CABE suponer que, identificadas por fin todas las víctimas del accidente de Barajas, y entregados los últimos cuerpos a sus familiares, se producirá un definitivo punto final en el amplio tratamiento que la mayoría de los medios informativos le han dado a este suceso. Una semana después de la tragedia -no al día siguiente, ni dos días más tarde; ¡una semana después!- conté las páginas que le dedicaba a la tragedia determinado periódico que prefiero no citar. Trece. Nada menos que trece páginas hurgando y volviendo a hurgar, a repetir lo mismo corregido y aumentado, a convertir la anécdota en noticia o simplemente a fabricar una noticia de lo que ya sólo es una estadística. El que a un señor lo atropellen en una calle hoy es una noticia; mañana una estadística. Conservo algunos periódicos tinerfeños de los días posteriores al accidente de Los Rodeos. Ni por asomo se le dio tan desmesurada cobertura a esa desgracia, pese a que fue y sigue siendo la mayor catástrofe de la aviación comercial. ¿Lo de ahora se debe a que estamos en agosto, o es que lo macabro vende hoy en día más que hace 31 años? Respóndanse ustedes mismos. Yo prefiero no hacerlo, porque sería empezar y no terminar.
En cualquier caso, de todo este bochorno me siguen latiendo en las retinas dos imágenes. Una, la de un par de bomberos que prestan servicio en la Comunidad de Madrid, personados al día siguiente del accidente en el hospital donde estaban ingresados algunos de los heridos que ayudaron a rescatar. No los dejaron pasar, claro, pero tuvieron, si no quince, al menos un minutito de gloria en los informativos del mediodía. A la vista está que todo el mundo quiere ser famoso, y hace lo que sea menester para conseguirlo. Un contexto, se mire como se mire, que torna en comprensible el asunto de los bomberos. Desde luego, si lo que de verdad buscaban era aportar un poco de calor humano a las víctimas, tenían formas más discretas -y hasta eficaces- de hacerlo sin estorbar en momentos proclives a la confusión, cuando aun todo era un correr de un lado a otro para restablecer la normalidad.
No fueron los dos bomberos, sin embargo, los que me produjeron más bochorno. La máxima vergüenza ajena la sentí al presenciar los retazos de la rueda de prensa ofrecida, posiblemente contra su voluntad, por una superviviente recién salida del hospital. Una mujer normal, cuyo único mérito fue el ocupar un asiento adecuado en un vuelo aciago, además de ayudar a un par de niños atrapados por los restos del avión tras la desintegración definitiva. Una y otra vez repetía que cualquier persona hubiese hecho lo mismo, pero no; la prensa necesitaba héroes, una heroína en este caso, y había que forzar la situación. Había que buscar un motivo para llenar un par de páginas extra al día siguiente -mejor si al final salían tres- con las declaraciones de una señora que en el fondo, eso se veía a una legua, sólo deseaba salir del trance y que la dejasen en paz. No acabó ahí el dislate. Tanto le preguntaron y le repreguntaron, que al final la pasajera dejó vislumbrar entre líneas -entre palabras, si se prefiere- cierto pudor de llegar a Las Palmas caminando por su propio pie, cuando muchos pasajeros del mismo vuelo lo hacían en ataúdes. Por fin tenía la prensa -la mala prensa, la bazofia en que se ha convertido alguna prensa- un titular que vender; la carnaza que echar a sus lectores. Porque no nos engañemos: la prensa, la radio y la televisión de hoy ofrecen la basura que ofertan -cuando la proporcionan, claro, pues todavía hay segmentos muy respetables en esta profesión- porque hay masas ávidas de rebuscar en los estercoleros y chapotear en las ciénagas. En caso contrario, esto no duraría ni una semana; que no les quepa la menor duda. Aunque todavía quedan los funerales oficiales...
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