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LA SEMANA RAMÓN PI

La catástrofe aérea

24/ago/08 02:40
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EL TRÁGICO accidente del avión de Spanair, que se estrelló contra el suelo el miércoles 20 junto al aeropuerto de Barajas, ha oscurecido todo lo demás. Esto se escribe cuando se llevan contados 153 muertos, pero probablemente serán algunos más, pues se debaten entre la vida y la muerte varios pasajeros en hospitales de Madrid. Un suceso tremendo de estas características no borra otros hechos y procesos de la vida, pero durante un tiempo los hace invisibles en los medios de comunicación. Así es como funciona esto: los hechos oscurecen los procesos, lo urgente difumina a lo importante, lo próximo se impone a lo remoto, lo raro destaca sobre lo habitual, los sentimientos prevalecen sobre la razón. Un accidente con más de ciento cincuenta muertos ocurrido en Madrid produce una especie de apagón informativo en todo lo demás?, hasta que una nueva noticia venga a sustituir a ésta, y la rueda seguirá girando.

Pero lo ahora oscurecido sigue existiendo, y tarde o temprano volverá a ocupar su lugar en los medios de comunicación y en las preocupaciones de las gentes. Pues bien: a pesar de que todo esto es bien conocido, se hace difícil escribir de política, de financiación autonómica o de crisis económica mientras todavía quedan algunos cadáveres por identificar y apenas se sabe nada con certeza de las causas verdaderas del accidente ni de las correspondientes responsabilidades civiles, penales y políticas a que esta catástrofe pueda dar lugar. Es imperioso, pues, prestar, cuando menos, alguna atención urgente a algunos aspectos del hecho que acapara la atención pública.

Qué pasó, por qué pasó

Todo parecía indicar que esta vez no iba a ser posible acudir al tan socorrido fallo humano de los pilotos, expediente que viene a cubrir las deficiencias de la investigación y, de paso, a desviar las posibles responsabilidades de personas vivas hacia quienes ya no están aquí para poder defenderse. Se daba por seguro que casi con toda seguridad hubo un fallo técnico, y no humano: algo ocurrió en el aparato que causó que se precipitase al suelo y ardiese como una tea al producirse la explosión de las toneladas de combustible que llenaban sus alas. Ayer mismo, sin embargo, se dijo que las cámaras de seguridad de las pistas de Barajas mostraban que el avión empezó a despegar falto de potencia, que eso pudo motivar que el aparato se inclinase y que un ala tocase el suelo, haciendo que el avión se saliera del perímetro, y que al chocar con los árboles próximos se produjese la explosión. Como se ve, todavía no se ha establecido qué pasó, y lentamente se va abriendo paso la hipótesis del error humano.

Así, pues, en veinticuatro horas el público supo que existen unas cámaras en las pistas del aeropuerto que graban todas las maniobras de despegue y aterrizaje; que se puede calcular la potencia de cada avión en el momento de despegar; que el jueves hubo testigos que afirmaron que el avión ya volaba y que algo le estalló en el aire; que esos testimonios son incompatibles con la versión difundida un día después, y que, en definitiva, el sábado todavía nadie podía asegurar siquiera lo que pasó, y mucho menos, obviamente, por qué pasó. Excuso decir que, en estas condiciones, establecer cualquier tipo de responsabilidades es sencillamente imposible.

Víctimas y políticos

Lo más importante de todo esto son, desde luego, las víctimas, una proporción muy grande de las cuales era de las Islas Canarias, destino del avión que se estrelló. Cuando escribo esto, todavía quedan algunos cadáveres sin identificar; tras la experiencia tremenda de lo ocurrido con otro accidente aéreo, el famoso del Yak que transportaba tropas españolas a España desde Oriente Medio, no tiene que extrañar que las familias de estos fallecidos alberguen muy serias sospechas de que se les pretendan adjudicar unos restos equivocados, y así poder pasar esta página macabra.

En estos momentos no vale argumentar que, en el fondo, no tiene mayor relevancia este particular, y menos aún en una época en la que es ya frecuente que los deudos de un fallecido esparzan sus cenizas en el mar o las arrojen desde lo alto de una montaña. Es un derecho de los familiares el disponer de los restos de su pariente, y no de los de otra persona. A este respecto, únicamente cabe razonar así: si es posible la identificación de cada cadáver, hágase a cualquier precio; si no lo es, porque es incluso imposible hacer un análisis del ADN de los restos carbonizados, lo que procede es recabar la opinión de los respectivos deudos y, si éstos no llegan a un acuerdo sobre lo que haya que hacer, dar sepultura a todos los restos conjuntamente, con todos los nombres en la lápida común. Cualquier fórmula será mejor que tratar a los cadáveres como objetos intercambiables.

Otro aspecto llamativo de este episodio trágico ha sido la presencia de los políticos en el lugar del accidente. En principio se supone que es muy de agradecer que los Reyes y los políticos más relevantes del país hayan acudido a manifestar su condolencia a los familiares; nada que objetar a eso, no faltaría más. Sin embargo, algo debió de suceder en la reunión de las familias con la vicepresidente Fernández de la Vega, porque se levantó una discusión, y algunos asistentes abandonaron la reunión diciendo que no querían políticos por allí, pues les acabarían engañando.

Puede ser que, dadas las circunstancias, los nervios de más de uno se desatasen y se produjesen palabras y actitudes inconvenientes e injustas. Puede ser. Pero también puede ser que haya sido perceptible que el principal interés de algunos políticos al estar en aquel lugar fuera salir en la televisión y escenificar su interés y su solidaridad con los familiares de los muertos, lo que siempre viene bien para la imagen. También puede ser. Precedentes no faltan de acciones y gestos de no pocos políticos encaminados solamente a la autopropaganda a través de los medios. Así funcionan también estas cosas.

 

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