecina del litoral de Anaga. Lleva casi toda una vida respirando salitre del mar, disfrutando del amanecer diario y atraída por el olor del pescado. Es su vida, la pesca, su San Andrés del "alma" y su gente. Pero en la actualidad, esta santacrucera, criada en la ladera, en lo más alto, y que tiene más hermanos, "pero cada uno en su sitio", dice, atraviesa el peor momento de su vida. Y eso que el camino no ha sido ni mucho menos bueno.

Las intenciones de la Dirección General de Costas de poner fin a las casetas debido a las obras previstas en el entorno de la playa se ha apoderado de su mente y su corazón. "Si no hay más remedio me voy, pero si me sacan de San Andrés, me quitan la vida", indica en todo momento. A las 14:30 horas del pasado viernes, Adela recibió a este periódico en su caseta. Acababa de almorzar -suele disponer de garbanzas, ropa vieja o rancho- y descansaba junto a su amigo Cristóbal Cabrera, otro vecino de la zona que habita una caseta colindante.

Estaban preocupados, era palpable. Adela, tal como relata, no sería capaz de buscarse la vida fuera de San Andrés. "Aquí tenemos nuestro pescado y podemos comer. En Santa Cruz no tenemos a nadie que nos dé nada", asegura. La posible afectada cobra una pensión no contributiva, cerca de 350 euros, "y la vida la paso viendo la tele o pescando. Pero claro, ahora llevo un tiempo sin salir a la mar", manifiesta.

En el interior de su caseta, próxima a la playa, se puede apreciar todo tipo de utensilios relacionados con el arte de la pesca, su particular cocinilla, su pequeño monitor de televisión, y algunos otros enseres. Lava la ropa en un lugar próximo a la playa, aprovechando un grifo cercano, y la luz proviene de un motor habilitado en su momento por la Cofradía de Pescadores. La protagonista de esta larga historia, rodeada de incertidumbre, recuerdos y mucha tristeza, sólo reclama que si al final tiene que abandonar su caseta, su pequeño hueco junto a la playa de Las Teresitas, le ofrezcan un techo en el barrio de sus amores. "Yo no me voy de aquí, eso lo tengo muy claro. Como si tengo que ir a dormir bajo un puente", aclara.

Solidaria con el resto

Pero Adela Baute es solidaria. No sólo teme por su futuro, también por el de Hanssen, otro pescador nacido en el barrio. Este chicharrero pasa la vida en la playa, se dedica a la pesca, asegura que no tiene otro recurso, aunque reconoce que la actividad de la pesca atraviesa malos momentos. "Al final será para los ricos", lamenta.

Al igual que Baute, este hijo de pescador no puede soportar el hecho de que "algún día nos echarán de aquí", pero claro, no se sabe cuándo. "Al final acabaré montando una casetita en la playa", dice. Hanssen se despierta muy temprano, a eso de las 5:00. Acude a pescar con cierta frecuencia y dedica su tiempo a arreglar barcos. Denuncia que las intenciones del posible desalojo tienen que ver con "intereses", puesto que no llega a entender el hecho de que "cómo es posible que después de 37 años nos quieran echar ahora".

Junto a ellos se encuentra Cristóbal Cabrera, el vecino de Adela Baute. Quiere relatar igualmente su historia, su temor por el futuro más incierto. En su caso, lleva unos seis años habitando otra de las casetas. "Adela me da un plato de comida, y a veces mi amigo Mario me trae algo", relata mientras se dispone a regresar a su pequeña caseta, junto a su amiga, su compañía de cada día. En San Andrés, junto a la playa de Las Teresitas, mientras cientos y cientos de bañistas disfrutan de una jornada soleada, otros, como es el caso de los protagonistas, sienten que el futuro más inmediato tome otro rumbo. Insisten todos en que, de momento, la felicidad está junto a sus casetas, rodeadas de barcos, de olor a pescado y, sobre todo, acompañados de una gente que les entiende, les ayuda y les da cariño: la población de Anaga. En cualquier caso, y a pesar de que están inquietos, estos santacruceros aún no han recibido, o por lo menos así lo dan a conocer, ninguna notificación oficial acerca de un próximo desalojo.

Sin embargo, tal y como dicen, alguna vez que otra sí que ha venido por la zona algún funcionario de la Dirección General de Costas. "Hay otras cosas que tirar en la playa, y no precisamente las casetas", sentencia Hanssen, el vecino de 37 años e hijo de un pescador de antaño.

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