BUENO, en realidad han sido sólo 58, casi, casi 60. Pero hace dos años sí que hizo 60 de aquel campamento de Milicias Universitarias en Hoya Fría del que, con un montón de otros estudiantes, salimos con el honroso título de Caballero Aspirante a Oficial de Complemento, que habíamos de confirmar luego, una vez acabada la carrera, con una estancia de seis meses en un Regimiento.
Pues bien, el jueves día 8 de este mes de agosto, mientras se celebraba la ceremonia de Inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, entraba de nuevo en el Cuartel de Zapadores de Salamanca, que abandoné hace esos 58 años. No iba solo esta vez, sino que me acompañaban el coronel Balmori, ya retirado aunque en plena actividad y un sobrino político que, por cierto, era la primera vez que pisaba un cuartel, visita que aquél se había brindado gentilmente a gestionarme y éste a acompañarnos en una nada calurosa mañana de agosto en la que nos acompañó, ya dentro del cuartel, el teniente coronel Ríos. También eran diversas las circunstancias de ambas visitas con un océano de seis décadas de por medio: allá en el 50 me acerqué con mi uniforme prestado por un compañero que lo había utilizado meses antes, después de haber llegado en tren desde Asturias, donde me encontraba trabajando en la cuenca minera del Nalón, mientras que ahora, aprovechando unos días de vacaciones en una urbanización cercana, íbamos los tres con ese atuendo primaveral y juvenil que ahora nos ha dado a todos por llevar como si tuviésemos 20 años (¡ojalá, usted!) y hasta un tal Sebastián alardea de descorbatado y progresista, lo que no le impide apuntarse a un viaje a Rusia todo pagado; eso sí, con corbata, lo más apropiado al deporte. ¡Incongruencias de la progresía!
En el recinto y en el ambiente de la ciudad todo ha cambiado. Aquella ciudad de provincias, sencilla y tranquila, culta y universitaria, se nos ha transformado en una bellísima ciudad donde los monumentos, edificios y plazas son un rosario continuo de historia y belleza, donde gran parte de la ciudad se ha transformado en peatonal, donde la juventud turista y no turista campea por sus respetos en avenidas, jardines y calles, donde el comercio es de lo más floreciente incluso en verano y donde la gente sigue siendo tan agradable y educada como lo fue siempre a lo largo de los siglos. Las construcciones modernas solo se han elevado en sitios sin distorsión con su entorno y, sobre todo, la ciudad se ha expandido en todas direcciones y hasta las más modernas dependencias universitarias, también como la nuestra de Geneto, se han situado fuera de la ciudad. Lo que no ha cambiado es el cuartel, si bien su entrada va precedida por un jardín y grandes árboles, antes no existente. El aspecto externo es el mismo de aquellos años 20 de su fundación y la sorpresa viene al acceder al gran patio central, mayor incluso que el de la Plaza Mayor de Salamanca, lugar de desfiles, formaciones y recepciones, circundada por los grandes edificios de entonces, en especial los dos grandes laterales donde se alojaban entonces las compañías y lo hacen también ahora las actuales. Una de aquellas compañías fue la mía, si bien cuando me incorporé la formábamos tan sólo un sargento y yo como alférez. Hubo que esperar a la entrada de nuevos reclutas para que el cuartel recobrase la animación propia de la juventud, eso sí, juventud militar y en enorme proporción analfabeta. Y uno de mis primeros menesteres en la llamada clase de teórica en la que había que enseñar el manejo de las armas, se transformó en realidad en clase de primera enseñanza en la que se les introducía en la lectura y la escritura. Creo, sinceramente, que esta sociedad nuestra actual tiene una deuda aún no saldada con el Ejército por su constante labor educativa con los soldados que a ella acudían cuando el Servicio Militar no era sólo obligatorio sino también un honor para todos el cumplirlo, cada uno donde le correspondiese.
Durante la detallada visita a las diversas dependencias, pude comprender lo mucho que ha cambiado todo, al menos por la presencia de personal femenino no sólo entre los oficiales, sino también entre los soldados, a los que se veía en pequeños grupos haciendo instrucción sin distinción de sexo en el gran patio central, al tiempo que se nos informaba de que en los dormitorios ha habido que establecer dos secciones de varones y de hembras, aunque la verdad es que en este Ejército actual la mayoría de los componentes del mismo no suelen habitar en el cuartel sino que, como cualquier otro profesional, viven fuera de su puesto de trabajo y sólo se desplazan a éste cuando el servicio lo requiere. Pero es que, además, se trata de una rama del Ejército muy mecanizada, propia de los Ingenieros, y también muy especializada y con continuas labores en el extranjero, en misiones de ayuda o puramente militares, de cuyas especialidades se ha desgajado todo lo concerniente a las comunicaciones que antes pertenecían al Cuerpo de Ingenieros. En la actualidad hay hombres de este regimiento (que ya no es el nº 7, como en mi tiempo, sino el nº 11) en varios países con situaciones conflictivas y se nos hizo especial mención de la labor de infraestructura de campamentos para civiles y militares que están desarrollando en estos momentos en El Líbano, como antes lo estuvieron en otros países, aparte actividades puramente específicas, militares.
Entre las dependencias visitadas figura el comedor de tropa, al que hube de asistir entonces numerosas veces haciendo de jefe de guardia o de semana, y donde en aquellos años se repartía una comida especialmente buena y que se llevaba a probar al jefe del Regimiento, coronel Nanclares, del que guardo especial recuerdo, ya que, mientras mi compañía estaba reducida a dos elementos y sin nada que hacer, me permitía volver a mi trabajo en Asturias mientras el servicio no me reclamase. En la actualidad, comen unos 600, aunque sólo residen 300 y la plantilla total es superior a 1.200. Para mí fue especialmente emotiva la visita al actual campo de fútbol, que a mi me tocó desarrollar a partir de un campo no cultivado al final del cuartel, para lo que hicimos uso de la mano de obra de los propios reclutas y allá, con mi teodolito y mis miras, hube de replantearlo y nivelarlo con la ayuda de todos, si bien ahora es algo muy distinto y hasta con gradas. Para aquel trabajo había que sacar de Almacén la correspondiente herramienta a base de carretillas, picos y palas, que luego había que devolver con el correspondiente "vale". Un par de años después, ya casado y con hijo, y a través de la Guardia Civil me llegó a Asturias un oficio por el que se me reclamaba el importe de una carretilla y un par de palas y picos que habían desaparecido en una de mis retiradas y entregas de material, y que hube de abonar sin ulterior discusión. Creo recordar que la suma apenas llegaba a 100 pesetas de hace 50 años e incluía también ciertos derechos por habérseme concedido en su día la Cruz del Mérito Militar con Distintivo Blanco con motivo de la Milicia Universitaria, condecoración que nunca lucí, aunque prometo hacerlo. Hoy en día en la inmediata proximidad del campo de fútbol hay un polideportivo y hasta una piscina.
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