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Los indigentes no se van de vacaciones

Los problemas de las personas sin hogar se agravan en verano debido al cierre por vacaciones de muchos de los recursos sociales, que ayudan a sobrevivir a este colectivo.
10/ago/08 01:47
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COLPISA, Madrid

"En fin, como todos los años, los indigentes no se van de vacaciones". Lo dice con resignada ironía una persona sin hogar tras relatar una situación que ya conoce de otros años: "El problema que se plantea en verano es poder comer. Sí, lo han oído bien, poder comer".

Muchos recursos sociales que ayudan a sobrevivir al colectivo cierran por vacaciones en los meses veraniegos -solamente unos pocos mantienen su ritmo gracias al voluntariado-, y otros apenas pueden ofrecer una especie de "servicio de guardia" de bocadillos. En suma, remacha, "se plantea un agosto sin un plato de comida caliente. Los Servicios Sociales deben pensar que como hace mucho calor, para qué quieren un plato caliente".

Sergio Barciela, responsable durante los últimos tres años del Programa de Personas Sin Hogar de Cáritas, coincide en la insuficiencia de recursos para una atención integral a ese colectivo, que sólo recibe una "respuesta de emergencia temporal que no cubre sus necesidades a largo plazo".

De hecho, considerada su perspectiva vital desde un triple ángulo económico-laboral, residencial y personal-familiar, los sin techo se enfrentan a un panorama sombrío con dificultades de vivienda (25.000 viven en la calle y 275.000 en chabolas e infraviviendas), con un "colchón social de la familia que va bajando" y con un "empleo que no soluciona el problema personal si es precario, temporal y no digno", como sucede demasiadas veces.

Pocos recursos

En este contexto, el verano no hace más que ratificar esos déficit de fondo con sus propios matices estacionales. Aunque la situación atmosférica es más benigna, no está exenta de peligros para la salud, sean problemas de la piel, respiratorios o la siempre acechante deshidratación. Además, escasean los dispositivos asistenciales, que en lugares de mucho calor como Sevilla se intentan compensar provisionalmente con módulos para indigentes que deben dejar paso en breve a un centro permanente de baja exigencia.

Y sigue faltando, como apunta Barciela, la necesaria "coordinación de los servicios sociales con el resto de programas" sanitarios, de seguridad, etcétera. "Una sola noche en tierra de nadie, sin atención, puede desembocar en la muerte de una persona sin hogar", remacha.

Otra dificultad añadida es la ordenación del espacio público, que tanto los sin techo como las organizaciones que trabajan con ellos consideran "más bien policial".

Las ordenanzas municipales, señala Barciela, meten en el mismo saco los comportamientos delictivos y otras conductas relacionadas con la prostitución, el consumo de drogas o la vida en la calle, que exigirían un tratamiento específico. "Se tiende a criminalizar la miseria y a culpar a los excluidos de su situación", protesta, hasta el punto de que "un 50 por ciento de las personas sin hogar han sido detenidas o tienen problemas judiciales por el mero hecho de estar en la calle", lo que hace recordar la antigua "ley de vagos y maleantes" que convertía en sospechoso a cualquier persona de aspecto humilde.

Los propios sin techo tienen conciencia de que a los gestores municipales y a otras fuerzas vivas relacionadas con acontecimientos deportivos, socioculturales como la Expo, y turísticos no les gusta verlos en la calle y prefieren apartarlos de tales "escaparates" públicos. De hecho, las nuevas políticas de urbanismo en ciudades como Madrid han convertido el dormir en un banco en una auténtica misión imposible.

El propio colectivo lo ha denunciado en reiteradas ocasiones desde sus cada vez más numerosos altavoces en internet, con varios "blog" y hasta un humilde canal televisivo en YouTube que deja constancia de unas remodelaciones urbanas que, "a base de querernos echar de todos los sitios", perjudican a toda la ciudadanía.

Abundan los ejemplos de esa nueva arquitectura ciudadana de "mucho diseño, pero poca comodidad", cuando no "incómoda para todo el mundo". Una plaza sin un solo banco. Otra que los tiene "metálicos y con una barrita en medio", lo que impide tumbarse. Otra donde los hay "sin respaldo", nada amigables para las sufridas espaldas de las personas mayores. Otra, donde más que bancos son "piedros, que ni siquiera son planos y tienen una curva a los dos lados" para que nadie se acueste. Otra que los tiene de "metal y dos piedrecitos", por lo que "queman con el sol y están helados en invierno". Y un último modelo, tipo sillón con brazos, bautizado como "el piedro unipersonal" y separado uno de otro, lo que complica muchísimo la conversación entre personas con problemas de audición, como suele suceder a muchas personas mayores que solían utilizar los bancos tradicionales que ahora están desapareciendo del mobiliario urbano de las ciudades.

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