NUESTRAS calles y plazas, jardines, fuentes y piscinas, nuestras playas, el entorno en que vivimos forman parte de nuestra casa. Sin embargo, por nuestras conductas, no caemos en ello y de ahí nuestros comportamientos.
Si cayésemos en ello, nuestras conductas serían diferentes y la calidad de vida mejoraría mucho, pero para conseguirlo necesitamos ser educados desde la niñez, y que nuestros mayores diésemos testimonio de ello.
Como muestreo podemos comentar algunos aspectos, como, por ejemplo, preguntarnos si eso que hacemos -no recoger las cacas de nuestra mascota, escupir en las aceras, dejar las playas y montes llenos de desperdicios y colillas- si estuviésemos en casa, ¿lo haríamos? Nuestras carreteras, playas y paseos llenos de basuras, de pañales, compresas, plásticos y restos de comida. ¿Actuaríamos así en casa?
Los graffiteros, los de los monopatines, que arruinan la propiedad ajena, que destruyen el mobiliario urbano; los del botellón, que con sus voces y gritos impiden el legítimo derecho al descanso de los vecinos, los que ponen la tele y el equipo de música a toda pastilla, los que hablan a gritos y los que dejan los portales llenos de orines, heces y vomitaduras.
Los que somos incapaces de dar los buenos días al vecino que vemos a diario, de dar la acera o ceder un asiento por un mínimo sentido de la educación. Los que utilizamos el coche no como instrumento de trabajo sino como arma para atentar contra la vida de los demás, como plataforma desde la que insultamos a otros conductores y peatones?
Cada uno de nosotros puede añadir comportamientos incívicos, pero con el propósito de examinarnos y ver en qué hemos de cambiar hábitos de vida, ya que no sería honesto exigir de los demás lo que nosotros no hacemos y difícilmente inculcaremos en nuestros hijos lo que no vean en nosotros, sus primeros educadores.
Dicen que en el período vacacional tienen lugar muchas separaciones matrimoniales, originadas por tener que estar las veinticuatro horas "soportándose", y que en lugar de sentarse a dialogar con el fin de mejorar y salvar su familia, terminan en el insulto y las faltas de respeto, incluso con violencia, con el mal que causan a los hijos, si los hubiere.
Revisemos seriamente cuál es nuestro comportamiento en casa y en la calle, con nuestra familia y con la de los vecinos, dialoguémoslo en familia y con los amigos.
Tal vez sólo consigamos que, en lugar de escupir el gargajo en la acera, lo hagamos en ese pañuelo de tirar, que depositaríamos en la papelera, pero algo es algo.
Y cuando seamos los primeros en comprometernos en la construcción de un mundo mejor, cuando algún conciudadano no se comporte adecuadamente, poder decirle "cariñosamente": No sea usted "jediondo".
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