Ciertamente no le arriendo las ganancias en Las Palmas -de Gran Canaria; el gran que no se me olvide, ¡por Dios!- al doctor Juan Antonio Saavedra de la Torre, tras su atrevimiento de denunciar públicamente, mediante un artículo publicado en EL DÍA, lo que se pretende hacer con el ciclotrón previsto inicialmente para el Hospital de la Candelaria. El caso es suficientemente conocido -sus detalles se han publicado hasta la saciedad- para que resulte necesario reescribir lo impreso en múltiples ocasiones. Una protesta estéril la del doctor Saavedra de la Torre. La decisión está tomada y no creo que haya vuelta atrás.
Porque en Canarias -esa Canarias por cuya unidad tanto suspiran algunos- las únicas decisiones que se revisan son las que favorecen a Tenerife. Siempre me ha parecido curioso -por no decir un puro sarcasmo- que quienes dividieron una sola provincia cuya extensión, sumando las siete islas y unos cuantos islotes adyacentes, no llega a la superficie de Cádiz -que tampoco es una provincia muy grande- acusen de malos canarios a quienes reclaman que no se siga despojando a Tenerife de lo que, en justicia, siempre le ha pertenecido. Lejos de mi intención enarbolar ahora la bandera del chicharrerismo, al mejor estilo de José Manuel Soria cuando izó en Las Palmas la gran bandera de la no menos "Gran" Canaria, pero ya es hora de decir basta. Vale que cada cual barra para su casa. Hasta ahí lo entiendo. Me supone un excesivo esfuerzo de comprensión, en cambio, concebir por qué no son malos canarios quienes dividieron una buena universidad regional en dos provincianas, pero sí lo son quienes protestaron -y protestan- por tal disparate. Toda una versión archipielágica del cornudo y apaleado, corregida y aumentada: los malos, repito, no son los que rompen los platos, sino los que se quejan del quebranto. Así vamos. Y todo con la anuencia de los políticos tinerfeños, temerosos -lo señalaba hace unos días un editorial de este periódico- de que les pongan mala cara en Vegueta.
Desde la infausta época de Román Rodríguez al frente del Gobierno autonómico es intención inequívoca de la Consejería de Sanidad, sea cual sea el color político de la persona que esté al frente de ella, favorecer a ultranza el desarrollo del Hospital Doctor Negrín. Nombre de un siniestro personaje -el gordinflón lo llamaban en el Madrid republicano-, cuyo principal mérito fue permitir que los agentes de Stalin hiciesen, purga tras purga, lo que les diera la gana en la zona bajo su responsabilidad. Ah, y también vaciar de oro los sótanos del Banco de España -al comenzar la Guerra Civil, España tenía la tercera reserva de oro más importante del mundo- para enviarlo a México y Moscú. No en vano Juan Negrín era la persona más odiada en "las dos Españas" cuando acabó la contienda fratricida. De tal individuo se sienten orgullosos algunos.
En cualquier caso, eso es secundario para el discurso de hoy. No importa que el Hospital de la Candelaria tenga funcionando desde hace tiempo su tomógrafo por emisión de positrones, que necesita los isótopos producidos por el ciclotrón: el ciclotrón tiene que estar en Las Palmas porque así lo ha decidido la consejera Roldós. Primero compro los caballos y luego ya buscaré el carro. Y aquí todos callados.
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