LOS ESCASOS lectores que han tenido la paciencia (y el respeto a las canas) de leerse mis comentarios sobre el deporte y la sociedad, aquellos que no me conocen personalmente, creerán sin duda que soy un inveterado deportista ya que oso hasta escribir de ello en el periódico y que encima me lo publiquen, que para todo hace falta una o más ayuditas. Pues el tal anda descaminado, pues de eso del deporte que practiqué hace mas de medio siglo la verdad es que me he "desaborrado", sustituyéndolo en un principio por la tele, y últimamente ya ni eso.
Pero siempre hay alguien sagaz que le busca los tres pies al gato, que por cierto tiene cuatro. Así, un gran amigo, compañero de la Casa de Canarias en Madrid, malagueño él de nacimiento y mas canario que muchos de los que alardean de independentismo, porque su abuelo nació en esta tierra nuestra, con familia que sigue ahí residiendo, va y me dice que mucho hablar de este y el otro deporte y que qué demonios he hecho de los propios del lugar, autóctonos que se dice ahora, como las luchadas. Y vive Dios que lleva mas razón que un santo. Porque en esto, como en tantas otras cosas, espero que las cosas hayan cambiando desde mi infancia, en la que, por ejemplo, nunca se nos enseñó nada ni en primaria ni en secundaria de la flora y la fauna de las Islas, ni tampoco de la historia del pueblo nuestro, que empezó en los guanches y termina cada día con el nuevo peninsular que llega destinado a Santa Cruz y ahí se queda para siempre. Me parece que desde eso de las Autonomías sí que se contemplan con cierto detalle nuestros bichos y nuestros árboles y plantas, porque lo que se nos enseñaba en las escuelas y en el Bachillerato era lo mismo para nosotros que para el gallego, el vasco, el catalán y hasta el andaluz. Por el contrario, ahora solo los del lugar saben cuales son los afluentes del Tajo por la derecha o los cabos del Mediterráneo que antes se enseñaba a los niños en las escuelas. Cosas de la progresía esa. Dicen que felizmente reinante.
Pues algo así me ha sucedido a mí con los deportes de las Islas, propios nuestros o que así nos lo creemos... ¿Qué me dicen Vds. de las luchadas, con vestigios de grecorromana, que hoy ocupan todos los días páginas y páginas deportivas en los periódicos insulares? De niño, recuerdo vagamente haber intentado luchar contra alguien pero nunca vi luchada alguna, si bien el rey de entonces era el "Pollo de Taganana" o el de Las Canteras. Ya en los primeros 50, y en algún verano, recuerdo haber presenciado, allá por Tegueste, unas luchadas en las que el vencedor de cada una recorría el terrero recogiendo dinero que le daban sus partidarios como premio a su actuación; tan sólo unas pesetas cada uno, costumbre que ignoro si sigue practicándose. Y siempre me sorprendió que cuando un equipo iba ganando de manera muy destacada, de pronto, del equipo que iba perdiendo salía el pollo de no sé dónde y él solito se iba cargando uno a uno a todos los del equipo opuesto, hasta que quedaba solo en el terrero y terminaba el desafío. Imagino que hoy en día la cosa estará debidamente regulada, los chicos y jóvenes se habrán aficionado a este deporte tan nuestro, cuya única semejanza se encuentra en León según he tenido ocasión de saber, como la mayoría de ustedes.
Hay otro deporte que estimo también muy nuestro, y es el salto del palo. Hay también, al parecer, el llamado "juego del palo", que nunca he presenciado ni sé en qué consiste, no así el salto del palo, que imagino que casi habrá desaparecido en este ya siglo XXI, pues su razón de ser debe de haber desaparecido. Recuerdo, por el contrario, un caso de allá por los años 30 en que pude presenciar la utilidad del palo. En aquellos años, solía salir los domingos de excursión con mi padre, morral a la espalda, él con sus polainas y yo con mis botas y mi pantalón corto, no como los turistas de ahora, sino por cuestión de la edad. Debíamos de formar una pareja extraña y curiosa, los chiquillos nos tomaban por extranjeros y nos seguían pidiéndonos algo al soniquete de "one peny, one peny", hasta que mi padre los espantaba con gran asombro por parte de ellos, que se miraban como interrogándose qué tipo de ingleses eran éramos aquellos dos. Algunas veces limitábamos la excursión tan solo a las montañas de los alrededores de Santa Cruz, por ejemplo Rambla abajo, camino de los valles y los montes hacia el noreste de la isla, ocasión en que, al llegar al chalet de don Miguel Zerolo (abuelo del alcalde actual) a veces nos miraba pasar asomado a su balcón y cambiaba un saludo, mas bien burlón, con mi padre. Y recuerdo que, allá por el 35 ó 36, a veces se unían a la excursión un par de muchachos peninsulares, creo que profesores mercantiles que habían llegado destinados a la Delegación de Hacienda y a quienes les cogió la Guerra Civil en Tenerife. Una de aquellas mañanas, estábamos en las estribaciones de La Muela y nos habíamos sentado los cuatro a tomar un refuerzo antes del almuerzo, a base de botes de leche condensada a la que se le hacían los dos agujeritos correspondiente. Estábamos en una zona muy empinada, cuando nos sorprendió el repique de los cascabeles de unas cabras que por allí pastaban y el pastor, que se desplazaba de un sitio a otro con gran rapidez en la bajada para lo que hacía uso del palo, que debía de tener unos dos metros y medio de largo, al menos. Y como vino se marchó, casi volando. ¡Había descubierto el dichoso salto del palo!
Nuestros vecinos de Canaria, como dice nuestro director, tienen, o tenían, eso sí, otro deporte, que siempre me ha recordado por su popularidad a las regatas de traineras en el Norte de la Península, y eran las regatas de vela latina, en las que se hacían fuertes apuestas. No sé si siguen, aunque espero que sí, como continuidad del deporte autóctono canario.
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