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JESÚS LÓPEZ MEDEL *

Cultura de la muerte

24/ago/08 02:40
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En esta España que no es ni una España "durmiente", ni "desnuda", ni "imposible", sino la alternativa de caminos y de riesgos, nos hemos encontrado a las fechas de hoy con signos desnaturalizadores de lo que es la esencia de una democracia: el cambio de programas de los partidos, anunciadores de una "verdad" que es el premio y precio al voto, en donde se expresa casi sacramentalmente (¿) la voluntad personal de una opción que hemos comentado a la largo de varias reflexiones postelectorales.

Si los programas no se cumplen o si las urnas se echan al cesto de los papeles, estamos quebrantando, además, los principios constitucionales. Ya veremos más adelante, aunque muy en síntesis, el panorama de los "populares" sobre su papel de renovación, regeneración o reestructuración, acaso confundiendo la táctica con la estrategia.

Pero la izquierda, tras su triunfo, en lugar de profundizar, completar o cumplir, o en su caso rectificar, sobre una parte de las tareas que estaban en su programa electoral, no sólo omitió los indicadores o señales graves que ya existían en campañas electorales -el debate de Pizarro-Solbes, debería hoy difundirse-, sino que se ha faltado a la verdad, o se han mutilado principios socialistas que ahora se revisten como oportunidades" avanzadas. ¿Hacia dónde?

Nosotros, sin perjuicio de lo que pudiéramos seguir afirmando, hemos visto una trilogía que -ahora- se programa con tal ornamentación y griterío que parece que empieza otra campaña electoral. Sobre el aborto, que prácticamente quedaría despenalizado, máxime tras un decreto sobre el secreto sumarial de sus protagonistas, como fuerte discriminación penal. Sobre la eutanasia, llevando el adoctrinamiento escolar de la mente de los niños, a precipitar o arrancar la vida de las personas cuya "calidad de vida" fuere sentenciada por el Estado, como si hubiera sido su progenitor, su cuidador y señor.

A estas dos inminentes opciones políticas, calificadas de "progresistas" por el socialismo radical, sofisticado por el objetivo de no salir del poder al precio que sea -Marx no llegaría a tanto-, se añaden otras dos propuestas: una es la utilización de la emigración para ampliar la voluntad de la soberanía popular (bajando la natalidad de los nacionales se llegaría a la extirpación de lo español, mientras el poder socialista aguantase). Y la otra es acentuar, desde arriba, un tardolaicismo y anticlericalismo propios de los primeros mensajes del ex alumno de la Escuela Pía Pablo Iglesias y anacrónicos en una sociedad moderna, en libertad y pluralidad religiosa, en la que Dios tenga un puesto en las personas y en la sociedad.

En resumen, resucitando una cultura de la muerte, estaríamos en un período propio del Paleolítico, que mi paisano Mingote suele ilustrar, y aún combatir magistralmente. Estos envites, pese a su presentación libertaria, tendrán siempre en el cristiano difícil prevalencia. Porque Cristo, que es vida, está presente y las puertas del infierno no prevalecerán.

Esta novación del programa socialista termina, pues, por motivar una situación de España, en la encrucijada. Es algo más que la aceptación inconstitucional sobre las lenguas en libertad, de que el profesor vasco Martínez Gorriarán apela -"senilidad ideológica ?y seria alarma de los riesgos de degeneración que afronta la democracia española" (Abc, 11-7-2008). Porque tal cultura de la muerte, con las "balas" del aborto, y la siega de vidas sin calidad, afecta al hacer, al acrecer, y al morir. No hay sociedad ni persona que, libremente, sobreviva si además se la presentan sin Dios. ¿Cabrá salir de esta encrucijada?

* Jurista. Académico

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