1.- Ya he dicho aquí que los horteras han tomado por asalto la plaza de España y más concretamente el estanque de Herzog-De Meuron. Hasta las profesionales del amor bañan sus vergüenzas en el fango, convirtiendo aquello en un asunto de salud pública, pues después de las putas vienen los niños a beber agua, con gran complacencia de sus señoras madres, arregladitas de barriada y bicicleta de reyes. Somos cochinos, ya lo dijo Olivia Stone. Parece que el tiempo se detuvo en el XIX, cuando el mago cavaba en la tierra un cagadero, lejos de su choza de paja, por razones más que obvias. El abrevadero de la plaza de España es un desastre; habrá que vallarlo, perdiendo así todo su encanto de pileta futurista y plana, como una lámina de mar que pudo ser.
2.- El mago ha metido ya sus patas en la lámina; y el elemento barriada; y el pordiosero, que ya sabe dónde lavarse los bajos, enmohecidos por la falta de lugares para el aseo y por las ganas de asearse. Así que aquello ya no es una fuente, ni un geiser, sino un abrevadero de caballos y de yeguas urbanos, enorme y tolerante, ante la pasividad municipal, ante la falta de ideas de los ediles, azotados por el calor de agosto, por el furor del nada que hacer en el país del poco que hacer. Maldita la idea del que se le ocurrió la buena idea. El elemento barriada, antañazo, sólo se bañaba en las piletas públicas cuando ganaba el Tete. Ahora que no hay Tete, se mete en ellas a todas horas y más si la pileta es hermosa, estética, marina, inmensa, bella. Aquí la cosa es destruir.
3.- ¿Y qué hacer? Si la vallamos, mal asunto. Si no la vallamos, peor. Lo bueno que se saca del asunto es que las putas pueden aprender a nadar, los indigentes dejarán su roña en la plaza y las mamás/barriada descansarán de sus retoños, semilla abonada para el tunning y el despropósito. Ay. Los arquitectos suizos estarán perplejos por el destino de la gran bañadera que han construido sin querer para el país del nada que hacer. A lo mejor es que estamos descubriendo el baño público de los romanos para el siglo XXI, como en la Piazza Navona, allá en Roma. Somos una isla poco dada a la lógica, a los monumentos, a las fuentes públicas, a la estética. Aquí se venera lo changa; por eso yo, a veces, me voy.
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