MENTIRÍA si afirmara públicamente que entiendo y comparto los criterios del poder judicial de nuestro país con respecto a Iñaki de Juana, un personaje que debería sentir pánico al encontrarse ante un espejo, al caminar por las aceras y ver su rostro reflejado en la luna de los escaparates. Su mirada ensombrecida por el cinismo y esa sonrisa con un rictus de burla, nos han perseguido en los medios de comunicación desde que salió de la cárcel. Estaba acusado de asesinar a veinticinco personas y, pese a ello, estando cumpliendo condena por esos crímenes, en un gesto de "profundo arrepentimiento", pidió champán y langostinos para celebrar que los suyos habían matado a un concejal de Pamplona. Además, ante la noticia del asesinato a tiros de otro concejal y de su mujer, en Sevilla, escribió que le encantaba "ver sus caras desencajadas" y que "con esta acción ya había comido para todo el mes".
Este es el personaje. La verdad, no lo entiendo, qué quiere que le diga. Comete veinticinco asesinatos y la Justicia lo condena a tres mil años de prisión, pero al final cumple dieciocho en total y se va a la calle. Para los que malamente sabemos sumar, esta ecuación más que despejar incógnitas nos atrapa en ellas. Del castigo impuesto al reo, difícil de cumplir por la edad biológica, pasamos a una condena nimia, incoherente. No se trata de aplicar la ley del talión aparecida en el éxodo veterotestamentario, aquello de ojo por ojo y diente por diente, y que fue el primer intento de la Humanidad por establecer la proporcionalidad de la pena y evitar la venganza de la sinrazón, pero debe de haber muchos argumentos que desconozco para que la condena cumplida guarde escasa proporción con la impuesta.
De Juana es un provocador nato y, lejos de pasar desapercibido, lo primero que hace al salir de la cárcel es trasladar a manos amigas un texto que se lee en el "homenaje" que le habían preparado en San Sebastián y al que, finalmente, no acudió. Al menos aquí demostró un poco de sentido común. El contenido del escrito, en el que hay un elogio elíptico a quien fuera su jefe en la banda, Txomin Iturbe, ya fallecido, y a los presos terroristas, está siendo investigado por la Audiencia Nacional por considerar que podría ser constitutivo de un delito de enaltecimiento del terrorismo. A estas alturas de la democracia resulta patético que alguien, con el currículo de este individuo, hable en ese texto de "medidas de excepción" y "tribunales de guerra", de intentos de "amedrentarnos" y de "criminalización". Investigando está el juez sobre si hay o no delito de enaltecimiento en la misiva leída en el acto de homenaje, en el contexto en que se leyó y bajo la prohibición expresa de la organización de que asistieran informadores a una convocatoria pública. Ojalá esta investigación sobre la posible exaltación del terrorismo sirva para poner fin a la impunidad con que cada año se hace apología de ETA en las fiestas de la citada ciudad.
Insisto en la desproporción entre los veinticinco asesinatos y los dieciocho años de cárcel, aunque a estos se le sumaran otros tres por dos delitos de amenazas relacionados con unos artículos publicados en Gara en el 2004. Esos tres años fueron el resultado de la rebaja por el Supremo de los más de doce años dictados en primera instancia y cuando la petición fiscal inicial había sido de noventa y ochos años. Coincidirán conmigo en que de lo solicitado por la fiscalía a la condena cumplida hay un largo trecho, y recordarlo es oportuno, sobre todo para evitar repetir el error de buscar vías para prolongar la sentencia una vez cumplida ésta en aplicación de la ley vigente. Pues de aquel error derivaron otros en relación con la huelga de hambre del preso, con claras consecuencias negativas para la política antiterrorista.
También es un dislate pasar por alto las amenazas encubiertas bajo el concepto "libertad de expresión", máxime cuando el autor de las mismas tiene sobre su "supuesta" conciencia veinticinco muertes. Y no me vale el argumento de "haber redimido su pena con el cumplimiento de la condena", pues las matemáticas siguen sin ser mi fuerte y no me arroja un resultado favorable para las familias de los fallecidos. Ellos siguen llorando amargamente la forma de morir de los suyos. De Juana, con buen aspecto y junto a su joven esposa, aparentemente sin recursos económicos, se encuentra de vacaciones para huir del estrés que le produce la presión mediática. La misma que él abona de manera inteligente, utilizándola para sus fines. Se ha convertido en el mejor manager de sí mismo, en un técnico del marketing, en un experto en actuar de manera "presuntamente delictiva" con total impunidad. Es un animal enfermo que se niega a la pretendida resocialización del sistema penitenciario y al que se debería desterrar del país, sea cual sea el resultado del exhorto y lo que venga a continuación. Es difícil, muy difícil, que una hiena acostumbrada a la carroña se vuelva vegetariana.
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