COLPISA, Pekín
Ahí donde los otros ponen excusas, Michael Phelps añade más épica a su imparable trayectoria hacia el pico del Olimpo, en donde ya se pasea como el deportista con más oros olímpicos de la historia del deporte once. Ayer, en una matinal memorable en el Cubo de Agua, Phelps tuvo ración doble de oro. El del 4x200 libre fue un paseo descomunal de los norteamericanos, una victoria tan aparentemente sencilla que le resta valor a la proeza. Nadaron en 6:58.56, mientras Spitz y sus colegas establecieron el tope en Múnich con 7:35.78, siendo entonces un tiempazo . En el 200 mariposa, por contra, Michael tuvo la desgracia de quedarse literalmente ciego por culpa de las gafas, que se le llenaron de agua al colocárselas mal en la salida.
Contrariado, el joven Phelps tocó la pared y de inmediato, sin la necesidad de girarse como los mortales para ver la pantalla ya que sabe que en cada final logra el metal más preciado acompañado de la mejor marca de la historia, se sacó el gorro de mala manera y lanzó las gafas con desprecio fuera de la piscina. Ni una sonrisa por su cuarto oro pequinés, en ese momento no le excitaba el haberse convertido en el mejor deportista olímpico de cuantos Juegos se han disputado. Sólo quería aliviarse. Se rascó los ojos con tanta rabia que le costó regular la luz que le entró cuando retiró las manos de su cara. No hizo el tiempo que le hubiese gustado, pero aun así era el tope mundial. Paró el crono en 1:52.03, cuando él mismo tenía una mejor marca de 1:52.09 desde Melbourne. Se había colocado mal las lentes, un error humano en alguien que no tiene la misma sangre que los demás. Con 200 metros por delante, se le fueron llenando de agua hasta que en los últimos 100 nadó completamente a oscuras, sin referencias, sin saber dónde estaban los muros ni cuando tocaba virar. Pura intuición, Phelps es un nadador que lo tiene todo en la cabeza. Sabe las brazadas que ha de dar, sabe los metros que nada por debajo del agua, sabe lo que hacen los rivales. Lo sabe todo y ello, sumado a su talento irrepetible, le convierte en el mejor de todos los tiempos.
Paavo Nurmi, Larisa Latinina, Mark Spitz y Carl Lewis ya pasan a un segundo plano, relegados por un fenómeno que apunta a los catorce oros en su historial si se va de China con los ocho soñados. Con las mismas gafas se presentó en la final del relevo del 4x200, cuyo oro deberían entregar antes de nadarlo a Estados Unidos vista la superioridad. Phelps se las colocó más arriba, pero otra vez le traicionaron. En el último giro perdió de nuevo la vista, aunque cedió el liderato para que Ryan Lochte, Ricky Berens y Peter Vanderkaay hicieran el resto.
Ha superado a los cuatro fantásticos y ahora va a la caza de Spitz, que está a tiro de piedra.
Sólo el cansancio le puede derrotar, aunque él sólo piensa en lograr un objetivo que cada día que pasa está más cerca y es que Michael Phelps parece que es de otra galaxia, quizá irrepetible.
Agua milagrosa
Van cayendo como churros. El Cubo de Agua pasará a la historia como la piscina con más récords mundiales de la historia, será recordado como el escenario en donde se destrozaron más cronómetros con Michael Phelps como líder de una expedición de nadadores que vuelan. En cinco días de competición, y con cuatro por delante, ya se han mejorado 17 marcas mundiales. Hace ocho años, en Sidney, se fijaron 16 topes, mientras que en Atenas sólo siete. La de ayer fue una jornada histórica. Se nada en China las finales por la mañana por capricho de los yanquis, que son los que dominan el cotarro y los que a base de talonario invirtieron el clásico programa olímpico. Es supuestamente un contratiempo para los nadadores, que siempre les cuesta desperezarse. Para la lucha por las medallas, han tenido que invertir por completo el horario.
Se acuestan cuando todavía hay sol y despiertan cuando aún no ha salido. El mundo al revés. Y de ahí que tenga doble mérito lo que sucede en Pekín. Ayer hubieron seis récords en una mañana para el recuerdo de la historia de los Juegos Olímpico.
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