No sé si ustedes se acuerdan. Era el nombre por el que conocíamos a esas tiras de muñequitas y soldaditos que se recortaban sacándoles unas patitas blancas por debajo, dos pa'llá y una pa'cá, con cañones, hasta con tanques y vestiditos, falditas, bolsitos y gorritos. Los niños con los niños, las niñas con las niñas y las boberías de aquella época. Los dedos de las tijeras se te quedaban como burgados, porque había muchos recovecos y detallitos que dejar bien separados y cortados de la hoja madre. Lo más atrás que recuerdo es que costaban a media peseta. El cuaderno con una hoja pintada y la contigua por imitar. Por extensión, supongo, se conocían también como colorines los cuentos y los comics. Un colorín de Mortadelo y Filemón o de Zipi y Zape con -siempre impresa en la última página- la tira de la Rue del Percebe 13. Los cacos robando, el moroso de la azotea, la venta de abajo, los problemas con el ascensor, el cocodrilo del veterinario. Seguro que me voy a olvidar de parte de la sustancia, pero estaba el Capitán Trueno con Goliat y Crispín e historietas muy españolistas; o con lo de "Hazañas Bélicas" como el primer rodillo americano. Después vino el Capitán América, Los Cinco Fantásticos, El Guerrero del Antifaz... ¿Qué me dicen de los cromos, que se ganaban o perdían, compitiendo con taponazos de la mano en forma de cuenco y según se viraban, podías dejar "descromado" al rival? O él a ti, dependiendo del hueco ventoso. Colorines. Todo eso eran colorines.
¿Y los creyones, que comprabas pa'pintar y los metías en el buró? Por lo menos en el barrio de La Salud, desconozco si en las demás zonas e islas. Una vez me robaron dos creyones, el negro y el gris, porque el blanco no servía pa'nada y menudo un disgusto más grande. Hasta se convirtió en un problema escolar con el maestro metido por medio. Implicado en el asunto. Eso era bastante antes de que empezaran a dar la leche de Iltesa pa'calcificar los huesos.
En los últimos cincuenta años, por una serie de razones planetarias de "modernismo" social y económico, con la llegada de amplias masas de población foránea a las Islas, hemos ido perdiendo progresivamente partes fundamentales del legado anterior y que, probablemente, en su momento, sustituyeron a otras formas y costumbres asentadas previamente. Sucede que en los últimos tirones todo ha ido demasiado rápido y acelerándose vertiginosamente en las décadas finales. Cada vez, los cambios son de mayor intensidad, con más prisa y el riesgo incluido de perder el patrón y la matriz o el disco duro de la identidad canaria.
Es cierto que actualmente los pueblos, los países, los Estados del mundo se unen para conseguir conjuntamente metas mayores a las que podrían optar por sí solos. Cierto es que se constituyen comunidades, mercados, asociaciones? dirigidos a potenciar estructuras más ambiciosas que las de cada individualidad por separado. Que el asociacionismo triunfa. Cierto es, también, que la economía se globaliza en una especie de encaje de piezas de puzle desperdigadas, para que unos y otros -unos más que otros- territorios y sectores encajen en la globalización.
Cierto es todo esto, pero tan cierto o más como la necesidad que tienen, y que celosamente defiende cada pueblo en concreto, de encontrar y mantener su identidad y reafirmarse continuamente en sus valores.
Canarias representa una realidad distinta no asimilable a ninguna otra. Enraizada en el África anterior a la conquista árabe. Colonizada étnicamente al 50%, culturalmente al 70% y económicamente al 100% -más o menos, tampoco vamos a discutir- por los centros de poder situados en la Península Ibérica, en España y en Europa. Podría, por otras muchas características y pálpitos, perfectamente, asimilarse, adjuntarse o parearse al proceso de identidad latinoamericano de los siglos XIX y XX. La idiosincrasia de este Archipiélago es única, compleja y muy rica. Fundamenta su posición geoestratégica en tres continentes y como nadie suma tantos alimentos y condimentos.
Precisamente por la amplitud de ingredientes y la rareza única de esta mezcla -carne, pescado y verdura- su cocido es particular. No podemos imitar a nadie. Ni perder ningún sabor, ninguno. Ni dejar que sigan apartando la cazuela del fuego, que tiene que cuajar y sin miedos, ni complejos, seguro que sale un excelente plato.
Si España es un proyecto por definir, que nos autoricen con nuestros distintos creyones a pintar por los colorines del mundo. Y si es un colorín, no salimos por ningún lado y nos quitan los creyones, no hay que dejar que saquen la cazuela del fuego. Ni microondas ni nada.
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